A la distancia de un clic
Ante la mención de encuentros virtuales materializados en “algo más”, mi memoria trae dos anécdotas con final feliz. Gabriela Borioli.
Ante la mención de encuentros virtuales materializados en "algo más", mi memoria trae dos anécdotas con final feliz. Una amiga grandecita que encontró marido en los antiguos salones de msn (comprendo que lo de "final feliz" es discutible, pero es una manera de verlo y ella luce realmente contenta, vestida de blanco, en la que ahora es su foto de perfil). El otro episodio fue apenitas después del terremoto en Chile. V, racionó la batería, posteó desde el epicentro del miedo que estaban todos bien y quedó al servicio de la emergencia. Mis historias personales en cambio –aunque adoro chatear con amigos que viven lejos o se aburren en el trabajo– son poco rutilantes, quizás malogradas por una actitud paranoica. No me gusta que amigos de amigos de mis amigos (desconocidos) lean lo que pienso de tales y cuales cosas. Contrariamente a lo que doy en vivo, virtualmente soy una mujer reservada y me disgusta la incesante sumatoria de comentarios personalísimos e inconexos a los que ¡encima! pocos responden. Desconfío además, de la tecnología invasiva que contraría descaradamente las leyes de la naturaleza. "Si no estoy, no estoy" aseveraba, existencialista, en los '90 negándome al uso del contestador. La conectividad, cada salto digital, no me refutó pero me acorraló igual. Desde mi primer contestador hasta hoy, como una buena ciudadana del mundo, he ido acatando y haciendo mía cada herramienta y puedo entonces reconocer en las redes, que como todas, puede usarse para bien o mal, el vehículo, el continente para la emoción. Nunca el contenido.Podrán acusarme de retrógrada. Pero en lo personal, prefiero encariñarme analógicamente. Encontrarme en bares, conocer gente en fiestas, playas, o aeropuertos. Ver a los pibes, que deliberan horas on line sobre dónde encontrarse con el amigo que vive a dos cuadras, movilizados, caminando barrios, ocupando las esquinas.Y si de reencuentros se trata, salvando experiencias como Hijos del Corazón y organizaciones que utilizan redes sociales en búsquedas individuales que son retazos de heridas colectivas, prefiero creer en los designios de la suerte. No es bueno forzar ciertas cosas. Atacado ferozmente por la crisis de los '50, G. se decidió a buscar en Facebook, sin suerte, a su dulce, bella, y primera novia. Ella, alertada, ¿con suerte? lo encontró a él. La descripción desoladora de G., tras el vinito con una mujer 40 años y cinco talles mayor, desesperada, y desamparada del Photoshop, me devuelve a mis antiguas convicciones. Tal vez sea mejor dejar algunas piezas del pasado en su lugar ideal. Permitir que nos acompañen albergando la duda agridulce de lo que pudo ser.Si total a los cercanos, queridos o por querer, a los que elegimos y podemos conservar en nuestras vidas a fuerza de piel, constancia y voluntad, los tenemos acá. A veces un poco abandonados, ocupados que estamos chateando boberías con extraños, pero no perdidos. A lo sumo, por elecciones de vida, y acá sí gracias a la tecnología, a no más de dos clics de distancia.

