Grecia: un año después, vuelve el fantasma
El ajuste fiscal en una economía donde los privados transitan un proceso de desendeudamiento desembocó en una caída de la actividad con un impacto directo más que proporcional en la recaudación. Federico Furiase.
Hace un año, la tragedia griega, gatillada por una trayectoria insostenible de las cuentas fiscales, fue apuntalada por la demorada creación del Fondo para la Estabilidad Financiera Europea (Fefe), conformado para ser prestamista de última instancia cuando el mercado se corrió. Esa institución se encargó de otorgar créditos de la Unión Europea y el Fondo Monetario por 110 mil millones de euros para financiar la transición griega. Pero, una vez más, el diablo se encontraba en la letra chica del contrato: las líneas tenían como condición la implementación de un sinuoso proceso de ajuste nominal con congelamiento de salarios públicos, freno de la inversión pública y suba de impuestos. El objetivo era implementar una contracción presupuestaria al extremo para promover la confianza de los mercados y volver a tener financiamiento voluntario a tasas razonables. Y era la propia caída en la tasa de interés la que iba a permitir financiar el gasto de consumo e inversión, algo que en el contexto global del Consenso de Washington de los 90 se llamó ajuste fiscal "expansivo". ¿Se dieron los resultados esperados? Nada más lejos. El ajuste fiscal en una economía donde los privados transitan un proceso de desendeudamiento desembocó en una caída de la actividad con un impacto directo más que proporcional en la recaudación. El déficit fiscal, que en 2010 fue mayor que el previsto (10,5 por ciento del Producto Bruto Interno -PBI), llevó a una suba de la deuda pública (145 por ciento del PBI). Con esta dinámica insostenible, los mercados aumentaron su desconfianza respecto de la deuda griega y la tasa de interés a dos años pasó de 7,5 por ciento en mayo de 2010 al 25 actual, complicando aún más la trayectoria fiscal.Detrás juega el ruido político desatado por el conflicto de intereses entre las tres partes en juego: el gobierno alemán de Angela Merkel, que se opone a la idea de girar nuevos fondos de sus contribuyentes para financiar el agujero griego y donde algunos funcionarios se acercan, off the récord, a una reestructuración de deuda para evitar pérdidas en los balances de los bancos alemanes; el Banco Central Europeo (BCE), que se opone firmemente a cualquier salida con reestructuración, argumentando que podría aumentar el riesgo sistémico del sistema financiero global y generar desconfianza en el euro; y los griegos, que quisieran seguir recibiendo la ayuda financiera de la UE y el FMI sin las condicionalidades de un mayor ajuste que agudice la tensión social y política.Mientras sigue el tire y afloje, el BCE sigue comprando deuda griega y el gobierno helénico se sigue financiando con la liquidez del Fefe. Y aún cuando el final no está escrito, claramente, el status quo no resuelve los problemas de competitividad y solvencia de Grecia sino que, por el contrario, conllevan a una caída estructural de la economía. Pero, a diferencia de la Argentina en 2001, la ubicación estratégica de Grecia y el efecto contagio que podría tener, lleva a pensar que los rumores de salida del euro y reestructuración, por ahora, son sólo amenazas. Cada vez que esto ocurre, el euro baja un escalón para luego recuperarse, en un marco donde la política monetaria europea arrancó, mientras la de Estados Unidos todavía no ve la inflación como un problema de largo plazo.

