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Un camino hacia la nada

Una crónica de viaje de Dominica Capozucca-Jachnow, una cordobesa residente en Holanda. Una postal de la tragedia de los inmigrantes que deambulan por Europa.

03 de septiembre de 2015 a las 07:20 p. m.
Un camino hacia la nada
GRECIA. En el puerto de Mitilini, en Lesbos, hace tres semanas, a las 7.30. Foto: Dominica Capozucca-Jachnow.

Terminé el libro sobre el ataque a Rotterdam durante la Segunda Guerra Mundial y he llorado en el final. La historia termina bien, la guerra acaba y la protagonista de la historia ha sobrevivido protegiendo a su familia y a un bebé judío. Yo estoy en un avión de regreso de la isla de Lesbos a Ámsterdam. A mi lado hay una pareja de holandeses. Acaba de pasar la azafata ofreciendo comida. Ellos compraron dos sándwiches, dos cocas y dos chocolates. Comieron todo bastante rápido. Del otro lado del pasillo, está mi familia. Todos estamos bronceados y relajados de las vacaciones.

Durante estos siete días en Lesbos llevé la novela conmigo. Es la primera vez que leo un libro completo en holandés. Vivo en este país ya hace dos años. Se vive bien acá, hay de todo. Sin embargo no soy parte de la sociedad, no me siento integrada en la vida de ellos; simplemente entiendo las reglas y me adapto.

El vuelo a Grecia duró poco más de tres horas. En el hotel había televisión y podíamos ver canales locales como así también un canal alemán. También hablo alemán. En las noticias mostraron la situación actual política de Grecia: que Tsipras iba a renunciar, que habría elecciones, que les enviarían un paquete de ayuda de miles de millones. Afuera, en la playa, los turistas tomamos sol. Pedimos comida, bebidas y aunque no es la mejor temporada del turismo, los mozos griegos se declaraban satisfechos.

Los unos y los otros

Cuando iba a la playa, llevaba mi libro. La historia es atrapante pero cuando levantaba la vista, me asustaba con el contraste. En la novela se habla del hambre, la indigencia, la brutalidad, la sangre fría de algo que ocurrió hace más de un lustro. Ahora el mundo está en orden. Nuevo aviso en la televisión alemana, caos en Kos. Los turistas eran entrevistados respecto a la situación de los refugiados en la isla. La cantidad es impresionante, ni la isla ni el gobierno están preparados para recibir a tanta gente. Algunos turistas contaban las horas para regresar a su país y dejar de sentirse como en un campamento de refugiados de las Naciones Unidas y otros compraban con su propio dinero comida para repartir a diario entre los recién llegados. Hay sirios, afganos, iraquíes…

Durante el vuelo, mis hijos tienen hambre, mi marido nos reparte melón y galletas. El aire acondicionado está fuerte, saco una estola de la cartera y me tapo.

Pero no estoy siendo honesta con los hechos. Es verdad que ahora acabo de terminar la novela de la Segunda Guerra Mundial en Rotterdam y es verdad que ahí vivo. También es verdad que estoy con mi familia volviendo de Lesbos y es verdad lo que vi en la televisión, que comimos en restaurantes, que tomé sol, que no me privé de nada... Lo que no dije es que todos los días vimos refugiados.

En el centro del pueblo, en un campo abierto, tirados o apoyados contra la pared había cientos de hombres, mujeres y niños. Nosotros teníamos un auto alquilado para recorrer la isla y en cada vuelta veíamos a esta gente caminando, como tarahumaras, con sus mochilas al hombro. No pedían, no hacían dedo, sólo caminaban. A la puerta del hotel nuestro llegó un grupo de 15 hombres, entre 16 y 40 años. Yo los vi cuando bajé a la playa y no sabía cómo hacer para hablarles. Como estaba en malla, subí a buscar la estola y me les acerqué con mis tres frases de árabe. Uno respondió en inglés. El resto estaba en el piso a los 40 grados abombados.

Los trashumantes de Lesbos

Maher, el políglota,  dijo que venían de Turquía y que iban al norte. Él quería llegar a Holanda, tenía dos títulos universitarios plastificados en la mochila. Era DJ. Hace seis años además que está de novio y apenas llegue a Holanda quiere traer a su chica.

Desde noviembre de 2014 trabajo en Schiedam, Holanda, en una organización de ayuda a refugiados. Aprendí las leyes y lo que se debe hacer y lo que no. le recomendé que se case, que arregle la partida de matrimonio y tantas otras cosas más. No me di cuenta de que no iba a poder absorber toda la información. El grupo iba al campamento de Molivos, para nosotros ya familiar. Me despedí y Maher que dijo que lo fuera a ver.

Al día siguiente, fuimos a Molivos y estuvimos tomando un helado a cien metros del campamento. Uno los podía ver, yendo y viniendo. Maher pasó. Mientras mi marido se iba a cortar el pelo, los chicos y yo fuimos al campamento. Me sentí un poco perdida, di una vuelta grande buscando a Maher y allí estaban todos como vegetando contra la pared. Entre tantos logré identificar a Maher en el suelo, como dormido, tenía anginas, la amoxilina estaba haciendo efecto. Así todos nosotros entramos en conversación con otros refugiados y algunos voluntarios. En la costa turca pagan 1100 euros para un pasaje en bote de goma de 10 kilómetros. Una vez en Molivos, llegan ómnibus de UNHCR para llevarlos a Mitilini, la capital de Lesbos y de ahí a Atenas.

En las playas encontramos restos de esos botes de gomas, todos rotos y rasgados. En las playas turísticas comemos bien y nos cobran caro. Esa noche en el hotel dijeron en la televisión que pronto habrá nuevas elecciones en Grecia, que Macedonia y Hungría han cerrado las fronteras. Yo en la pileta del baño lavaba ropa.

A la mañana armé tres pilas de ropa: niño, dama y caballero. Puse todo lo que teníamos limpio y lavado para dar y champú, cremas, etc. Salimos temprano a Mitilini a tomar el avión de regreso. Cerramos los bolsos y los tres paquetes. Después de tradicional desayuno griego, fuimos al campamento. En una mesa donde reparten comida, pedí a alguien que habla inglés que distribuya lo poco que traíamos. Hasta el aeropuerto de Mitilini eran 10 kilómetros y cientos de refugiados, muchos niños solos. Hicimos el check in y antes de pasar de embarque, volvimos a la playa a comer lo que nos quedaba. El aeropuerto estaba lleno de holandeses y daneses. El mar se veía multicolor.

En el avión terminé la novela de la Segunda Guerra Mundial y lloré mientras en mi cabeza aún giraban las imágenes de la ciudad reconstruida en donde vivo y los trashumantes de Lesbos. No sé hasta el día de hoy dónde está Maher.

Por Dominica Capozucca-Jachnow, cordobesa residente en Holanda. Trabaja en la organizacióde ayuda a refugiados Vluchtelingenwerk Nederland, en la ciudad de Schiedam.