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El accidente del inquisidor

Muerte del inquisidor (Tusquets, 2012), de Leonardo Sciascia, oscila entre el ensayo y la narrativa. Analiza un episodio histórico: la muerte del inquisidor Juan López de Cisneros a manos del fraile Diego La Matina. Rogelio Demarchi.

03 de junio de 2012 a las 12:03 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
El accidente del inquisidor

En abril de 1657, el fraile Diego La Matina usa los grillos que sujetaban sus manos para golpear hasta matarlo a Juan López de Cisneros, máximo inquisidor del reino de Sicilia, que por entonces dependía de la corona española.

El asesino tiene unos 35 años y es oriundo del pueblo siciliano de Racalmuto. Trescientos años después del nacimiento de La Matina, en Racalmuto nació Leonardo Sciascia (1921-1989), uno de los más grandes escritores italianos del siglo 20, que escribió su versión de la historia de aquel fraile en Muerte del inquisidor (Tusquets, 2012), acaso sintiendo que el hereje era uno de sus antepasados y que él mismo podía ser víctima de la nueva inquisición en cualquier momento, convencido como estaba de que “la Inquisición está lejos de haber dejado de existir en el mundo”.

El libro oscila, genéricamente hablando, entre el ensayo histórico y la narrativa para poner a prueba todas y cada una de las versiones que se han escrito y conservado sobre Diego La Matina, desde las crónicas de los historiadores hasta la novela que en forma de folletín publicó el Giornale di Sicilia, en 1923.

En su momento, el autor reconoció que Muerte del inquisidor “es el que más aprecio de todos mis escritos, el único que releo y sobre el que aún me devano los sesos”, ya que vivía esperando que se descubrieran nuevos documentos que lo llevaran a la confirmación de sus hipótesis.

Sciascia logró establecer, primero, que La Matina fue arrestado y procesado por la Inquisición varias veces, en las que logra zafarse de la hoguera porque abjura una y otra vez, de lo que cabe deducir que “la herejía de fray Diego era más social que teológica, basada en proposiciones evangélicas cuya exégesis en aquel entonces debía parecer peligrosa y subversiva, pero difícil de combatir y condenar”.

Y segundo, que no era un ignorante, “puesto que disputaba con los primeros teólogos de Palermo; durante meses, durante años, a las buenas y a las malas, rechazó su persuasión y respondió con razones a las argumentaciones de aquéllos”.

No deja de ser curioso, además, que el último proceso que enfrentó combinara su famosa y nunca aclarada herejía con el cargo de asesinato de López de Cisneros; crimen, por cierto, que ha sido relatado de maneras muy distintas.

Según una fuente, el ilustrísimo señor inquisidor visitaba a los prisioneros y el fraile, “con espíritu verdaderamente diabólico y rompiendo los grilletes que llevaba en las muñecas”, lo golpeó hasta matarlo; según otra fuente, el inquisidor llevaba a cabo su “obra en favor de los reos”, y en esa labor “llevaron a fray Diego” ante él.

Sciascia tacha por idílica a la primera y lee entrelíneas la segunda para concluir que se trata de un “accidente de trabajo”: el fraile, a punto de ser torturado una vez más, se abalanzó contra el jefe de los torturadores.

Como en toda la historia de la Inquisición sólo se registra otro caso semejante, la muerte de López de Cisneros tiene su importancia. La Matina fue quemado en la hoguera en marzo de 1658.

Muerte del inquisidor (Tusquets, 2012), de Leonardo Sciascia, oscila entre el ensayo y la narrativa. Analiza un episodio histórico: la muerte del inquisidor Juan López de Cisneros a manos del fraile Diego La Matina.