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No es casualidad, pero tampoco es para tanto

Cada vez que algún ranking deja afuera a la mayoría de las universidades argentinas, es usual cuestionar los métodos de evaluación. Juan Carlos Carranza.

21 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
No es casualidad, pero tampoco es para tanto

Cada vez que algún ranking deja afuera a la mayoría de las universidades argentinas, es usual cuestionar los métodos de evaluación.

Particularmente, al ranking que elabora la Universidad de Jiaotong es criticado porque usa criterios que dejan afuera a instituciones que basan su modelo en la enseñanza más que en la investigación, y sobredimensiona el papel de las ciencias duras sobre las humanas y sociales.

También se cuestiona la neutralidad de la medición, a partir del interés de China de tener universidades de envergadura mundial. Sin embargo, este y otros ranking (como el que realiza el diario Time de Londres) son reconocidos mundialmente, se basan en parámetros objetivos y, en general, no son discutidos por las principales universidades del mundo.

La UBA se sigue sosteniendo entre las mejores 150 del mundo un tanto por la inercia impulsada por sus premios Nobel (Bernardo Houssay, Federico Leloir y César Milstein) y otro por su cantidad de investigadores, que triplica en número a las universidades que le siguen en importancia, las de Córdoba y de La Plata.

Argentina dejó de ser la meca de la educación superior en América latina. Brasil, Chile y México metieron universidades entre las mejores 500 del mundo. Las universidades brasileñas generan 10 veces más doctores que Argentina. Como atenuante, se podrá decir que hasta hace una década la Universidad de San Pablo tenía un presupuesto que equivalía a casi a todo el sistema universitario argentino.

También se argumenta que estas evaluaciones no miden el impacto social que tienen las universidades argentinas. Pero quienes siguen con atención estos ranking, son aquellos que buscan países que ofrezcan “materia gris” para realizar sus inversiones productivas.