Temas del día:

Lado B: Sistema de castas

Una curiosa manera de organizar a famosos y al público en la inauguración de un boliche y otras rarezas nocturnas.

09 de enero de 2016 a las 02:00 p. m.
Lado B: Sistema de castas
La inauguración de Zebra

Fernando Dente me sigue en Twitter desde mi columna anterior, pero existe un episodio más urgente para analizar: la apertura de Zebra Club.

Fui el primer acreditado en llegar. Afortunadamente, cargaba conmigo un libro de Boris Groys: Volverse público, las transformaciones del arte en el ágora contemporánea. Ojalá los famosos lo leyeran, porque Boris Groys piensa el arte como la gestión de uno mismo y arroja ideas valiosas: "Para un debate político, cada persona debe establecer previamente su propia imagen en el contexto de los medios de comunicación".

Una llovizna persistente angustiaba la noche. En mi billetera siempre guardo un blíster de Rivotril, así que mientras esperaba a los elencos, me tomé un cuartito.

Noté a una mujer moviéndose nerviosamente por las instalaciones. Tenía pelo corto, era bajita como los techos del boliche y la llamaban Glen. Su porte elegante y espasmódico me recordó a Edna, la modista de Los Increíbles. Glen impartía órdenes a mozos, barmans, patovicas y a unas bailarinas semidesnudas disfrazadas de ángeles. Cuando llegaban packs de celebridades, oficiaba de anfitriona y las escoltaba hasta unas mesas dispuestas en un pequeño quincho.

Lo que más me aterró del evento fue su sistema de castas; protocolo regido por una disciplina marcial que estructuraba tres niveles de humanidad.

El primero se conformaba por famosos, dividiéndose a su vez en dos categorías: la categoría A, con figuras como Flor de la V, Lizy Tagliani, Osvaldo Laport, Pablo Rago o Iliana Calabró; y la categoría B, ocupada por Jorgito Moliniers, La Niña Loly, Celeste Muriega, Miriam Lanzoni o Lizardo Ponce.

Al segundo nivel le daban relieve los periodistas, también jerarquizados. Noteros como Pablo Layus o Sebastián Tampone tenían libertad de acceso a cada sector, pero quien aquí escribe sólo podía moverse por el patio y comer las tostadas con paté del servicio de catering.

El tercer nivel correspondía a los que pagaron su entrada. Eran los más numerosos y disponían de la mitad del boliche. Porque cada espacio se definía según las castas y era imposible que un patovica habilite el ingreso de una casta menor hacia el hábitat de una casta mayor.

Me tomé otro cuartito de Rivotril y salté un vallado. Casi caigo encima de Fredy Villareal, pero nadie percató el incidente. Ya en el VIP, empecé a observar el entorno: no pasaba gran cosa, apenas se generaban revuelos con la aparición de alguna figura. Glen comprimía a los elencos y se ofrecía a solucionar cualquier inconveniente. En determinado momento llegó una rubia que succionó toda la atención. No sé si era Ailén Bechara o Candelaria Ruggeri; jamás logro distinguirlas.

Antes de sufrir un colapso por tedio, Glen arrió a los artistas para subir a un escenario, donde Fernando Bertona bailaría. El quincho quedó vacío y aproveché para hundirme en un sillón y tomarme el Campari que había dejado por la mitad Noelia Pompa. La agorafobia amagaba con diluirse hasta que irrumpió otra vez Glen con Fátima Flórez, explicándole que no la esperaba tan tarde, pero que aun así iban a reactivar la cocina.

Fátima se sentó a mi lado. Lucía amable, relajada y divertida. Considerando que es una imitadora, quise preguntarle qué opinaba sobre Erving Goffman. Como si me hubiese leído el pensamiento, Fátima enterneció su mirada, me dedicó una ensanchada sonrisa de labios y me pidió que me levantara para darle lugar a un movilero de América.

La apertura de Zebra jamás hubiese sido tan traumática con la presencia de Fernando Dente. Desde esta página te mando un cordial saludo, estimado seguidor de Twitter.