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Qué hicieron con Evita

El cadáver de Eva Perón estuvo desaparecido desde que fue retirado de la CGT en noviembre de 1955, hasta su devolución a Perón en Madrid, en 1971. Sergio Rubín cuenta la historia en su libro "Secreto de confesión".

03 de julio de 2011 a las 12:02 a. m.
Sergio Rubín (especial)
Qué hicieron con Evita

El ocultamiento del cuerpo de Evita fue uno de los secretos mejor guardados de la historia argentina. Su destino suscitó todo tipo de conjeturas. Con el paso del tiempo se supo que luego de deambular durante un año por Buenos Aires, fue sacado del país y enterrado bajo un nombre falso en Milán, al cuidado de una orden religiosa. En su libro Secreto de confesión (Vergara), el periodista Sergio Rubín, especialista en temas religiosos, revela en detalle cómo fue ese operativo y, en particular, qué papel jugó la Iglesia –con el asentimiento del papa Pío XII– y las razones que la llevaron a ser de la partida. Lo que sigue es un capítulo del libro: ................................................... La intuición no le falló al padre Rotger. Su amigo Pío XII dio luz verde a la operación. Paco regresó victorioso a Buenos Aires, pero también un poco asustado por la responsabilidad que había asumido. Sin embargo, tenía gran confianza en el éxito del ocultamiento. Durante el viaje, se preguntó una y otra vez qué habría pasado si hubiera vuelto sin el permiso. ¿Hubiese habido espacio para delinear otro plan, o la destrucción del cuerpo habría sido, efectivamente, irreversible? En la inmediata reunión efectuada a su llegada para coordinar el traslado del cuerpo, comprobó que prácticamente no quedaba tiempo para nada. Apenas si lo había para fletar –y cuanto antes– el féretro a Italia. El cadáver llevaba más de un año dando vueltas. El cónclave se desarrolló en la casa del coronel Cabanillas. El militar, de porte elegante y educados modales, transmitía solidez al hablar. Convertido en el jefe del bautizado "Operativo Traslado", llevaba con serenidad la batuta de la conversación. Lo acompañaban dos hombres de su máxima confianza: su segundo en el SIE (N. de la R.: Servicios de Información del Ejército), el teniente coronel Hamilton Díaz, y el suboficial Manuel Sorolla, quienes se mostraban cordiales pero de pocas palabras. Lanusse oficiaba de testigo mudo. El padre Rotger apuntaba lo justo y necesario. Eso sí: le costó disimular su preocupación por las novedades en torno al cadáver.–Señores: el tiempo se acaba –sentenció Cabanillas–. Los peronistas siguen rondando. También hay gente de la Marina merodeando.–¡¿Cómo?! ¡¿La Armada no le responde al presidente?! –preguntó asombrado Paco.–Padre, son travesuras –le aclaró con ironía el coronel–. No se trata de operaciones regulares. Suponemos que también hay varios civiles...–¿Cuál es la idea de esta gente?–Creemos que la Marina alienta un plan para robar el cuerpo y luego destruirlo.–Eso es muy grave. ¿La situación está controlada? –inquirió Rotger.–Pensamos que sí, gracias a nuestras prevenciones. Fuimos cambiando permanentemente el féretro de lugar –le explicó Cabanillas.–¿Ustedes también? –acotó Paco–. Creíamos que no era conveniente que estuviera en el SIE. Todo el mundo sabía que estaba allí. Incluso, siguieron apareciendo velas...–¡Dios mío! –reaccionó el sacerdote–. Pero está a salvo. Pasó por algunos edificios públicos, otras dependencias del SIE...–¿Puedo preguntar dónde está ahora?–En un... en un cine...–¡¿En un cine?!–Así es. El féretro está detrás de la pantalla, dentro de un cajón de embalaje. Pero quédese tranquilo. ¿Quién lo buscaría donde todo el mundo fija su mirada? –lo calmó el jefe del SIE, siempre con la misma sobriedad–. De todas formas, antes de subir el féretro al barco, tenemos pensado una acción para distraer. Planeamos poner en circulación otros dos féretros. Uno será llevado a un cementerio del Gran Buenos Aires. El otro será transportado a Alemania con nombre falso. Obviamente, filtraremos las dos jugadas. La idea es confundir hasta al propio SIE.–¿Y cuándo será el traslado? –le preguntó el sacerdote. –La semana próxima. El Conte Biancamano zarpa el martes.–¡Faltan cinco días! –acotó con cierta preocupación Paco.–No podemos demorar el traslado. Pero vamos a estar en condiciones de hacerlo. Ya tenemos casi lista la documentación. La fulana se llamará María Maggi de Magistris, nacida en Dálmine, Bérgamo, quien murió en un accidente automovilístico en Rosario en 1951. Hamilton Díaz, aquí a mi derecha, viajará en calidad del falso viudo, Giorgio Magistris. Y Sorolla, aquí a mi izquierda, irá como control, sin cambiar su identidad. Ahora lo escucho a usted, padre… –Bien. El padre Penco estará esperando en el puerto. Pero no será él quien intervendrá en los trámites de recepción del féretro. Penco cree que es más conveniente que lo haga otra persona, no un sacerdote, para evitar lazos con la Iglesia.–¿Y quién será esa persona?–Una monja paulina.–Disculpe, padre, pero no veo gran diferencia...–En realidad, es una laica consagrada, una mujer común y corriente que hizo los votos religiosos. Llamará menos la atención. Los militares se miraron algo desconcertados. La precaución de Penco parecía atinada, pero les preocupaba que entrase en escena una mujer completamente ajena a estas lides. Paco intentó tranquilizarlos.–Es una persona de máxima confianza de Penco. Se llama Giuseppina Airoldi. Vivió aquí varios años.–Está bien –dijo resignado Cabanillas–. Entonces ella deberá ir con Hamilton Díaz al cementerio.–Efectivamente. Estará lista una furgoneta. Penco cree que lo mejor será llevarla al Cementerio Mayor de Milán, que está en el barrio de Musocco. Es el más popular. Allí todo pasará más desapercibido.–¿Y quién controlará la tumba? –preguntó Cabanillas.–Airoldi misma...De nuevo, los militares intercambiaron sus miradas un poco confundidos. Les sonaba demasiado peligroso que la mujer cargara con tantas responsabilidades. Pero no sabían cómo decírselo a Paco. Hasta que Cabanillas tomó el toro por las astas: –¿No es peligroso que una monja... bueno... una mujer religiosa, o como sea, cargue con semejante secreto?–No se preocupe –lo interrumpió Rotger con el aplomo de quien tiene un as en la manga–. La mujer no sabe quién es realmente la muerta.–¡¿Cómo que no sabe?! –reaccionó el coronel, tan sorprendido como sus camaradas.–Cree que es la... ¿cómo se llama...?–Maggi de Magistris –le recordó Hamilton Díaz.–Efectivamente.La sorpresa de Cabanillas, Hamilton Díaz, Sorolla y del propio Lanusse iba en aumento. El jefe del SIE le hizo una pregunta lógica a Paco. –¿Pero la mujer irá periódicamente a la tumba?–Penco le dijo que era una buena persona, a quien había conocido cuando vivió aquí. Le pidió como un favor muy especial que siempre le llevara flores. Y le puedo asegurar que Airoldi lo hará.Todos comprendieron que el aporte de Penco era muy interesante.–Confieso que me resulta ingenioso –admitió Hamilton Díaz–. Ahora, ¿qué ocurrirá con el paso de los años?–Lo que acordamos antes de mi viaje: Penco traspasará la información y los papeles del cementerio a su sucesor. Cabanillas guardará una copia. El día que haya que traerlo se repetirá la operación con Penco o con quien esté.–Me parece bien –acotó el jefe del SIE–. Sólo espero que esa Airoldi viva muchos años... –Si no, coronel, será otra la religiosa que visite la tumba –le aclaró Paco.–De acuerdo. Ahora nosotros también tenemos que poner el cadáver en otro féretro más humilde para no llamar la atención.–¿Qué pasa con el peso? –preguntó Sorolla–. Ese cadáver no pesa nada (entre el cáncer y las tareas de preservación, había quedado del tamaño de una púber).–Eso ya lo consideré –afirmó Cabanillas–. Le vamos a poner unas cuantas piedras.–¡Por Dios! ¡Tengan cuidado! –les pidió Rotger.–Quédese tranquilo –lo calmó el coronel–. Lo que pasa es que queremos evitar que se golpee durante el traslado. Eso sí: sería conveniente que usted, padre, acompañe el féretro hasta la partida del barco...–¡¿Yo?!–Sí. Es probable que el personal de despacho quiera abrir el féretro para cerciorarse. Usted, con su autoridad religiosa, podría convencerlos de que no lo hagan, de que ello sería una especie de profanación.–Si no hay otro remedio…–Y después, padre, si me permite…–Claro, coronel…–Olvídese de toda esta historia.