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El fin del camino

Segunda entrega de la columna Falso encaje, de Roberto Videla: un texto doloroso sobre un amigo acusado injustamente de haber delatado al escritor Haroldo Conti, secuestrado y desaparecido durante la última dictadura militar.

12 de noviembre de 2015 a las 02:08 p. m.
Roberto Videla
El fin del camino
Haroldo Conti.

Soy actor, director, enseño teatro, también escribo. A lo largo de los años fui construyendo algo así como un método y un modo de decir, de acercarme a los textos. Se dice de mí que digo bien, que hay técnica y verdad. No me conformo: mi voz sigue sin gustarme cuando la escucho grabada. Imprecisa, adolescente, adolece justamente de lo que se me elogia: le falta técnica y le falta verdad.

Me llaman para leer junto a otros actores en la presentación de un libro –Palabra viva– con textos de escritores desaparecidos en la dictadura militar. Eugenia Cabral me propone encontrarnos en un café, el acto es dentro de pocos días. Ella es fuerte y frágil. Me da el libro, puedo elegir qué fragmento leer. Espío el índice, hay textos de gente muy famosa –Haroldo Conti, Rodolfo Walsh– y de gente muy desconocida: el libro trata de abarcar tanto a quienes publicaron como a quienes no llegaron nunca a hacerlo, uno es jovencísimo, tiene 17 años.

Elijo a Conti. Era amigo de mi grupo de teatro, el Libre Teatro Libre. Había estado en mi casa en Córdoba comiendo un asado a fines del '74, vino de Buenos Aires a ver una función de una obra nuestra, luego escribió sobre nosotros en la revista Crisis, el artículo se llama La Hermosa Gente al Final del Camino. A Conti lo secuestraron en su casa en 1976 junto a un gran amigo nuestro, excompañero de teatro, Héctor Fabiani, un ser lleno de humor y de luz. Los mataron a los dos con una saña brutal.

En el café, delante de Eugenia, leo el fragmento de Conti. Es una carta. Comienza: “Roberto, hermano:…”. Me sobresalto. Yo me llamo Roberto. No es para mí, claro, es para Roberto Fernández Retamar, el escritor cubano. Haroldo le anuncia, inexorable ya en 1976, que se cree caerán 30 mil, lo que me parece terrible: tanta anticipación y una especie de resignación desafiante, suicida. Y luego escribe que en su casa estuvo refugiado unos días un compañero del Libre Teatro Libre de Córdoba, huyendo…

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La coincidencia me asusta y emociona. Sí, leeré esa carta en la presentación del libro. Aunque tal vez no pueda hacerlo, tal vez la emoción me ahogue, tal vez mi voz sea solamente verdad ahogada.

Sigo leyendo. Hay una breve semblanza de cada escritor. De Conti se dice que fue secuestrado junto a un “amigo” –así, entre comillas– que estaba escondido en su casa. Nuestro amigo Héctor. A quien la esposa sobreviviente de Conti –dice luego el texto– había reconocido años después como un torturador y un entregador: era quien habría delatado a Haroldo. Lo había reconocido a través de unas pésimas fotocopias de fotografías de torturadores aparecidas en un diario suizo y lo había denunciado a las organizaciones de derechos humanos en el exterior.

Otro sobresalto: de tristeza, de miedo, de dolor, de bronca. Sé que no es cierto, que no puede ser cierto. Pero ahí está, esculpida para siempre en un libro, impresa en la historia, la mentira, la verdad aparente. Porque no es cierto: a Héctor lo destrozaron en la tortura, como a Haroldo.

Escribo a mis compañeros dispersos por el mundo. Vamos reconstruyendo el error, el equívoco. Para comprobarlo solamente basta conocer el dolor y el duelo de la familia de Héctor cuando se enteraron de su muerte brutal. En exilio, en Suecia, tanto María Escudero como Oscar Rodríguez y Lindor Bressan, también del LTL, habían intentado hacerle comprender a la esposa de Conti que eso no era cierto. Ella, ciega de dolor, no había aceptado nada.

Días después, en el acto, la emoción me ahoga, pero puedo leer la carta. No digo nada sobre mi amigo acusado injustamente, no es el caso, no es el momento. Es como si la historia, en esos actos oficiales, tuviera que correr por carriles más nítidos, escamoteando la verdad. Como si la historia pasara, de nuevo, matando, esta vez por motivos nobles.

Luego no escucho las grabaciones, no escucho mi voz, no soportaría sentirme impreciso y débil. Entonces escribo estas palabras. Quiero que den cuenta, en algún modo, de algo.

Todos los caminos, 2009, Editorial Babel, retocado ahora, 2015.

Tiempo después Héctor Fabiani fue reivindicado plenamente, en gran parte gracias al esfuerzo que hizo su familia, sus excompañeros de militancia y quienes lo conocíamos y queríamos.