Eduardo Sacheri, un escritor popular
El valor de la amistad y el heroísmo de los hombres pequeños imperan en los cuentos y novelas de Eduardo Sacheri, donde el deporte aparece muchas veces como una miniatura del mundo que los obliga a mostrar sus fibras íntimas. Acaba de ganar el Premio Alfaguara.
Eduardo Sacheri pertenece a una estirpe de narradores de suerte ambigua, en la que se hermana con autores tan dispares como Roberto Fontanarrosa, Eduardo Belgrano Rawson, Claudia Piñeiro: la crítica especializada apenas los considera, y por lo tanto tienen vedado el ingreso al canon culto de la literatura nacional, pero algo en sus escrituras toca una fibra de esa quimera que es el gran público y, por lo tanto, sus libros se encuentran con una demanda que es inimaginable para otros autores.
El caso de Sacheri es más cercano al de Fontanarrosa porque su primera vía de acceso al favor de una masa importante de lectores ha sido el fútbol. Hincha emblemático de Independiente, tuvo su primer hit popular cuando sus cuentos comenzaron a ser leídos por Alejandro Apo en Radio Continental, una instancia a la que le abrió paso tanto la temática de esos textos como la forma. Su literatura es un costumbrismo, un sencillismo, y sus cuentos están armados alrededor de valores que se intuyen como inmediatamente caros al público entrenado en el consumo del mainstream cultural: el valor de la amistad, de los sentimientos genuinos y el heroísmo de los hombres pequeños campean en sus cuentos y novelas, en las que el deporte aparece muchas veces como una miniatura del mundo que los obliga a mostrar sus fibras íntimas.
La otra explosión de su popularidad (si puede hablarse en estos términos de algo tan secreto como los libros) fue el éxito de la película El secreto de sus ojos, basada en su novela La pregunta de sus ojos. Al margen de su conocido argumento, las formas de Sacheri aparecen concentradas ahí: la prosa amable y ligeramente adocenada (siempre el adjetivo esperado para el sustantivo correspondiente: "oscura fascinación", "recuerdos borrosos", "tipo... grisáceo"), el santoral costumbrista (Ricardo Morales, Benjamín Chaparro, Adalberto Rivadero), los golpes de efecto argumentales. De alguien tan grande como García Márquez, Passolini dijo que escribía "como si el público fuera su productor": al caso de Sacheri podría funcionarle el mismo anatema, pero eso parece una opción consciente que maneja con maestría, y que pone a su ficción siempre al borde del cine. Su tercera novela, Papeles en el viento, también fue llevada a la pantalla grande, que parece famélica por guiones que pongan el acento en la reafirmación de las imaginarias expectativas formales y sentimentales de las masas. En ella, un grupo de amigos compra un jugador de fútbol sin talento procurando un negocio que ayude a la viuda de un amigo, y un golpe de ingenio transforma al deportista en un caballo ganador.
Lo que parece un rechazo de plano a su poética puede transformarse sin mucho esfuerzo en una recomendación: como los libros de otros autores de su club (podríamos agregar al casi excelente español Carlos Ruiz Zafón) sus textos son fluidos y disfrutables por encima de los clichés. Además, sus novelas, cuentos y columnas “futbolísticas” (hay en su obra piezas que no tienen al fútbol en el centro) muestran una gran pasión por el deporte que nos pierde a casi todos los argentinos, y un interés especial en la dialéctica entre lo global y lo local que se impone como tema al pensar el fútbol contemporáneo. Y aunque su inteligencia tienda a no decir nunca lo que no corresponde, parece creada ex profeso para llevarse narrativamente bien con la épica de la pelota.

