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Más calidad para nuestras democracias

La era democrática en América latina, que comenzó en los 80, es un proceso sólido y duradero. El académico estadounidense Daniel Levine lo analiza desde la perspectiva de su potencial mejoramiento.

17 de julio de 2011 a las 12:02 a. m.
Redacción La Voz
Más calidad para nuestras democracias

"Esta ola de democracia en América latina, que empieza más o menos en los '80, es el proceso más sólido y duradero de la historia contemporánea, así que ha llegado el momento de evaluar el desarrollo y la calidad de los gobiernos". Lo dice Daniel Levine, autor de Calidad de la democracia en América latina (en coautoría con José Molina). Según este politólogo estadounidense y profesor de la Universidad de Michigan, hubo varias etapas en los estudios de campo sobre la región y en este momento se focaliza sobre la consolidación de la democracia.A partir de cinco grandes indicadores: decisión electoral, participación, rendición de cuentas, voluntad popular y soberanía, los autores intentaron medir dos ejes centrales del fenómeno: la calidad de sus políticas y la evaluación de los pueblos. –¿Cuáles fueron los resultados de ese estudio? –En una visión general de América latina de los últimos 10 años, la gran fuerza de la democracia nos parece que pasa por la decisión electoral. Pero los procesos electorales difieren dependiendo del país. Por ejemplo Nicaragua, que no tenía una tradición democrática, atravesó una revolución democratizante con las elecciones en 1990. Es una situación muy distinta de la de Argentina, Brasil o Chile, que tienen una larga tradición democrática interrumpida por los militares. También hay países como México o Venezuela que tuvieron continuidad institucional pero con grandes cambios. Por otra parte, la gran debilidad en la región es la rendición de cuentas, lo que en Estados Unidos llamamos accountability , por dos razones: primero, por la relativa debilidad de las legislaturas y de las judicaturas, por eso el desafío es fortalecer las instituciones de control para evitar lo que se llama "democracias delegativas". La idea es que el gobierno electo no pueda hacer lo que quiera sino que deba responder cada tantos años sobre sus acciones. En segundo lugar están las secuelas de la violencia. –En un proceso de democratización consolidada, ¿cree que quedan secuelas de la violencia del pasado? ¿Cómo ve que se enfrentan políticamente? –La violencia no es solamente cuestión del pasado, porque en muchos países sigue vigente una impunidad total de la policía. Eso es una impunidad organizada; el narcotráfico y la pobreza son otros flagelos actuales. Pero esta es una violencia de característica masivamente represiva. La tasa de muerte entre varones jóvenes víctimas de la policía es altísima en Centroamérica. Por otro lado, creo que Argentina, entre muy pocos países, ha tratado a través de su sistema judicial de resolver o enfrentarse a la cuestión de la violencia y sus secuelas. Para muchos ha sido más bien el secreto público; todos saben lo que pasó pero no quieren comprometerse por temor. Para mí es muy importante abrir ese secreto para evitar que se repita en el futuro y que la gente sepa lo que pasó verdaderamente. Viendo los trabajos de Gustavo Morello y de otros colegas argentinos se me abrieron los ojos, porque yo sabía que había violencia, pero la violencia extrema que hubo acá con los militares, realmente irracional, es verdaderamente increíble. –¿Cómo ve el sistema de partidos políticos en la región? –El sistema general de partidos políticos en América latina se ha debilitado mucho. Yo creo mucho en los partidos. Por ejemplo, aquí el peronismo es un partido grande al que un amigo describe como una "desorganización organizada", porque abarca mucho y sin embargo funciona. Pero hay muchos países, como Perú, en donde el problema radica en que no hay instituciones fuera del Estado, y el Estado es muy débil. Los grandes partidos políticos del pasado ya no están; lo que hay son agrupaciones alrededor de personas, como Humala y Keiko, por eso el electorado del Perú es sumamente volátil. Los partidos políticos no se pueden crear por orden oficial, hay que tener un crecimiento orgánico. –¿Las estructuras partidarias están siendo suplantadas por líderes? –Hay algunos casos, como el de Perú, en el que se da ese fenómeno porque los partidos se han desacreditado o sufren restricciones. Los grandes partidos venezolanos fueron desacreditados, porque después de 40 años demostraron que al fin y al cabo eran corruptos y ya nadie cree en ellos, por eso es que surgen personalidades como Chávez. La gente es chavista, más que cualquier otra cosa. La figura de Evo Morales es muy diferente. Es aliado, pero tiene un surgimiento más bien orgánico; viene de un movimiento de grupos sociales y nuevas formas de participación popular en Bolivia. El fenómeno de líderes o de coaliciones que no duran mucho no es muy bueno porque las políticas no tienen continuidad, son coyunturales. Antes, los partidos hacían muchas cosas para el ciudadano: eran fuente de información, un lugar de sociabilidad. Actualmente, con la cantidad de fuentes de información disponibles, la gente ya no los necesita, por eso es necesario una reformulación. –¿Qué significan en este marco el Alca o la Unasur? –Me parece que es algo nuevo. Históricamente, la debilidad regional respondió a que las identidades se han formado basándose en las relaciones con el exterior, con poderes internacionales fuertes de la región, por eso creo que si se forman grupos políticos fuertes adentro, me parece ideal. Creo que en esto Argentina, Brasil y Chile han tenido un papel fuerte. Los dos gobiernos de Lula han sido muy importantes para legitimar a ojos de Europa y Estados Unidos un gobierno de centro-izquierda que hizo política social, pero que también aplicó una política económica de crecimiento, y eso es un gran cambio. –Usted es especialista en la relación entre la política y la religión, ¿cómo evalúa esa relación en América latina? –Si miras las últimas elecciones en Puerto Rico, donde ganó Laura Chinchilla, para ella fue de vital importancia en su campaña el tema del aborto y del matrimonio igualitario. Chinchilla hizo de esto un tema central de su campaña (que era defender algo que no estaba atacado) y le resultó muy bien. Creo que lo que uno ve con la religión y la política ahora no son tanto los grandes temas de hace 20 años, sino lo referente a trabajo social y cuestiones como derechos reproductivos y sexualidad. La gran diferencia ahora es que ya no hay una sola voz. En los últimos 40 años en América latina se ha dado un fenómeno creciente de pluralismo religioso. Esto ha sido muy difícil de aceptar para la Iglesia Católica, que no es la única y todavía pretende hablar en nombre de la religión o la moral. Ahora ese espacio está lleno de voces. Los cristianos (N. de la R.: evangélicos) también tienen voz y controlan medios, y eso ha cambiado la forma en que la Iglesia puede hacer política. La palabra "iglesia" históricamente se relaciona con un cierto control sobre un territorio, pero ya no es un monopolio. –¿Hubo una especie de proceso de democratización en la religión? –Puede ser. Religión, pluralismo y democracia es todo un tema. La relación entre democracia e Iglesia Católica en Latinoamérica ha sido muy difícil a lo largo de los años, pero básicamente, ahora creo que casi todas aceptan la idea de la democracia como algo bueno, algo que no se podía decir hace 40 años. Otro gran tema es la relación entre las iglesias y las ideas religiosas y la violencia de todo tipo. Por ejemplo, la Iglesia Católica, aun en tiempos en que era muy fuerte, no enfrentaba la violencia doméstica. No le interesaba o no le pareció muy importante, ¿no? La violencia cotidiana, la droga, el abuso a las mujeres, a los niños. Por otro lado, el vínculo entre las iglesias y los movimientos de derechos humanos, aun a pesar de la relación de la curia con la oligarquía, fue muy importante. Hay que pensar también en cuál ha sido el papel de las iglesias en los procesos posviolencia, como las comisiones de verdad, de mediación, de negociación de paz, de transiciones a la democracia. Además, las iglesias han tenido un rol histórico como promotoras de movimientos sociales de todo tipo: de campesinos, de barrios, de mujeres, de educación popular, de cooperativas, y esto ha sido muy fuerte en los '70 y aún se mantiene. En muchos países, sin embargo, se puede ver el efecto de las grandes burocracias de las iglesias que, en algunos aspectos, se han lavado las manos en estos temas.

Perfil

Daniel Levine es politólogo por la Universidad de Yale y profesor de la Universidad de Michigan. Se especializa en políticas comparadas en América latina. Estuvo en la ciudad de Córdoba en junio pasado para dictar un seminario dirigido a investigadores del Conicet y la Universidad Católica de Córdoba.