11 Años sin Juan Filloy
Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte del gran escritor cordobés.
Considerado "el progenitor de una nueva literatura americana", Juan Filloy desarrolló una vasta producción literaria en todos los géneros concebibles. De sus más de 50 obras, en las que exhibe una extraña afición a los palíndromos, de los que ha publicado más de ocho mil, podrían mencionarse Periplo, íEstafen!, Op Oloop, Caterva, Los Ochoa, Sexamor, entre otros.
Había nacido en Córdoba el 1 de agosto de 1894, y murió el 15 de julio de 2000. Fue conocido como "el escritor de los tres siglos".
A modo de homenaje, Ciudad X te propone leer sus Pautas escatológicas.
Como ando por un callejón de postrimerías, el sol poniente me incita cada vez más. Por eso, estas "Pautas escatológicas", que pugnan por disipar angustias abordando las preocupaciones que las motivan. Por lo pronto, no elucidan nada ni las alucinaciones de Swedenborg ni las elucubraciones de Chateaubriand. Es cómodo situarse como aquél entre un falansterio de ángeles; y más cómodo aún convivir con éste en una sociedad de "facsímiles humanos" en gratas promenades por los valles de ultratumba.
Estas pautas escatológicas no son premoniciones póstumas ni claves de supervivencia. Si bien asumen intenciones que escapan a la servidumbre de la memoria, su constancia no involucra ninguna seguridad aquí y ahora. Son rápidos atisbos zahoríes, ocasionales deslumbramientos del azar y, tal vez, precoces anuncios que apacigüen la conciencia ética del hombre.
En cada suspiro enamorado cabalga una ilusión y en cada deseo galopa una ansiedad. Solamente en mesuradas regiones del espíritu conviven duendes como dioses lares. No espantarlos. Duendes que explican que la personalidad no es una montaña hueca sino una entidad robusta en la cual es indispensable abrir cada día socavones para hallarse uno mismo. Duendes que emplean un entusiasmo activo como palanca para descubrir en la arqueología personal los despojos de la vida superada.
Exploro, cateo y excavo mi edad. En la grieta de esta mole de tiempo miro con ternura los helechos que crecen en ellas y paso. Sé que las galerías se entrecruzan en su seno y llegaré, no a deslumbramientos áureos, sino al duro mármol que modelará mi tumba. Pues lo único válido es el afán póstumo de seguir viviendo en el regazo de la posteridad. Lo demás es aleatorio: trampantojos de perspectivas, mistificaciones auditivas, alibíes religiosos... Vale decir, todas las retóricas fúnebres instituidas sobre la debilidad humana.
El vocablo eskalos significa en griego último . De ahí que la palabra escatología tenga en castellano doble significación: una filosófica, que atañe a la vida de ultratumba, y otra vulgar, que se refiere a los detritus del hombre. En efecto, escatol es responsable del mal olor de las materias fecales.
Todo lo último, pues, huele mal. Tanto en las cogitaciones de la teología y la metafísica como en los simposios sobre higiene y profilaxis. Por consiguiente, sin intentar primerizar una u otra, con todo respeto dado el imperativo lingüístico, la fetidez que trasciende lleva el pañuelo a la nariz.
Finis theocracia! Con Galileo ha perdido vigencia "la creación del cielo y de la tierra"; con Darwin, el origen divino del hombre y de las especies; con Freud, la soberanía de la psiquis humana.
Es irrebatible. La ciencia ha secularizado las creencias y supersticiones a tal punto que la fe y otros instrumentos de persuasión milenarios yacen arrumbados en gabinetes tecnológicos.
Finis theocracia! La vida de ultratumba es ya solamente esperanza y consuelo de feligreses. Nada más. Están lejanos los tiempos en que los fieles gozaban la comodidad del más allá.
¡Qué desquiciadora es la perspectiva de sentirse póstumo! Quedamos mustios pensando en ello. La imaginación de la muerte nos turba y nos deprime. Toda la sangre pareciera concentrarse en las gavetas del corazón.
Sí. La inmortalidad es un azogue efímero que posee la esperanza. Borrado o diluido, no somos más que reflejos de vidrios o cristales rotos.
Mirándonos entonces en sus fragmentos comprendemos las flaquezas y debilidades que arrastramos. Y seguimos pálidos: pensar en la muerte no es más que amortajarse uno mismo.
En el postrer segundo de mi existencia, cuando esté en la aduana del último reducto del mundo, y el inspector delante de mi bagaje espiritual hoscamente me increpe: -¿Qué contrabando es ése? ¿Qué oculta usted en ese estuche?
En trance de decomiso, tragaré saliva y diré: -Un prisma, nada más que un prisma. Sé que voy a una región de penumbra ineludible, y llevo el color. ¡El color: adjetivo mayor de la naturaleza! ¡El color: epíteto supremo de la vida!

