Las peleas de la organización nacional
El 3 de febrero de 1852, con la Batalla de Caseros, comienza el ciclo de la organización nacional. No fue lo tranquilo que suele creerse. Las peleas por el poder continuaron durante décadas. Hilda Sabato estudia la dimensión política del período en su nuevo libro.
El 3 de febrero de 1852, la Batalla de Caseros abre un nuevo ciclo en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Tras la derrota de Juan Manuel de Rosas a manos de Justo José de Urquiza, en pocos meses se podrá organizar y realizar la Asamblea Constituyente de 1853, que dictará la primera constitución que será aceptada por todas las provincias. Esto despertará la rebelión de Buenos Aires, que se resistirá durante algunos años. Así, el período constitucional de la República Argentina (su nueva denominación) recién se iniciará en 1862 con la asunción del presidente Bartolomé Mitre. De todos modos, el ciclo comenzado en Caseros sienta las bases para la organización nacional, ciclo que para la mayoría de los historiadores se extiende hasta la década de 1880. La historiadora Hilda Sabato, en Historia de la Argentina. 1852-1890 (Siglo XXI, 2012), al poner bajo el foco de su análisis la dimensión política, esto es, "los sucesivos intentos de construcción y legitimación de la autoridad política en la nueva república" que surgieron en aquellos años, prefiere extender el período hasta la crisis de 1890 que provoca la renuncia de Miguel Juárez Celman para mostrar el alcance de esas disputas. –A lo largo del libro se registran las peleas entre federales, liberales, autonomistas y nacionalistas. ¿Por qué todos parecen estar de acuerdo con una constitución liberal y federal, pero chocan constantemente? –El acuerdo entre las dirigencias de diferente signo partidario (federales y liberales, autonomistas y nacionalistas) para fundar la República Argentina en torno a ciertos principios básicos que reconocen una impronta liberal (tales como el reconocimiento de derechos ciudadanos –civiles y políticos– y la división de poderes, entre otros) y la instauración de una república de índole federal no significó que ellas coincidieran en cuanto a las formas específicas de puesta en marcha e instrumentación de esos principios o a las características del federalismo. Por el contrario, estos temas alimentaron el conflicto político por décadas. Por ejemplo, los levantamientos federales encabezados por el Chacho Peñaloza o por Felipe Varela se hicieron en defensa de la Constitución, que se consideraba violada por los liberales. Estos, por su parte, se escudaban en los mismos argumentos para reprimir las rebeliones. Y no se trataba de meras argumentaciones retóricas para justificarse, también hacían referencia a diferentes maneras de entender la república. Más adelante, el conflicto en 1880 entre la dirigencia revolucionaria porteña y el gobierno nacional puso de manifiesto la existencia de dos modelos distintos de Estado. Las peleas por el poder –¿Por qué fue tan difícil para las provincias entender que para hacer un país federal debían ceder una porción de autonomía a la Nación? Porque, usted lo relata muy bien, hay cuestiones propias del Estado nacional de las que recién se pudo hacer cargo en la presidencia Roca; por ejemplo, un solo ejército y una sola moneda. –Las provincias estuvieron dispuestas a compartir la soberanía con un Estado nacional recién creado, pero el problema radicó en las cuotas de poder que cada parte quería conservar. Esa cuestión fue clave en las disputas de la época. Los propios federales estaban divididos, y mientras Urquiza –su jefe máximo en las décadas de 1850-1860– apostó a la creación y construcción de un Estado central que tuviera poder político e institucional, otros dirigentes federales lucharon por defender la autonomía de las provincias. El caso de Buenos Aires es, quizá, el más extremo en ese sentido, pues aunque allí el federalismo como fuerza partidaria fue débil, los principios autonómicos fueron extremadamente fuertes. Así, en 1852, se resistió a unirse a la Confederación bajo el mando de Urquiza y a sumarse al pacto constitucional. Sólo se incorporó cuando logró, por la fuerza, ponerse a la cabeza del proceso y modificar la Constitución en defensa de algunos derechos provinciales. Pero cuando el porteño Mitre, ya como presidente, intentó recortarle poder a su propia provincia para fortalecer el aparato estatal nacional, se encontró con la resistencia de quienes formaron una agrupación partidaria propia, el autonomismo. Los tironeos entre el gobierno central y el de la provincia más rica del país continuaron por varias décadas, y Buenos Aires sólo se resignó cuando fue derrotada por la fuerza del ejército nacional en 1880. –Todas las presidencias que usted estudia enfrentaron levantamientos armados, "revoluciones", como se les decía. Primero, se levantaron los federales; luego, los nacionalistas; más tarde, los autonomistas. El actor político que perdía poder encontraba en las armas la manera de resistir, aunque perdiese el poco poder que le quedaba, como les pasó a los federales .–El uso de la fuerza fue una constante de la vida política de la época. De acuerdo con algunos de los valores del republicanismo liberal dominante a mediados del siglo XIX, ese recurso se consideraba legítimo cuando el gobierno de turno mostraba signos de despotismo. Los levantamientos y revoluciones se justificaban en esos términos y fueron un mecanismo muy difundido para dirimir conflictos partidarios provinciales, regionales y nacionales. Esta tendencia se veía favorecida por una organización militar descentralizada. El ejército nacional fue creado por Urquiza y constaba de dos instituciones diferentes: el ejército de línea, de índole profesional y permanente, y la Guardia Nacional, cuerpo de reserva formado por los ciudadanos que debían enrolarse y entrenarse para la defensa. La Guardia era heredera de las milicias de la primera mitad del siglo XIX y se asociaba con el derecho y el deber ciudadano de portar armas en defensa de la patria y de la república. Su organización y reclutamiento estaban en manos de las autoridades provinciales, lo que le daba un grado importante de autonomía respecto del comando central, pero a la vez debilitaba la capacidad del gobierno nacional de ejercer el control militar efectivo. A partir de la década de 1870, surgieron fuertes críticas a la tradición revolucionaria de la "ciudadanía en armas" y a la autonomía de las provincias en el manejo de la Guardia, que se tradujeron en medidas destinadas a desterrar esas prácticas. Los primeros presidentes –Si hacemos una pequeña semblanza de cada uno de aquellos presidentes, ¿diría que Sarmiento fue el gran transformador, no sólo del país sino de la escena política? –Es difícil, y en cierto modo arbitrario, hacer un ranking de presidentes según su voluntad o capacidad transformadora. Urquiza innovó decididamente al impulsar el pacto constitucional; Mitre puso en marcha los poderes del Estado nacional e intentó dar forma a una administración central con control liberal; Sarmiento buscó fortalecer el poder presidencial y el aparato estatal en pos de un proyecto modernizador desde el centro, etcétera. En el camino, cada uno de ellos utilizó todos los métodos a su disposición para imponer su poder, pero sólo lo logró de manera parcial y por poco tiempo. Por otra parte, la historia no se explica por la personalidad de ese puñado de individuos. Cada uno de ellos pesó en los procesos, pero para entenderlos es necesario analizar a la sociedad en su conjunto. Por eso en el libro atiendo a los diferentes niveles de acción política, desde la movilización de las bases hasta las relaciones entre las elites. –Con todo, al llegar a Avellaneda, usted destaca que fue el primero en reconocer al rival político y ofrecerle el espacio de la minoría… –Avellaneda es un caso interesante y relativamente poco estudiado. Compartía con Sarmiento la voluntad centralizadora y no escatimó recursos para alcanzar ese fin, pero reconocía que el conflicto político requería medidas que no se limitaran a la represión del adversario. La llamada "conciliación de los partidos", en 1877, fue un intento de cooptar a la oposición mitrista que, aunque derrotada en su acción revolucionaria de 1874, seguía impugnando la legitimidad del régimen por la vía de la abstención electoral y la amenaza de un nuevo levantamiento. Si bien Mitre accedió a sumar ministros propios al gobierno y a ir a las elecciones con listas concertadas, que eliminaran la competencia y las movilizaciones en ese terreno, el propio partido autonomista en el poder se dividió y los contrarios al acuerdo generaron una nueva oposición. Así, el propósito del presidente, de apaciguar las confrontaciones partidarias, tuvo un éxito muy limitado y efímero. –Roca actuó en sentido contrario: con el Partido Autonomista Nacional (PAN), estableció un sistema de partido único. –Roca compartía con Avellaneda la preocupación por disciplinar a las dirigencias políticas para evitar las disputas recurrentes que habían sido un rasgo característico de las décadas previas. Pero mientras Avellaneda intentó pactar con la oposición mitrista, Roca se inclinó por fortalecer una agrupación partidaria (el PAN) que reunía a fuerzas de orígenes diversos, marginar a los opositores, y favorecer desde el Estado nacional una política de centralización que redujera la posibilidad de los otros de llegar al poder. Por eso se habla de "partido hegemónico", pero ese partido era a su vez una asociación de agrupaciones con bases y liderazgos diversos. Roca quiso disciplinar a esas huestes y para ello utilizó los recursos estatales que le permitieron llevar adelante un gobierno relativamente exitoso en materia de políticas públicas y mantener cierta paz interior. Pero estuvo lejos de alcanzar el control total de la situación que sus enemigos le endilgaban. –Finalmente, Juárez Celman, cuyo liderazgo político va de "nada" a "todo" y se diluye en medio de una crisis fenomenal y una paradoja, también enfrentó un levantamiento armado y lo derrotó, pero tuvo que renunciar. –Juárez es un personaje muy controvertido y también, paradójicamente, poco estudiado. En los últimos años se han publicado algunos trabajos muy importantes sobre su presidencia, que ponen en cuestión las visiones más maniqueas en circulación. Surgido del riñón del roquismo, una vez en la presidencia se distanció de su antecesor (y concuñado) y reorientó la acción estatal y del partido. Su período de gobierno arrancó en plena recuperación de la economía después de una corta recesión, que alimentó una fiebre expansionista y la ilusión del progreso sin límites. Sin embargo, las políticas de Juárez, sumadas a condiciones estructurales y problemas de coyuntura, desembocaron en una de las crisis más agudas de la historia argentina, que no fue sólo económica sino también política, cultural y hasta moral. Le costó el puesto al presidente. Su reemplazo por el vicepresidente Pellegrini alivió el clima tenso que la derrota de la Revolución del 90 no había contribuido a distender, pero no solucionó los problemas de fondo. Los años siguientes fueron de profunda incertidumbre para los contemporáneos, pues nadie sabía cómo continuaría la historia. Por eso decidí concluir mi libro en ese punto, que obliga a interrogar las visiones más lineales y teleológicas del período.
La autora. Hilda Sabato es historiadora, profesora titular de la Universidad Nacional de Buenos Aires e investigadora principal del Conicet. Entre sus libros se cuentan Historia de las elecciones en la Argentina, 1805-2011 (2011, en colaboración), La vida política. Armas, votos y voces en la Argentina del siglo XIX (2003, compilación que compartió con Alberto Lettieri), Buenos Aires en armas. La revolución de 1880 (2008), y La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires 1862-1880 (1998, reeditado en 2004).
El libro. Historia de la Argentina. 1852-1890, Hilda Sabato, Editorial Siglo XXI, 352 páginas. Integra la Biblioteca Básica de Historia, dirigida por Luis Alberto Romero.

