Un punto de vista sobre el humor de "Periodismo para todos": ¿Cuál es la gracia?
Últimamente, algo falla entre Lanata y el humor. Quizá porque él mismo se volvió un personaje mediático y se creyó obligado a ponerse gracioso.
Con un portazo público y notorio, Oriana (Oggi) Junco, quien hasta el domingo pasado imitaba al ministro Jorge Capitanich en el programa Periodismo para Todos (PPT), ventiló sus diferencias con la producción, dijo no sentirse cuidada ni valorada como artista y abandonó el ciclo vía Twitter, elevando su "renuncia indeclinable". ¡Eso sí que es asumir el personaje!
Jorge Lanata acusó una baja en su gabinete, pero no será tan gravoso el déficit en comicidad. La imitación de Junco habrá sido rupturista, osada, bizarra y hasta oportuna, pero ganó más por la avenida de la polémica que por la senda del humor. Que la Legislatura chaqueña repudiara su performance artística y la ubicara entre "los temerarios avances del pseudoperiodismo descalificador contra las instituciones de la democracia" fue un desatino que rechazó hasta el propio funcionario nacional, pero eso no transformó en gracioso al personaje.
El mayor reproche para esta parodia, en todo caso, eran sus guiones pedagógicos y previsibles y una promesa de humor inteligente agotada en la mera caricatura. Reproche, a su vez, que bien podría trasladarse a otros personajes poco logrados del programa PPT (Aníbal Fernández, Macri o Timerpunk, más parecido a Chiche Gelblung que al canciller), con los que cuesta soltar una risa.
El humor puede ser un gran vehículo para plantear ideas. Un vehículo rápido y efectivo, sensible y ultraceloso si el que pisa el acelerador es una persona lúcida que tiene claro lo que pretende. Lanata cabe perfectamente en esta definición. Es, quién puede dudarlo, uno de los profesionales que más ha influido en el modo de hacer periodismo en Argentina en los últimos 30 años. Cuando fundó Página 12, a los 26 años, se valió del humor y la ironía para mostrar y cuestionar la realidad con fotomontajes y títulos que comunicaban mejor que cualquier editorial. Cuánta estructura sacudió ese tabloide que inauguraba el día con una mirada mordaz pero que, páginas adentro, además de ingenio, construía periodismo a base de fuentes, datos y documentos, con opinión y buenas plumas.
Esos años de Jorge Lanata en Página 12 (que el Gobierno trató burdamente de borrar de la biografía cuando celebró los 25 años del diario) cultivaban un humor al servicio de desdramatizar, y a la vez de apelar y provocar la actitud crítica. El aperitivo de un bocado bien servido en términos de información.
Últimamente, algo falla entre Lanata y el humor. Quizá porque él mismo se volvió un personaje mediático y se creyó obligado a ponerse gracioso. Es como si le hubiera agregado una cláusula de comicidad a su contrato con el público, que lo sigue y le da rating porque le reconoce su actitud desafiante, su talento periodístico para bajar a tierra temas áridos, su astucia para evidenciar las contradicciones del Gobierno y para vaciar de contenido un relato oficial que, hasta PPT, parecía cosa blindada.
Menos original que en la gráfica, Lanata también sacudió algunos códigos formales de la tevé cuando desembarcó fumando a cuatro manos en la pantalla de Día D. Y aunque siempre coqueteó con el humor (hizo una temporada en el teatro Maipo), fue en PPT cuando le abrió las puertas de par en par. Si el chiste consigue tensar la cuerda justa para activar en el espectador ese "Principio del Placer" del que hablaba Freud hace 100 años, eso está en duda.
"El humor es cosa seria", dicen que decía Groucho Marx. Hay que ser un verdadero capocómico para lanzar al aire un rosario de insultos y lograr que otro se ría frente a la pantalla. Hace falta sintonía fina para matizar con humoradas la corrupción y la denuncia, y que todo luzca efectivo y en alta definición. A veces sale, muchas veces no. Que monologue los domingos no lo convierte en el nuevo Tato Bores. Sobre todo si cuando se sale del libreto choca contra imágenes poco felices.
El último derrape ocurrió el domingo en la fiesta de los Martín Fierro, después de anunciar que si premiaban a sus contrincantes de 6,7,8, él se prendería fuego. Si la promesa ya era desafortunada, fue un gesto de mal gusto que subiera al escenario con el bidón de nafta en la mano, para agradecerle a Aptra por no haber tenido que usarlo.
Aunque sus imitadores le hagan la corte, es muy difícil encontrar allí algo parecido al humor. El bidón de nafta, ese que connotaba la inmolación a lo bonzo, es hoy el doloroso símbolo del femicidio. Lanata es un hombre informado pero perdió de vista que rociar a una mujer con combustible y tirarle un fósforo prendido es el modo tremendo que ha adquirido últimamente la violencia de género. Y eso no tiene nada de gracioso.