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Una historia política influyente, proyectiva y singular

Un protagonismo cordobés de profundas raíces históricas y culturales incidió en la compleja escena nacional con consecuencias no desdeñables. Horacio Crespo.

13 de marzo de 2011 a las 12:02 a. m.
Horacio Crespo (Docente universitario)
Una historia política influyente, proyectiva y singular

Un protagonismo cordobés de profundas raíces históricas y culturales incidió en la compleja escena nacional con consecuencias no desdeñables. Los episodios más estentóreos se han inscripto en el orden de lo político: el Cordobazo, en 1969, fue una buena muestra de ello. Otra sucesión de recorridos menos notorios y coyunturales marcaron un proceder diferencial de Córdoba respecto de procesos hegemónicos nacionales, del signo que fuesen.

En primer lugar, las especificidades de los comportamientos en los grandes nucleamientos políticos. La conflictividad del primer peronismo con sus representaciones en la provincia, el fenómeno insurgente que supuso el obregonismo en 1973 y las dificultades que el justicialismo experimenta desde hace más de 60 años para constituirse en una fuerza provincial mayoritaria como se concretó en parte considerable del país, pueden homologarse a la singularidad cordobesa del radicalismo, que alcanzó su expresión cabal con el sabattinismo, prolongada con Del Castillo, Illia y la autodenominada “isla” angelocista.

No resultan desdeñables en este catálogo de anomalías las incomodidades de Frondizi durante el auge desarrollista en sus discordancias con el gobernador Zanichelli, que terminaron con la enésima lamentable aplicación del eufemísticamente llamado remedio federal.

El viejo tronco del partido demócrata también expresó estas peculiaridades respecto de sus pares nacionales, con la reciedumbre liberal de algunas de sus personalidades, como José Aguirre Cámara, diferenciado en los ‘30 y ‘40 de la línea fascistoide y fraudulenta del conservadurismo bonaerense, y también del nacional. Cárcano, con su proyección de más de medio siglo, desde el juarismo liberal de los ‘80 al nacionalismo de sus últimos años, es otra muestra de las singularidades políticas de la provincia. Todas expresiones de una notable densidad de la historia política provincial.

El catolicismo de Córdoba, de añejo enraizamiento, que supo dar su tono específico a un sector de la vieja “aristocracia” local, con ambiciones ideológicas y políticas más amplias que el sólo ámbito provincial, ha sido un actor que ha influido de manera prolongada y exitosa en la orientación ideológica de importantes sectores del país, y ha actuado decididamente tanto en episodios torpemente reaccionarios –en 1955, por ejemplo– como en una evolución a posiciones de apertura política y social –tal el camino de la democracia cristiana– y de franca militancia revolucionaria, como los curas del Tercer Mundo en los ‘60 y ‘70.

No pueden ser omitidas las expresiones de un sindicalismo con características rebeldes y autonomistas, que culminaron en la emergencia de un movimiento obrero industrial, configurando el llamado clasismo, de fuerte repercusión nacional.

Este comportamiento de “singularidad” puede remontarse a los siglos coloniales, en la genealogía de un trazado desafiante a la hegemonía portuaria finalmente impuesta y aún vigente. El trascendental sentido del ordenamiento jesuítico –muy presente en la obra fundacional del deán Funes, sin olvidar su vinculación con Bolívar– liquidado finalmente por la “modernización” ilustrada y centralista de los Borbones; el federalismo propositivo y nacional de Bustos; la articulación política desafiante y malograda del “Manco” Paz frente al naciente rosismo, representando al empobrecido interior en una rebelión sin futuro contra la fuerza en ascenso del litoral, todo ello marcando una trayectoria histórica de alternativa.

El trágico destino de los Reynafé fue el epitafio simbólico de una Córdoba ya sin norte posible, hundida en la miseria material, moral e intelectual del aciago dominio del “Quebracho” López, simple eco del monopolio rosista del poder.

En la década de 1880 se pudo construir otro proyecto de posible impacto duradero para “otra” Argentina, lo que Ansaldi llama con acierto el modelo “fáustico” de “la generación cordobesa del ‘80” –el juarismo–, con bases distintas a las del modelo primario/exportador instalado por el roquismo. Después, la Reforma Universitaria, con sus ansias de profunda renovación intelectual y moral, marcó el renacimiento de Córdoba como actor fundamental de una soñada renovación argentina.

Tan rica historia debe leerse en sus significados profundos. Como expusimos aquí, el proceso nacional se ha visto enriquecido desde la diferencia creadora y no desde la uniformización repetitiva que ha conducido de una decepción a otra. Es tiempo de pensar nuevas contribuciones que den vida al anestesiado pacto federal y rompan con las retóricas facilistas y encubridoras. Un programa de trabajo a futuro.