El lado B de Carlos Paz: metafísica de la taquilla
Una nueva entrega de la columna Temporada en el infierno que versa sobre las polémicas mediáticas y su repercusión en las boleterías, una teoría que jamás podrá probarse.
Cada verano uno intenta descifrar si la exposición mediática es una variable dentro del éxito teatral, pero el enigma se nos escapa y queda intacto hasta la próxima temporada.
Este oscurantismo se debe al vicio de forzar la ecuación para que el resultado sea exclusivamente económico, descartando otros factores como la envidia, la venganza, la vanidad, la estupidez o el puro azar.
El expediente de Flavio Mendoza sirve para desmitificar la relación bilateral entre escándalo y taquilla; el empresario de las aguas danzantes demostró durante toda su carrera el mismo exitismo desquiciado, desde aquél 2012 glorioso en el que Stravaganza se consagró como una versión argenta del Cirque Du Soleil hasta este 2015 triste y confabulador.
Si recuperar la inversión es una inquietud del productor, desatar el escándalo es un instinto del mediático, generalmente movilizado por un narcisismo hipertrófico. La intersección de ambas facetas crea seres extravagantes tironeados por una planilla de Excel y un ego insaciable.
Es raro que la taquilla se defina en el transcurso del verano, así como una pelota no reformula su trayectoria una vez pateado el penal.
El éxito siempre depende de la cosecha mediática previa y del eco publicitario de la obra. La dupla de productores conformada por Federico Hoppe y Pablo “Chato” Prada instauraron para sus compañías teatrales una política anti–escándalo, conscientes de que Peter Alfonso, Lizy Tagliani, Luciana Salazar, Anita Martínez y el Bicho Gómez eran nombres que durante todo el año habían copado las pantallas.
Rivalidades
La contracara de esta confianza se pudo apreciar en Los Bañeros se divierten, con un Mariano Iúdica tomando de rehén a los movileros para promocionar una comedia musical que sería "Disney más Broadway con una inversión millonaria y un talento teatral superior al de Sir Ian McKellen".
Además de esta rimbombancia, Iúdica enfrentó a dos rivales en potencia: Casa fantasma y Stravaganza. Estados del tiempo. La indiferencia del primer elenco se compensó con la irritabilidad de Flavio Mendoza.
Nunca sabremos realmente si gracias a este conflicto aumentó la venta de entradas para Los Bañeros se divierten. Eliseo Verón, analizando el discurso político, reparó que la propia enunciación se legitima en la medida en que se descalifique la enunciación del adversario. Quizás esta pelea no haya fortalecido la taquilla de Iúdica, pero sí perjudicado la de Flavio Mendoza.
Tampoco olvidemos que hay un ente regulador en este circuito de escándalos, y se trata de los mismos medios de comunicación que le dan visibilidad.
Los programas de chimentos establecen una línea editorial a través del rating y recortan información. Una pelea podrá insinuar la mafia de las boleterías, pero si esta narrativa no mide, será reemplazada por otra con nuevos personajes que quizá no dependan de la recaudación para salvar una hipoteca.
O viceversa: los programas pueden ir en busca de peleas que articulen relatos picantes, pero en esta dinámica también tendrán autoridad los mediáticos, capitalizando o no aquello que proponga el instigador. Un ejemplo: esa lucha en el barro que prometían Lizy Tagliani con Flor de la V (o que al menos se fogoneó desde las pantallas de la tevé) decidió interrumpirse luego de la tragedia de Pablo Goycochea, haciendo que su mujer prefiera el ostracismo.
Hasta ahora no existe ninguna teoría de marketing que correlacione el éxito teatral con la sobredosis mediática. Pasarán los veranos y a uno sólo le quedará cuestionarse por qué el público gasta su dinero de modos tan misteriosos.

