Oscar Brandán: Pinto cuando se me antoja
Fue uno de los impulsores de la polémica Antibienal de 1966 y uno de los pioneros de la “instalación” en Córdoba. Dirigió el Genaro Pérez y el Chateau Carreras. El Museo Caraffa revela las últimas décadas de una obra casi desconocida, habitada por las sombras.
Las personas se desvanecen en las pinturas de Oscar Brandán. Literalmente, se esfuman, o sólo se ve su sombra. Su obra es como un extraño sueño. Y en la retrospectiva que le dedica el Museo Caraffa, las pinturas componen una misma escena teñida en tonos azules y verdosos. El título de la exposición, “Estética del devenir”, está tomado de la definición que Ángel Lo Celso hizo de su pintura. Se trata de una ocasión inédita para encontrarse con la obra del artista cordobés (exhibió muy poco en Córdoba) y es también el momento para escuchar el relato de vida de unos de los artistas de mayor protagonismo en esta ciudad a partir de la década de 1960.
De Van Gogh a Farina
Pintaba mucho de niño. Guardaba las reproducciones de las propagandas médicas que le enviaban a su padre, que era doctor. Pero a los 14 años se frenó, no sabe por qué. Conserva los cuadros de la infancia que hizo “sin ningún tipo de dirección”.
“Me decían que era como la pintura de Van Gogh”, cuenta. Después estudiaría Derecho, Arquitectura, Psicología, “un montón de carreras porque no me encontraba en ninguna”. Jamás dejó de interesarle el arte. “Era mi lectura preferida, iba a todas las exposiciones, siempre estaba atento”. Quería seguir, le contaba a un crítico de arte de Buenos Aires, a los 24 años. ¿Por qué no va a la escuela de arte?, le sugirió el hombre (anónimo en el relato, como los señores de sus cuadros). Al joven Brandán no le gustaba el academicismo, “estaba en actitud muy rebelde”. Y aquél le propuso que fuera al taller de Ernesto Farina. “Lo hablé a Farina y me citó a un taller que tenía en la Vélez Sársfield. Él no recibía alumnos particulares. Pero a usted lo recibo, me dijo. Estuve un tiempo. Como profesor, poco me aportaba, descalificaba mucho, pero aprendías otras cosas. Él siempre conversaba, iba aportando, hablando de cualquier cosa, no dándome clases. Yo lo escuchaba”.
Tres amigos en Buenos Aires
La historia siguió en Buenos Aires: “Me había hecho muy amigo de Bepi (José) De Monte. Él tenía una beca del Fondo Nacional de las Artes en Buenos Aires. Tenía ganas de ir, y me fui. Bepi estaba trabajando en el taller de Vicente Forte (¿me aceptará?, le dije yo). Empecé; Forte, encantadísimo”. En ese momento “llega Antonio Seguí, quien venía de México. Él es muy amigo de la infancia, no tenía taller para pintar, también le sugerimos que viera a Forte, y se integró”.
“Forte tampoco enseñaba –recuerda Brandán–, él proponía algo y vos tenías que resolver como quisieras. Yo era abstracto en ese momento, pintaba con óleo muy texturado. También Antonio y Bepi eran abstractos, entonces. Los tres amigos cordobeses íbamos a tomar café al bar Moderno, de Buenos Aires”.
"Empecé trabajar la figura, a dibujar y a tener muchos estímulos, pero no tanto de Córdoba, una cosa insólita en mi carrera; es la primera vez que expongo en el museo individualmente. No sé por qué nadie me invitaba, no tengo la modalidad de hacer marketing y buscar a los galeristas", expresa.
Buenos Aires había sido una vidriera en el comienzo. En su período informalista, expuso dos veces en la galería Lirolay: “Primero, esos cuadros abstractos con óleo, y después, una cierta figuración muy texturada, con aserrín, quemaba pintura. De esas muestras no me quedó absolutamente nada, sólo los catálogos”.
A comienzos de la década de 1970 hizo cajas con objetos dentro (“que acá nadie hacía”); tajeaba la tela, usaba alambre de púa, o fotos. Con esta obra expuso en una galería que Pedro Pont Vergés tenía en la avenida General Paz, en un subsuelo. Brandán cuenta que ya en el grupo de Bepi tenía “cierto prestigio intelectual”. Para la primera Bienal Americana de Arte, lo contrataron “como director de la visita guiada y para dar charlas de arte sobre lo expuesto a las delegaciones que venían. Me pagaron y todo”. Pero su relación con la bienal iba a deparar una sorpresa poco después.
Cómo hacer una “Antibienal”
“Con las bienales se empezaron a caer los muros medievales de Córdoba”, dice sobre las famosas bienales Kaiser. “Cuando viene la tercera y última bienal, en 1966, acá todo el mundo se movía, quería hacer algo. A mí y a un amigo nos habían invitado de la Alianza Francesa para hacer algo en adhesión. Yo me lo tomé en serio y empecé a buscar sponsors”, relata.
Pero la cosa derivó en algo muy distinto y, en vez de adhesión, lo que Brandán motorizó (junto a María Rosa Roca, Rodolfo Imas y Felipe Yofre) fue la famosa “Antibienal”, como se conoció al Primer Festival Argentino de Formas Contemporáneas. “Venía algo inédito, el happening, que acá no existía”, recuerda hoy, algo que él había experimentado en la escena de Buenos Aires, porque se había relacionado con el grupo de los artistas pop nucleados en el Instituto Di Tella (“éramos muy amigos con Marta Minujín”): “Estos locos porteños estaban entusiasmados por venir porque no habían sido invitados a la Bienal y consideraban que debían estar”.
Comenzaba uno de los capítulos más delirantes de la historia del arte local: “Fuimos a pedir la casa de la 27 de Abril, donde los Gurvich tenían el depósito de su mueblería. Me preguntaron si traía a Quinquela Martín, yo les dije que sí. Bueno, se la presto, me dicen. A la casa había que arreglarla entera. Salía todos los días y todo el mundo me daba algo. Y vinieron los artistas. Delia Puzzovio traía un enorme corsé, y Gurvich, en la puerta, miraba desesperado”.
Uno de los capítulos del libro Arte, modernización y Guerra Fría. Las Bienales de Córdoba en los sesenta, de la investigadora cordobesa María Cristina Rocca, está dedicado completamente a la Antibienal, también llamada "Viruela boba". Un verdadero happening, según el propio Brandán, que terminó, después de las presentaciones de Minujín, Roberto Jacoby, Oscar Massotta (y hasta de Antonio Gasalla, entre otras figuras), con las autoridades de la Bienal presentes, en una confusión policial: multitud que llegaba a la calle, "señoras pacatas" que salían enojadas, alguien del público que conectó una manguera y empezó a tirar agua, y la clausura, una semana después.
Jorge Romero Brest firmaba un “catálogo genial” en el que cada participante estaba representado en la cabeza de un animal. En la Antibienal, “Brandán presentó una instalación simulando una plaza”, señala Rocca. “Totalmente inédita para Córdoba”, describe el artista, obra que le valió una invitación al premio Ver y Estimar. Y que investigaciones posteriores ubican como una de las experiencias pioneras de ese lenguaje en Córdoba.
Después vendría una época de mucho protagonismo en el circuito local: dirigió el Museo Genaro Pérez entre 1975 y 1976 (“por poco la dictadura me saca a empujones, y eso que no era peronista”), y el Centro de Arte Contemporáneo (de 1991 a 1996); tuvo a su cargo dos cátedras de la Escuela de Artes de la UNC; y trabajó en la galería Jaime Conci, donde también exhibió.
Pintaba, pero no exponía, “la gente creía que no hacía nada”. Hoy, la muestra en el Museo Caraffa exhibe obras a partir de fines de los años ‘70, y otros de 2013: “No hago retratos”, declara, aunque se vean personas en sus cuadros. Potenciar detalles como la ropa, más que el rostro, es su mecanismo. Brandán afirma que busca lo perenne. “El tema de la muerte está presente”, reconoce, en una pintura a la que considera “onírica” y también “poética”, donde “lo misterioso es absolutamente irracional”.
“Es muy difícil explicar por qué entra en el campo del ser, es algo existencial”, observa. Todo empieza con algo que ve, como una fotografía en una revista: “La mayoría de las cosas que me han interesado están en blanco y negro”. Un chico proyecta la sombra de Joseph Beuys en uno de estos cuadros; en otra obra, se reconoce al pintor sólo por su sombra: “Me atraen mucho las sombras, es una presencia intangible de enorme atractivo”, afirma. El color le apasiona, sobre todo la gama de los fríos (“elaboro todos mis colores, busco el tono y uso materiales muy buenos”). Su método es claro: “Pinto cuando se me antoja. Y cuando agarro un ritmo, sigo, sigo y sigo. He pintado mucho, a esta técnica no la lográs pintando un cuadro”.
Perfil. Oscar Brandán nació en Córdoba en 1934. Inició sus actividades en la plástica alrededor de 1958 en los talleres de Ernesto Farina en Córdoba y de Vicente Forte en Buenos Aires. Se licenció luego en Pintura, en la Escuela de Artes de la UNC, donde se desempeñó entre 1983 y 1998 como docente titular de las cátedras de Dibujo y Pintura. Desde 1965 expone su obra de manera individual en importantes espacios del país. Participó como principal impulsor, en 1966, del Primer Festival Argentino de Formas Contemporáneas (la Antibienal). Fue director del museo Municipal de Bellas Artes Genaro Pérez entre 1975 y 1976, y del Centro de Arte Contemporáneo (1991-1996). Obtuvo varias distinciones. Fue, además, organizador y jurado en numerosos salones nacionales y provinciales. Vive en Córdoba.

