Raly Barrionuevo: Los paisajes de la música
Un tocadiscos nuevo, una película de Indiana Jones, un pancho, el campo santiagueño, el patio de tierra en el que aprendió a bailar, una enciclopedia con lindos dibujos, el deporte y los actos escolares son parte del paisaje de recuerdos que Raly Barrionuevo echa a rodar.
El viento lo trajo, empujándolo desde atrás, hacia Córdoba. Y acá se quedó, para echar raíces y poesías en las sierras, aunque todavía sienta una unión inquebrantable con Frías, su santiagueña ciudad natal. Raúl Eduardo arregla el mate, amargo, se sienta en la silla y mira el paisaje de su vida mientras habla, pausado. Mueve los ojos cada vez que tiene que hacer un ejercicio de memoria, se ríe fuerte pero con cierta timidez cuando cuenta anécdotas divertidas, como la primera vez que probó un pancho o fue al cine, y se pone serio muchas veces. Alrededor, los pájaros silban bajito y cinco perros ladran fuerte, pero él no cambia su propia melodía cuando se echa a rodar un poco su pasado.
Nunca se daría vuelta al escuchar su nombre; sus recuerdos contradicen al DNI: él no es Raúl Eduardo, quizás nunca lo fue. Es “el Raly” desde siempre. Era “el Raly” cuando jugaba en los vagones de un tren que ya no existe; o participaba de los intercolegiales de vóley; o viajaba, poco pero con intensidad, en su infancia; o paseaba por el campo con su madre; o escuchaba a escondidas en el tocadiscos de la tía Gorda. Y es “el Raly” cuando sube a cantar en cualquier escenario, cuando compone, cuando saluda, cuando ceba mate.
"A pesar de que soy feliz en Unquillo, no he cortado mi cordón umbilical. Frías es mi fuente de inspiración", dice Raly, que con los años aprendió a valorar más lo que vivió en sus primeros años, muy ligados al campo a través de sus padres. ¿Lo reciben allá como el que se fue para triunfar? Se ríe, pregunta si como Cachito, campeón de Corrientes... y responde enseguida que no. "Una vez, cuando volví de Viña del Mar, me pasearon en el camión de bomberos y esas cosas. Pero lo lindo es que allá la gente me trata como cuando era adolescente", agrega.
Igual siente que Unquillo, de a poquito, se abre de otro modo a su vida: ya tiene casas de amigos a las que puede entrar casi sin golpear, a las que les conoce los ritmos y hasta el día y la hora en la que se toma sopa y sabe que habrá un plato para él. De Frías le queda la conexión fundamental del deporte. “Allá he sido más deportista que músico. El básquet me encantaba, pero competía en vóley, en los intercolegiales, las escuelas, también en Santiago. Me entrené con varios equipos, me lo tomé muy en serio. La música fue decantando, después”.
Tiempo de jugar
Es fácil encontrar el origen de la música en la vida de Raly Barrionuevo. Un viejo tocadiscos, cuando era nuevo, fue su primer maestro. "Gracias a mi mamá y a mi tía, con quienes me crié, la música siempre ha sido un juego. Siempre fue jugar a tocar el bombo o la guitarra encima de los discos. Esa ha sido mi escuela, tocar arriba de los discos", y recuerda el Winco y algunos long plays de los Hermanos Ábalos, fundamentalmente. "En mi casa no eran grandes compradores de discos. Era difícil, había que mandarlos a pedir, llegaban pocos a Frías. Pero a veces mamá cobraba de la escuela y se traía un par". Ella era docente de la escuela técnica, donde enseñaba bordado a máquina, entre otras cosas, y ahora está jubilada hace tiempo. La mamá trabajaba y la tía Gorda se quedaba en casa, a mimarlos y malcriarlos un poco.
"Mi mamá había comprado un Winco hermoso, con tapa de acrílico, con dos parlantes hermosos. Por miedo a romperlo, no nos dejaba usarlo cuando no estaba. Entonces mi tía ahorró a escondidas y se compró otro tocadiscos, chiquito. Era una especie de valijita que tenía una tapa verde que había que sacar para poder poner los discos". Era algo así como un discman, portátil, que sacaba cuando estaban solos. "Es una imagen muy tierna de mi infancia. Mi tía, que se murió hace poquito, me dejó mucho. Todo lo tierno que tengo viene de ella", dice. Su último disco está dedicado a ella con un "in memorian Tía Gorda".
"En mi casa no eran grandes compradores de discos. Era difícil, había que mandarlos a pedir, llegaban pocos a Frías. Pero a veces mamá cobraba de la escuela y se traía un par".
A la hora de recordar, Raly no se mueve por fechas sino por sentimientos, sensaciones, imágenes que no son borrosas y que lo han marcado a fuego en el camino de la creación. Puede ser el Winco, o el patio de tierra de "Titino" Garay, un ferroviario que por las noches enseñaba en su casa a bailar y a tocar instrumentos a la mayoría de los chicos del barrio, y de un poco más allá. Iban todas las noches, y al ritmo de otro tocadiscos y de otro long play de los Hermanos Ábalos mamaban folklore y pasión. Con él aprendió a tocar la guitarra, a repetir el repiqueteo del bombo legüero en ella, a bailar. “A un santiagueño y folklorista que no sepa tocar el bombo... no se la creés. Son como cosas básicas, el bombo y saber bailar. No digo con gracia o con soltura, pero sí saber. De hecho, lo que tocamos son danzas, y en casa de \'Titino\' aprendimos los primeros pasos”. Aunque aprendió el rasgueo de su mano derecha, pero agrega que con la izquierda hace lo que puede.
Raly no se ve enseñando, como Titino, en un futuro. “No tengo ese espíritu de docencia. Tengo poca paciencia. Y como casi todo lo he aprendido orejeando, no sé exactamente lo que hago, y me cuesta mucho transmitirlo”.
La hora de actuar
De la escuela no destaca mucho más que la posibilidad de sus primeras actuaciones arriba de los escenarios, porque lo llamaban para todos los actos. Entre las materias, la Historia fue la que más lo atrajo siempre, aunque recuerda con más cariño devorarse todos los días los volúmenes de la enciclopedia Lo sé todo que tenía en casa. "La ojeaba, veía los dibujitos. Eso me gustaba. Y la música. Y los caballos. Cuando terminábamos el ciclo escolar, nos íbamos al campo de donde es mi mamá, un puestito en medio del monte. Cuando mi hermano Daniel, en la adolescencia, comenzó a irse seguido a Catamarca, yo pasaba solo dos meses con ella. Caminamos mucho, y aprendí a conocer árboles, plantas, pájaros. De ese tiempo me quedó esa conexión que me acerca al movimiento campesino".
De esos meses de receso recuerda que vio todo tipo de animales, viejitas rezadoras, que caminó por los gredales o los arenales o que lo mandaban a comprar a un almacén de un hombrecito que estaba a 10 kilómetros de distancia. “He acompañado a mi mamá en los rezos”, agrega, aunque dice que no es “muy del catolicismo. Sí por herencia, tengo cosas marcadas, pero prefiero creer más en la gente que en las cuestiones divinas. A pesar de que respeto mucho la creencia popular, me fastidia mucho cuando se transforma en negocio o en herramienta de manipulación”.
La primera vez que visitó Córdoba fue de muy chico. "Tenía problemas de oído, qué paradoja", se ríe, y agrega que los debe seguir teniendo, y ríe más. "Eso decían mis maestras porque me parece que no prestaba mucha atención en la clase. Directamente me tildaron de sordo, pero me parece que me hacía medio el boludo. Supongo que eran métodos de defensa que uno tiene ante las cosas complicadas". En tren viajó para Córdoba con su tía Gorda, y pararon en casa de familiares de ella en Cura Brochero. "Fue la primera vez que fui al cine, en la parroquia. Habré tenido siete años. Vimos Indiana Jones y los cazadores del arca perdida". El mismo viaje incluyó otra semana en Buenos Aires, por el mismo problema de "sordera". Allá lo esperaba otra sorpresa: "Fuimos a la ex Casa Cuna, en Constitución. Ahí probé por primera vez algo que tenía un sabor muy extraño, que me compró mi tía en un quiosquito y que todavía me gustan mucho: los panchitos... con unos potes de una cosa verde que era la mostaza".
La mejor manera de moverse era el tren, dice. Toda su vida estuvo atravesada por los trenes. En Frías, hoy, pasan cargueros, pero antes había todo un corredor que llegaba hasta Jujuy. “A Córdoba vinimos dos veces, a Buenos Aires una”, detalla de su infancia, aunque de grande utilizaba ese medio para viajar, porque era más barato y porque como tenían amigos ferroviarios, "muchas veces nos veníamos en la máquina”. Un poco más atrás, para Raly jugar en los vagones era cosa de todos los días.
Sonríe, suspira cuando recuerda esa libertad que sentía de chico. Y también el primer amanecer que vio en un festival. “Al festival del bombo que se hacía, muchas veces íbamos solos. Todavía recuerdo la sensación, después de toda una noche de música, de darme vuelta y ver el cielo blanco, iluminado”.
Raly arregla el mate, chifla a sus perros para que se callen un poco y dejen de torear a los de los vecinos, y sigue. Aunque a lo largo de los años construyó su carrera musical con un fuerte compromiso social, prefiere mantenerse lejos de los partidos políticos. “Siempre he participado en movimientos sociales. La primera movida a la que fui fue en el pasaje Aguaducho, una olla popular en la que éramos no más de 20. A finales de la década de 1990 hice contacto con los movimientos campesinos de Santiago. Pero los partidos políticos nunca me interesaron. En un punto considero la política partidaria un negocio. Creo que antes los políticos tenían convicciones, pero hoy no”, asegura. ¿Hay esperanza de cambio? “Merece un análisis de mayor profundidad, pero no sé si me interesa mucho hablar sobre eso”, dice.
La entrevista llega a su fin al mismo tiempo que el mate, y los perros se callan como si hubiesen esperado a que se apague el grabador. Raly tiene otros compromisos, algunas urgencias, pero se toma el tiempo para saludar, pausado, agradecido. Quizás sea el ritmo que trae de ese Santiago añorado, y que ahora late fuerte en Córdoba al ritmo de un bombo legüero. O del corazón.

