Para qué cambiarlo si anda bien
Nuestra estructura tributaria tiene una alta concentración en impuestos indirectos como los que afectan al consumo. Ariel Barraud.
Tiene cierta aceptación la idea de que el sistema tributario argentino, como sucede en casi todos los países de Latinoamérica, dista de ser considerado como óptimo. Hay problemas de nivel y de estructura. De nivel, puesto que la recaudación de todos los niveles de gobierno en Argentina equivale actualmente a casi un tercio del total del producto, parecido a lo que ocurre en países desarrollados a los que luego no nos parecemos en la asignación de estos recursos a través del gasto público. De estructura, porque hay una alta concentración en impuestos indirectos, como los impuestos al consumo, que tienen un mayor impacto sobre quienes dedican la mayor parte de su ingreso a este tipo de gastos, que en general son los estratos de la población de menores recursos. A esto se le agregaron en los años post-crisis de 2001 impuestos distorsivos como el impuesto al cheque y las retenciones a las exportaciones; que vinieron a sumarse al tanque de la imposición provincial distorsiva, que es Ingresos Brutos, del que las provincias obtienen cuatro de cada cinco pesos de su recaudación, y del cual la mayoría de los consumidores no tiene la menor idea de cuánto incide en el precio que pagan por sus compras, pues no aparece discriminado en los comprobantes fiscales (una pista: es mucho).Aun así, no hay un clamor general por una reforma en la forma en que se generan los recursos en los distintos niveles gubernamentales. La razón está en una situación paradójica: el sistema tributario argentino es muy malo, pero recauda muy bien. O mejor dicho, cuenta con el potencial de recaudar mucho en períodos de auge por su carácter procíclico en el que tienen mucho peso los tributos relacionados con el consumo y actividad, y con la evolución de los precios. Es interesante ver qué pasaría si quisiéramos a una estructura tributaria como la de otros países federales, referentes por su equidad y eficiencia como Australia o Canadá. Sin entrar en detalles como la evasión y elusión diferenciales en nuestro país, lo que demuestra que la cultura tributaria es claramente distinta; si se quisiera replicar por ejemplo la estructura australiana, los impuestos a la renta (ganancias) a nivel federal tendrían que aumentar casi 10 puntos del producto, los impuestos a los bienes (producción y comercialización) a todo nivel debieran reducirse respecto a la situación actual; mientras que los impuestos al comercio exterior debieran eliminarse completamente. Evidentemente no se trataría de una reforma menor ya que, por ejemplo, los impuestos a la renta debieran ver triplicada su recaudación, o la imposición al patrimonio debiera duplicarse. Este tipo de ejercicios, en los que se pondera otras experiencias, resulta relevante en caso que se decida avanzar hacia un nuevo ordenamiento tributario, que sería un paso anterior a la otra discusión de fondo en nuestro país, que es la de cómo distribuir luego entre niveles de gobierno estos ingresos (la tan postergada reforma de la coparticipación).Todo esto debiera ocurrir, el tema es que a veces se prefiere acudir al saber popular: "Para qué arreglarlo, si anda bien".

