El cuento de la buena gente
“El héroe discreto” es una novela seria y cómica al mismo tiempo, a la altura de los mejores libros de Mario Vargas Llosa y con viejos conocidos de su universo literario.
A dos años y fracción de ganar el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa se da el lujo de publicar una buena novela que mata varios pájaros de un tiro. Demuestra su calidad y su vigencia, porque a unos 50 años del comienzo de su carrera literaria vuelve a escribir una excelente ficción, seria y cómica a un mismo tiempo, que está a la altura de sus mejores libros. Encuentra el modo, una vez más, de narrar la rutina cotidiana de Perú a través de un realismo que se nutre del grotesco para que lo que podría ser trágico se torne cómico, como si buscase desdramatizar para que el lector disfrute al máximo del juego literario que toda ficción pone en marcha. Y, como si fuera poco, en cada uno de los espacios en que se desenvuelve la historia, hay viejos personajes conocidos, con mayor o menor protagonismo, de manera que la novela bien puede funcionar como la puerta de entrada al mundo de Vargas Llosa para todos aquellos lectores que lo descubran ahorita: El héroe discreto, vale advertirlo, es la primera ficción que escribe y publica desde que recibió el Nobel y toda la publicidad que semejante premio conlleva.
Elementos vitales para que el tiro dé en todos esos blancos simultáneamente: el ritmo del relato, una trama que hace simple lo complejo (narrar historias paralelas, superponer en el relato distintos momentos e interlocutores para contar el cuento en estilo directo), y una sabia decisión lingüística: los personajes, unos más que otros, según quiénes sean y dónde vivan, hablan peruano, con las variantes dialectales y sociolectales que cabe imaginar.
En los capítulos impares, el escenario es Piura, y se cuenta la historia de Felícito Yanaqué, un pequeño empresario del transporte. En los pares, la acción se traslada a Lima, y el primer protagonista es Ismael Carrera, hombre de negocios de gran fortuna. A Felícito lo amenaza una mafia que pretende cobrarle un dinero mensual para que no le pase nada a sus colectivos y camiones. A Ismael, lo apremian sus hijos, un par de mellizos inservibles que no ven la hora de que se muera para heredarlo y darse la gran vida. Felícito e Ismael deciden resistir, cueste lo que cueste: el primero acude a la policía y publica un anuncio en el diario local para que toda la sociedad sepa que no está dispuesto a pagar; el segundo se casa en secreto con una de sus empleadas domésticas, viaja a Europa de luna de miel y aprovecha para vender su empresa. Ellos son, entonces, los héroes discretos, los que defienden los ancestrales valores sobre los que se fundó nuestra civilización; los que no negocian con los inmorales e inescrupulosos, que se creen que están por encima del resto porque nadie les ha puesto un límite. Ellos son, en consecuencia, quienes le permiten a Vargas Llosa escribir, una vez más, una novela que, a su modo, demanda una lectura política: se puede vencer a los violentos sin ser violento, siendo, simplemente, buena gente.
Ahora, la intertextualidad: Ismael no está solo, tiene como leal amigo a don Rigoberto, el lujurioso marido de doña Lucrecia y padre de Fonchito, todos ellos protagonistas de Elogio de la madrastra (1988) y Los cuadernos de don Rigoberto (1997); y en la fuerza policial de Piura, para proteger a Felícito, está nada menos que Lituma, personaje de La casa verde (1966) y Lituma en los Andes (1993); y en otro sentido, como reconoció el autor en un reportaje, el Perú de El héroe discreto, con estabilidad y crecimiento y buena gente, es lo contrario del Perú pesimista y jodido de Conversación en La Catedral (1969). O sea que Vargas Llosa no se ha privado de nada.

