El capitalismo es basura
Saquen un libro. Rogelio Demarchi.
El tema de la basura de los cordobeses ha vuelto al centro de la escena. Especialistas universitarios han señalado los dos puntos del ejido municipal en los que podría emplazarse el nuevo enterramiento. Ahora deben intervenir los poderes Ejecutivo y Legislativo junto a los técnicos que emprenderán una serie de análisis: ¿servirán esos terrenos?, ¿se podrán comprar o expropiar de inmediato?, ¿tendrá un tamaño apropiado para un funcionamiento de cuántos años? (¿y después qué? ¿Hay algún plan a futuro?), ¿se opondrán algunos vecinos que vivan en las cercanías? Preguntas que necesitan respuestas urgentes porque el nuevo predio debe estar funcionando en los primeros meses del año próximo. Cada vez somos más habitantes y cada vez producimos más basura y a nadie le gusta tener el basurero cerca. Pero en algún lado tiene que estar. Caso contrario, cada quien debería hacerse cargo de encontrarle una solución a la basura que genera. Annie Leonard, que ha estudiado el tema durante años y ha recorrido medio mundo buscando respuestas, ha llegado a la conclusión de que la basura es hija del consumo, que es hijo del crecimiento, que es hijo del capitalismo. En La historia de las cosas (FCE, 2010), rastrea de dónde vienen, y cómo se producen y se distribuyen todas las cosas que compramos, y también investiga adónde van a parar cuando las tiramos. Su objetivo no es señalar las malas conductas individuales, sino la disfuncionalidad del sistema en que vivimos. Un ejemplo cualquiera: ¿por qué los artículos electrónicos se rompen tan pronto y por qué es más barato reemplazarlos que repararlos? Porque la obsolescencia rápida se planifica (como parte de la estrategia industrial), ya que favorece el consumo. Y el consumo es importante porque impacta sobre el crecimiento. Si los objetos que tenemos nos duraran mucho tiempo, pasaríamos años sin comprar un sustituto. Si algo así sucediese –nos dicen–, caerían las ventas, aumentarían las cantidades almacenadas en los depósitos, se frenaría la producción, y finalmente se perderían puestos de trabajo. Lo más parecido al Apocalipsis es dejar de consumir. Pero cuando consumimos, no sólo aumentamos la producción de basura, sino que perdemos de vista lo importante: en todo el mundo, se gasta más en cosméticos que en el cuidado de la salud reproductiva; y las mujeres, que son las grandes consumidoras de cosméticos, gastan más en lápiz de labios que en cremas de limpieza facial. Traducido: en vez de gastar para estar (y sabernos) bien, gastamos para que nos vean (y sentirnos) bien.Uno de los tantos informes que analiza Leonard advierte que en la actualidad, a nivel mundial, la producción anual demanda un 40 por ciento más de los recursos naturales que la Tierra produce en ese mismo período, lo que quiere decir que una parte importante de la producción es posible gracias a las reservas naturales, que entonces van agotándose. Luego, si seguimos por este camino, llegará un momento en que sacaremos de la alcancía de la naturaleza el último resto.El problema es que para exigir cambiar el sistema necesitamos dejar de ser consumidores y volver a ser ciudadanos.

