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La persistente llovizna del cineclubismo

Sostener la magia es la tarea de los cineclubes. Opina el fundador del cineclub La Quimera, un espacio con mucha historia.

15 de abril de 2016 a las 03:19 p. m.
Juan José Gorasurreta
La persistente llovizna del cineclubismo

En pequeñas reuniones que hacían personas que gustaban del cine, incluso en casas de familias, la palabra comenzó a girar junto a las películas que se reunían por autor, por género, por país o por tema. A principios del siglo 20 ya hay noticias de estos clubes de cine. Ante el crecimiento de los cineclubes, esta actitud fue una puerta por donde se filtraba la luz.

Un sentido pedagógico tuvo que ver con este criterio, acompañando las primeras revistas y escuelas por donde el lenguaje afianzaba el estado crítico que impulsaron teóricos, realizadores y estudiosos del arte más nuevo de todos. Un mundo que comenzaba a derivar hacia un camino todavía incierto aguzó la mirada de los hombres y mujeres que tuvieron al celuloide como medio de expresión, reflejando lo que intuían del entorno. Las técnicas se fueron ajustando a los vaivenes de ese devenir que impresiona los sentimientos y apasiona en más de un aspecto.

Me gusta armar el futuro pensando el presente del pasado, decíamos no hace mucho tiempo, intentando estar más cerca de su poesía. Es la altura de la cámara con la cual miramos los hechos que nos avergüenzan o nos enaltecen, la que sirve para contar la historia que deseamos. La forma en que narramos la película, lo que nos encontrará o no con el público, ese otro desesperado que trata de explicarse algo que lo atornilla a la vida y su música. Ahí se produce, entonces, la magia: no interesa demasiado el soporte que se proyecta en la pantalla, sino cuán clara o confusa es la luz de las imágenes. La persistencia del cineclubismo en este sentido y compromiso, afianza coherentemente la lluvia para estar más cerca de ella y… de los buenos sentimientos.