El amigo chino
Una vez más, la intervención de China intenta, con relativo éxito, proteger las economías occidentales de un eventual colapso.
Cuando el euro profundizó en los últimos días la tendencia de depreciación iniciada con la crisis griega, y tal como aconteció cuando estalló en Estados Unidos la burbuja inmobiliaria, el mundo dirigió sus miradas y sus plegarias a Beijing, para que interviniera y evitara un descalabro a escala planetaria.
Las seguridades dadas por las autoridades del Banco Central chino, en el sentido de que mantendrá su posición en la moneda unitaria de la eurozona, no fueron suficientes para que los mercados se serenaran totalmente, pero sirvieron para que el euro atenuara momentáneamente su descenso. Ayer, las dudas sobre la salud fiscal de Hungría realimentaron los temores.
La movida de la superpotencia asiática era previsible por razonable. La República Popular China atesora 515 mil millones de euros y es lógico que procure mantener alta la cotización de la moneda europea, no sólo para evitar pérdidas importantes en sus reservas de divisas, sino también porque un precio alto de esa moneda favorece las exportaciones de manufacturas chinas a la eurozona, en la cual está desplazando a los Estados Unidos como principal socio comercial.
La estrategia monetaria de Beijing tiene otra idea-fuerza y es la de mantener la depreciación de su propia moneda -el yuan- frente al dólar estadounidense. Desde hace dos décadas, Washington presiona al gobierno de China para que corrija al alza el valor de su divisa, como una forma de reducir el sideral déficit de su intercambio comercial. La misma situación se ha dado, desde hace décadas, con Japón, que jamás se avino a valorizar su yen e ignoró siempre las peticiones, amenazas y retorsiones de Washington.
La lección más importante que dejan en la economía occidental estas operaciones de auxilio realizadas por China es que, ahora más temprano que tarde, deberán imitarla y establecer controles más rigurosos en el flujo del dinero de la economía globalizada. Explica Carmen Reinhardt, experta en crisis económica, que durante demasiado tiempo los occidentales intentaban enseñarles a los chinos las bondades de la liberalización, lo que suponía la virtual marginación del Estado de los mercados monetario y financiero. "Al parecer -agrega, no sin cierta ironía-, ahora somos nosotros los que debemos aprender de los chinos, sobre todo en un mayor control sobre la circulación de los activos financieros".
Citó como ejemplo de control la decisión de Brasil de implantar un impuesto sobre el ingreso de capitales, lo que permite una mejor trazabilidad de las inversiones. "Pero es un solo país; lo importante sería que fuese adoptada por grupos de países, por caso, el G-20 que reúne a países económicamente centrales y emergentes: Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Rusia, Arabia Saudita, África del Sur, Corea, Turquía, Reino Unido y Estados Unidos".

