Arbulú, el kinesiólogo de los muchachos de Belgrano
Llegó desde Chiclayo, Perú, hace casi 40 años y ya celebró las bodas de plata en el club de Alberdi. Dice que los cordobeses son solidarios y que aquí cumplió con creces todos sus sueños.
Especial. Voces: Historias de inmigrantes
Carlos cuenta que a poco de llegar desde su Chiclayo natal -una ciudad de medio millón de habitantes, a 12 kilómetros del Pacífico y a 800 kilómetros al norte de Lima- le preguntó a su primo José, también peruano, cuáles eran los equipos de Córdoba. Arbulú era un confeso futbolero y seguidor de los clubes argentinos.
“‘Talleres, Belgrano, Instituto y Racing, ¿cuál te gusta?’ , me preguntó. Cerré los ojos y le pregunté cuál era la camiseta de Belgrano. ‘Celeste’. Esa”, le dijo. No era antojadizo: igual a “esa” era la celeste de Chiclayo.
Después de ese acercamiento intuitivo supo que con aquel equipo simpatizaban los estudiantes de Medicina y muchos de los médicos del Hospital de Clínicas.
Como buen hincha, enseguida empezó a frecuentar la cancha de Alberdi, aunque no siempre tenía para pagar la entrada. ”Me quedaba esperando que pasara el primer tiempo para que me dejaran entrar; en esa época era así”, recuerda Carlos. No había “zampaditas” como ahora, dice.
El sueño de ser médico
Arbulú aprendió a mitigar sus penas con la guitarra. Con ella hizo amigos y se sintió más cerca de su casa natal. “En el Perú en aquella época teníamos pocas posibilidades de estudiar, de crecer, de desarrollarnos”, cuenta Carlos, en su casa de barrio Las Palmas. Los cupos en la Universidad eran limitados y él siempre soñó con ser médico.
“Había terminado mi secundario, hecho el servicio militar obligatorio y me había postulado a dos institutos superiores pero no tuve éxito”, explica.
Así que fue suficiente la “invitación” de su primo José para emprender el viaje a la Argentina, un país al que Carlos apreciaba, básicamente, por su música. “Tuvimos mucha influencia del rock nacional y como yo soy medio guitarrero, escuchaba Spinetta, Los Gatos…, grupos que estaban a la vanguardia en América latina”, relata.
En aquel momento, las relaciones culturales entre ambos países eran excelentes. El Instituto Nacional de Becas y Créditos Educativos daban facilidades para viajar.
Arbulú, huérfano de padre a los 15 años, inició los trámites y terminó en Córdoba. En Chiclayo quedaron su madre y, por un tiempo, sus cuatro hermanos.
Nuevos horizontes
Al principio, Carlos sufrió el desarraigo. “Era duro, no conocía a nadie… Comenzaba a extrañar la familia, las comidas. Las comunicaciones entonces eran muy deficientes. Esperábamos una correspondencia casi un mes. Para hablar por teléfono teníamos que ir a la central en General Paz y esperar que nos llamaran”, recuerda Carlos.
Arbulú insiste en que “la viola” fue una buena compañera, que le abrió puertas. Al poco tiempo de establecerse, integró el Ballet Latinoamericano de Córdoba, cuyos directores eran Rivera Flores y su mujer, Silvia Servini, a quien recuerda como “dos artistas extraordinarios”. Con la música llegaron hasta el Festival de Cosquín. Y más tarde, con unos amigos, armó su propio grupo folklórico, al que llamaron “Perú”, para que no quedaran dudas.
“Hacíamos ritmos del Perú en vivo, eso me fue acercando. Pero mi objetivo no era la música sino el estudio”, explica.
El primer año se dedicó a preparar las equivalencias del bachillerato y al siguiente estalló el Golpe de Estado y se complicaron las posibilidades de ingresar a Medicina.
En los días oscuros de los años 70, Carlos se recibió y trabajó de protesista dental, mientras su primo regresaba a Perú, por temor a las consecuencias de la dictadura.
Carlos se quedó solo. “Yo no pensé en volver. Estaba con la cabeza dura de que tenía que estudiar. Y así se dio. Mi mundo está acá”, refiere. Se nacionalizó como argentino y con la vuelta de la democracia ingresó a la carrera de Licenciatura en Kinesiología y Fisioterapia en la UNC.
Dice que habían pasado los años y que Medicina era muy exigente, con lo cual optó por Fisioterapia. “Creo que es lo mejor que me pudo pasar en la vida porque es una carrera que ejerzo con gran vocación. Me permitió conocer a muchísima gente, atender a personas que quizá nunca hubiese soñado. Gente importantísima de la política, a artistas, vedetes”, cuenta.
Estela Raval, María Marta Serra Lima, Flavio Mendoza, Jesica Cirio, Evangelina Anderson fueron algunas de las figuras. Hace 13 años que Carlos trabaja también con los actores de teatro en el verano, en Carlos Paz.
Esas raras palabras nuevas
A pesar de hablar el mismo idioma, Carlos no entendía algunas palabras de uso cotidiano en Córdoba. “Una vez me mandaron a buscar a uno y toco el timbre y me dicen: ‘está apolillando’ y me quedé pensando, ¿qué será apolillando?”, recuerda.
Al llegar el mes de abril, el sufrimiento fue el frío. “Soy de una zona costera, con una temperatura promedio de 24 grados, entonces acá sentía realmente el frío”, agrega.
De todos modos, Carlos asimiló pronto las costumbres locales, aunque sigue cocinando ceviche en su casa. Toma mate y es “especialista” en hacer buenos asados. “Esa cultura la he adquirido… Me invitan amigos de acá y yo me encargo como si fuese un argentino más”, explica.
Al comienzo se relacionó con la gente de su país como una manera de insertarse, de hablar, de contar historias. “Llegué a la calle Corrientes 453, a una pensión. Esa gente fue la primera. Después ya nos juntábamos con estudiantes de otras provincias y de otros países. Se hacían campeonatos latinoamericanos. Y así iba uno conociendo gente”, sostiene.
Con el tiempo y las obligaciones, dejó de frecuentar a sus compatriotas y armó su círculo con los cordobeses.
Todo pasa por el club
Aquí construyó su mundo y 11 años después de haber llegado, en 1986, se casó con una cordobesa, con quien tuvo tres hijos. De algún modo, se había “acordobesado”. “Ya conocía la idiosincrasia de la gente. Ya los palpaba y no tuve ningún problema. Yo nunca tuve una novia peruana acá. Estaba muy adaptado a los cordobeses”, refiere.
Estaba dando sus primeros pasos como kinesiólogo cuando comenzó a trabajar en Belgrano, aquel club al que se unió por el color de la camiseta.
“Estaba haciendo la residencia en el Hospital Clínicas hasta que el médico de Belgrano, en ese entonces, el doctor (José) Amayo, el traumatólogo, buscaba fisioterapeutas para mandar a Belgrano”, cuenta Arbulú. Y agrega: “Me designaron a mí para ir… Fui por seis meses de trabajo y me quedé 25 años. Eso fue realmente extraordinario“.
Arbulú se entusiasma contando lo vivido en Belgrano. Entre tantas cosas, fue testigo privilegiado de los cuatro ascensos. Los festejó en el banco de suplentes.
“Entré a fines del 89, en diciembre me habían llamado. Y el primer ascenso fue en el 91. Luego en el 98, 2006, 2011 y yo sentadito en el banco. Ahí encontré mi mundo. Pienso jubilarme ahí, con tantas satisfacciones”, opina.

En unos minutos, y a pedido, repasa la historia de Belgrado, desde el primer ascenso hasta el último, con River Plate. “Las peripecias que hemos pasado, las cosas que vivimos, correr atrás de los jugadores en la Isla de los Patos mientras hacían la pretemporada con unos bidones de esos grandes. Hoy en día tenemos un bienestar, un equipo de primera realmente. Es una cosa extraordinaria”, subraya.
Y sigue: “¡Cómo iba a soñar yo trabajar en un equipo de fútbol profesional! Y se me dio… Encontré mi mundo”.
Cuando ingresó, Carlos era polifuncional. Pasaba del consultorio con los traumatizados al trabajo de campo. Con el tiempo se incorporaron dos médicos y dos kinesiólogos.
Carlos ahora está sólo en el consultorio. Los lunes llega bien temprano, una hora antes del plantel y atiende a los jugadores lesionados. Otros hacen trabajos preventivos hasta que llega la hora de la práctica, cuando Arbulú queda liberado de pacientes y se acerca al campo con el médico a observar el entrenamiento.

Mano solidaria
“Me queda agradecerle a Córdoba infinitamente por esa mano solidaria que me tendió y queda como muestra de esa gran solidaridad del pueblo argentino. Realmente me emociona”, cuenta Carlos quien, cree, “va a dejar los huesos acá”.
“Pienso que el sueño de todo ser humano es triunfar en la vida, de alguna u otra manera, triunfar. Yo no he amasado una fortuna, pero si tengo la felicidad de tener una riqueza extraordinaria: una gran familia y trabajo, realizarme profesionalmente y tener salud.
Con 62 años me siento muy bien”, sostiene.Carlos se siente bien cordobés, aunque a veces le preguntan si es santiagueño, por la tonada. “No me siento para nada foráneo. ¡Mis hijos son más cordobesazos para hablar...!”, cuenta, antes de asegurar que con el plantel de Alberdi pasó los mejores momentos de su vida.

Colaboración María Belén Poncio, de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (Ucic).

