Las restricciones para crecer por consumo
El impulso al consumo fue la principal política económica utilizada para crecer a partir de 2003. Hoy, la expansión del consumo no se está traduciendo de manera directa en un crecimiento real de la economía. Dante Sica.
Sin lugar a dudas, el impulso al consumo ha sido la principal política económica que se desplegó para crecer y expandir el nivel de actividad en los últimos años. Durante todo el período de la posconvertibilidad, el consumo privado mostró una dinámica sorprendente, con un avance acumulado de 70,4 por ciento en el período 2003–2010, y un crecimiento promedio anual de 6,9 por ciento. El camino transitado muestra, sin embargo, distintas etapas que fueron haciendo cada vez más evidente las restricciones y las complicaciones que se presentaron para dar continuidad al modelo económico de maximización del consumo que aún hoy sigue vigente. En un primer lapso que va de 2003 a 2006, se observó un muy dinámico ritmo de la actividad. La fuerte contracción económica había dejado una amplia capacidad instalada y un abundante mercado de mano de obra calificada disponible, sin necesidad de efectuar grandes inversiones en el corto plazo. Este amplio margen con el que contaba la macroeconomía permitió llevar adelante una estrategia de política económica basada en el supuesto de que el solo impulso del consumo privado podría traccionar un crecimiento de la oferta local. Y así sucedió. La economía se expandió a niveles récord, con leves tensiones inflacionarias y una buena capacidad de reacción por parte de la oferta. Al período que comienza hacia fines de 2006 se lo puede dividir en dos tramos bien marcados. Hasta 2008, el apalancamiento de la demanda puso al límite la utilización de la capacidad instalada y tuvo sendos impactos sobre los precios y el flujo de importaciones, ante una inversión que si bien crecía, no bastaba para sustentar las tasas a las que se expandía la economía. La mayor presión sobre la demanda provocó una escalada en los precios, llegando a tasas de inflación de dos dígitos (10 por ciento en 2006; 16, en 2007 y 20 por ciento en 2008), lo que daba la pauta que la reacción del lado de la oferta era cada vez más limitada. Los distintos sectores productivos empezaron a sentir el alza en los costos y ello repercutía en la pérdida de la competitividad–precio para las empresas. La consecuencia del aumento de precios y el fuerte ritmo con el que se movía la economía se vio rápidamente reflejada en la aceleración de las importaciones. Así, mientras en 2006 las importaciones mostraban tasas de crecimiento más moderadas (19 por ciento), normalizándose luego de la fuerte recuperación de los años inmediatamente posteriores a la crisis, en 2007 comienzan a acelerarse nuevamente, con un alza del 31 por ciento ese año y 28, en 2008. Los rubros que más traccionaron fueron combustibles y lubricantes, debido a que el crecimiento comenzó a dejar en evidencia la ausencia de inversiones relevantes en el sector; los bienes intermedios, a partir de la demanda de los distintos sectores de la industria y los vehículos automotores.Llegado 2009 y con la crisis internacional ya en curso, Argentina tuvo una merma en el nivel de actividad, lo que le dio cierto margen para retomar la senda expansiva en 2010. Es decir, la crisis global se presentó como una contracción oportuna de la demanda interna que ayudó a disimular los cuellos de botella existentes, en un contexto donde la utilización de la capacidad instalada ya se encontraba en niveles históricos.La última etapa se la puede ubicar en la actualidad. Cabe preguntarse si las condiciones de partida son las mismas o si nos encontramos ante un escenario diferente al que nos dejó 2010. Hasta aquí la economía fluyó, con una fórmula altamente efectiva aunque de corto plazo. Hoy, con políticas expansivas similares a las aplicadas en años anteriores e incluso más agresivas, se percibe un menor crecimiento, que estará en torno al 6,5 por ciento en 2011. Asimismo, el superávit comercial, hasta el momento fuente importante de reservas de la economía, comienza a enfrentar tensiones por la presión de las importaciones. Ello revela que la maximización del consumo no se está traduciendo de forma directa en una expansión real de la economía y que a futuro podrían sumarse nuevas restricciones. A partir del ciclo que viene será necesario, por lo tanto, que la demanda agregada incorpore una mayor participación de la inversión, para de esa forma empezar a resolver los problemas de capacidad instalada. También habrá que resignar las "tasas chinas" de crecimiento por un ritmo de expansión más moderado, pero que pueda ser sostenible en el tiempo.

