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Capitalismo sentimental

Consagrada internacionalmente como la nueva gran novela norteamericana, "Libertad", de Jonathan Franzen, es un alegato político, ecológico y emocional en torno de la fuerza decadente del imperio.

14 de febrero de 2012 a las 06:36 a. m.
Redacción La Voz
Capitalismo sentimental
Jonathan Franzen es autor de "Las correcciones".

Hay una clase poco frecuente de estimulación intelectual que ocurre cuando la pasión y el pensamiento conviven en el mismo libro, una ilusión de claridad que le suma al estremecimiento del lector una breve pero intensa certeza acerca de, digamos, el mundo. Uno de esos milagros resplandecientes logra Jonathan Franzen en Libertad, una obra que reclama con argumentos convincentes su lugar como heredera moderna de La guerra y la Paz, de León Tolstoi. En la nueva y no tan aclamada novela de Franzen (la revista Times lo consagró como "gran novelista americano" gracias a esta obra, pero el resto de la crítica mantuvo una distancia más políticamente correcta que rigurosa respecto de ese entusiasmo) se despliega un artificio decimonónico que estaba en desuso: las circunstancias políticas tienen el mismo protagonismo que los personajes, adquieren un peso específico más significativo que el de mero contexto de la historia y son agentes relevantes en los giros de la trama. Jonathan Franzen eligió una palabra ambiciosa para titular su obra acerca de la vida en los Estados Unidos de George W. Bush, una palabra usada a gran escala por esa administración para invadir territorios extranjeros, desalojar compulsivamente campesinos de sus tierras, promover la tenencia de armas y expandir el derecho a contemplar por televisión el imponente avance de esa cultura de lo redituable. Una palabra usada, también, a escala doméstica para medir la profundidad y los alcances de un compromiso sentimental, para aceptar las contradicciones entre los propios deseos y para justificar determinados impulsos irracionales. Franzen escribe con un sentido amoroso de la ironía, contempla y describe con ansias de comprensión el desencuentro entre las personas y la naturaleza política de sus fracasos: sus personajes dan por hecha una libertad que se termina reduciendo a algunas elecciones cotidianas, y avanzan en sus biografías de acuerdo a los tumbos de un sistema cuya compleja filosofía económica es un corrimiento constante de los límites hacia todas las direcciones, un desplazamiento permanente y violento de las personas, los animales, los bosques y las montañas que podrían limitar su capacidad de mercado. A través de una exploración sentimental de la clase media, en una narración que adopta varias formas populares de focalización -desde el chisme de barrio hasta la introspección terapéutica, pasando por ejercicios de distanciamiento y proximidad de la tercera persona que ayudan a ver la misma historia desde diferentes perspectivas-, Franzen despliega con ternura y cinismo una epopeya familiar que comienza con el fracaso de los '60 (los protagonistas se ven forzados a aprender lo que sus padres, en aquellos años, habían "desaprendido") y continúa en la crisis de la libertad de mercado ante la perspectiva de un crecimiento que provoca demasiada destrucción. Es una historia de destinos cruzados, de corazones que se rompen a sí mismos ante cada desafío afectivo y que ayuda a pensar en la decadencia norteamericana, en un terriblemente dulce alarido de agonía de un grupo de personas en constante conflicto por ser buenos y al mismo tiempo satisfacer las demandas de sus contradictorios pero imparables impulsos sexuales y amorosos. Libertad es también un libro sobre la herencia, sobre el resultado espiritual de crecer en la sede del sistema: los Berglunds y todos los personajes que los rodean son descriptos por acumulación de gestos como personas con una fuerte tendencia hacia la autocompasión y la victimización, que son excusas para pequeñas y medianas atrocidades, como si esa distorsión en la perspectiva complotara con el destino manifiesto de libertad para justificar cualquier daño colateral. Se cuenta la historia de Patty y Walter Berglund, sus hijos Joey y Jessica y su amigo Richard Katz. Se enamoran, pierden el amor, reflexionan sobre la superpoblación, la minería a cielo abierto, el debate entre conservadores y liberales, y sobre sus luchas internas en contra y a favor del ideal de disciplina y autonegación de los impulsos que les ha sido dado como versión ideal del patriotismo. La conmovedora prosa de Franzen promueve un éxtasis de lectura (aun a pesar de la traducción al insufrible español ibérico), y hay entre todas las batallas éticas de la novela una que se plantea en términos estéticos: ante la inminente decadencia del imperio por el curioso motivo de que cada vez quede menos espacio para su expansión, ante la derrota de los ideales que esa misma decadencia, paradójicamente, implica -porque está claro que capital no lo frenan las buenas intenciones sino su propio crecimiento-, ante todo ese escenario en el que las personas comunes quedan a la deriva, Franzen opone una íntima belleza melodramática, algo demasiado hermoso como para no pensar que, en algún lugar de nuestras biografías, todavía queda espacio para la dignidad de los afectos.