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La memoria, entre la lucha y la convivencia

Francis Fukuyama, con la caída del Muro de Berlín, en 1989, pronosticó “el fin de la historia” y se equivocó. Rogelio Demarchi.

18 de noviembre de 2012 a las 12:03 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
La memoria, entre la lucha y la convivencia

Francis Fukuyama, con la caída del Muro de Berlín, en 1989, pronosticó "el fin de la historia" y se equivocó. Por el contrario, la historia hizo de esa fecha un punto de inflexión en el modo de pensar y escribir la historia del siglo 20. Habremos entrado, desde 1990, en un tiempo sin utopías, pero siguen registrándose múltiples cambios que marcan el sentido de la historia. Según el italiano Enzo Traverso, autor de La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX (FCE, 2012), por ejemplo, la debacle de las utopías trajo al primer plano a la memoria como noción que relegó a la de sociedad, que de alguna manera había concentrado el trabajo de los historiadores por más de 20 años. "La memoria, antes sólo tratada por algunos adeptos de la historia oral, adquirió de repente el estatus tanto de fuente como de objeto de investigación histórica, hasta convertirse en una suerte de etiqueta de moda, una palabra degradada, a menudo usada como sinónimo de historia". Al fin y al cabo, la memoria y la historia, aunque sean diferentes, buscan elaborar un pasado. "La memoria es un conjunto de recuerdos individuales y de representaciones colectivas del pasado. La historia, por su parte, es un discurso crítico sobre el pasado: una reconstrucción de los hechos y los acontecimientos pasados tendiente a su examen contextual y a su interpretación". ¿Por qué la memoria se ilumina con el eclipse de las utopías? Porque el siglo 20 ha sido "la era de la violencia, las guerras totales, los fascismos, los totalitarismos y los genocidios, pero también la era de las revoluciones que naufragaron y de las utopías que se desmoronaron". Hacer el duelo por ese pasado violento nos lleva a mirar hacia las víctimas. Por eso cada ciudad monumentaliza la memoria de las violencias vividas (aquí hubo un campo de concentración, un centro de tortura, un atentado), cada país extiende el brazo del Estado hasta alcanzar a los sobrevivientes y crea nuevas efemérides, establece indemnizaciones, inicia juicios. Y, paradójicamente, todo eso da lugar a una "guerra de memoria" que puede ser más o menos metafórica, más o menos literal (y, por tanto, cruenta). Del traumático hecho histórico, explica Traverso, se deriva "una política de representación, de educación y de conmemoración". Pero se puede dar el caso de que una memoria quiera borrar otra memoria: en una vasta región de Europa, por ejemplo, la memoria de la Shoá se enfrenta con la memoria de la lucha contra el totalitarismo, y no pueden o no saben convivir; en la ex-Yugoslavia, la guerra fue real y "fue un espejo bastante elocuente del cruce entre las memorias occidental y oriental de Europa". Vivimos un tiempo marcado tan profundamente por la obsesión de recordar que Paul Ricoeur escribió en La memoria, la historia, el olvido (FCE, 2004) sobre los abusos de la memoria. Por eso, parafraseando a Georges Clemenceau, deberíamos decir que la memoria es demasiado importante para que la dejemos en manos de los historiadores. Porque si nuestros recuerdos no pueden convivir, difícilmente podamos convivir entre nosotros.La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX (FCE, 2012), por Enzo Traverso.