Temas del día:

Nosotros y la democracia

En El malestar de la democracia (Fondo de Cultura Económica, 2013), Carlo Galli acierta al decir que “no podemos esperar que las instituciones hagan el cambio que nosotros no les demandamos”. Rogelio Demarchi.

31 de marzo de 2013 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Nosotros y la democracia

La democracia está en crisis. No se trata de una crisis que afecta a un país en particular, sino a todo el mundo. No se trata, tampoco, de una rebelión ciudadana contra la democracia como idea fuerza, sino de un desencanto masivo frente a la "democracia real". En otras palabras, la democracia está en crisis porque los ciudadanos no nos comprometemos de verdad y activamente con ella. Con suma erudición y fino análisis, el italiano Carlo Galli describe las características del fenómeno en El malestar de la democracia (Fondo de Cultura Económica, 2013). Frente a la democracia que nos toca vivir, experimentamos un doble malestar: por un lado, rechazamos involucrarnos en la política; por otro lado, percibimos que las instituciones y quienes las dirigen no están a la altura de la promesa democrática (libertad, igualdad, inclusión, etcétera). En consecuencia, el malestar que experimentamos "es la insatisfacción que produce la democracia unida a la sospecha de que no existen alternativas, es una desorientación que corre el riesgo de convertirse en constante e insuperable, pero nunca en productiva". Sentir que la realidad no se puede cambiar –y exactamente por ello desentendernos del tema– nos hace olvidar que la democracia es lucha, que su promesa (lo demuestra la historia) se concreta si se lucha por los cambios que se consideran imprescindibles para transformar la sociedad y hacerla más democrática. Basta recordar las luchas de los trabajadores por el reconocimiento de sus derechos, de las mujeres por el voto y la igualdad, o de diferentes minorías. "Que estas luchas hayan sido necesarias significa que la democracia no es automática, sino que debe ser querida en la praxis", dice Galli; y algo más, que se desprende de esas luchas como enseñanza: que "una democracia nunca es plena, más bien se encuentra siempre en contradicción consigo misma", de modo que siempre estará atravesada por un cierto malestar. De modo que si la democracia se deteriora, o no nos da todo lo que creemos que merecemos, nosotros (no otros), que hemos decidido no hacer nada ni creer en nada porque queremos pensar que la realidad que nos envuelve es inmodificable, somos responsables del problema. Para Galli, ese es el motivo por el cual se expande el populismo en el mundo: "Revolución a baja potencia, más gritada que practicada, más melodramática que trágica, ineficaz e impotente, el populismo es la pasividad de las masas enmascarada de actividad y constituye una de las formas más notables del malestar de la democracia". Por si no queda claro: el desencantado, al renunciar a ser un activo ciudadano dispuesto a reclamarle más democracia a la democracia, hace posible que la democracia real se transforme en populismo, que genera mayores desencantos porque significa menos (y no más) democracia, ya que trastroca los valores y el sentido del sistema democrático. Toda acción por la democracia sólo puede iniciarse en la sociedad, como dice Galli, "donde se encuentra la política real", porque no podemos esperar que las instituciones hagan el cambio que nosotros no les demandamos.