Réquiem por un sueño: por qué la violencia simbólica es el combustible de "ShowMatch"
La violencia simbólica es el combustible de ShowMatch. Su rating lo perpetúa año tras año.
Nunca se presenció en la televisión argentina semejante esquizofrenia compuesta por dos fuerzas de choque: por un lado, la instalación de un discurso políticamente correcto que repudia la violencia; por otro, la violencia constitutiva de todo reality show.
A esta violencia hay que entenderla como la confrontación básica que pide cualquier narrativa, porque sin conflicto no existe el drama, es ley para los guionistas. Ahora bien, la gracia de los realities es que ficción y realidad se confundan para potenciar la experiencia del espectador, para sumergirlo en la lógica de una dramaturgia espontánea.
Ejemplos frescos: Intratables, Gran Hermano y Dueños de la Cocina. Mientras Santiago Del Moro implora por una Argentina unida y en paz, su panel está compuesto por íconos partidarios que jamás estarán de acuerdo, como si representasen un parlamento en miniatura.
Gran Hermano es aún más gráfico: Rial le pide a los hermanitos que jueguen fuerte, pero al mismo tiempo alerta sobre cierto excedente de agresión. En la última gala, mientras Dante buscaba el colapso psicológico de Macarena, Macarena contraatacaba ostentando victimización por su condición femenina. Difícilmente el programa absorba interés sin estos enroques sádicos, que Rial estimula y previene al mismo tiempo.
El sociólogo Gregory Bateson acuñó el concepto double bind, o doble vínculo, que describe perfecto esta esquizofrenia. Se trata de enunciados de raíz contradictoria, como “sé libre” o “sé espontáneo”, en donde al ser libre o espontáneo, uno deja de serlo por el mismo mandato. Una frase que usamos con frecuencia da cuenta de esto: “no me hagás caso”. Son enunciados que nos ponen en una encrucijada, que deberíamos obedecer pero si lo hacemos desobedecemos.
En los reality shows, la regla implícita es que los participantes se peleen, que compitan a todo o nada, pero el discurso políticamente correcto que flota en la trama social, y que los mismos conductores pregonan, es eludir la violencia.
Quienes integren desde cualquier área estos programas, sufrirán el absurdo del doble vínculo. Se sabe que la violencia física es un límite, pero hoy el campo de batalla se amplía sobre una violencia simbólica de límites difusos que hace peligrar el motor televisivo.
ShowMatch es un caso clínico por excelencia: su pista se alumbra de grotesco y la conducción de Tinelli se aferra siempre al cancherismo, a ponerse por encima del participante y sobrarlo. La violencia simbólica es el combustible de ShowMatch; sin ella, el programa sería una puesta en abismo.
Resulta interesante observar cómo a lo largo de las temporadas se fueron anulando determinadas prácticas que derrapaban sobre la sensibilidad social, como la ingesta de panchos y alfajores, los cortes de polleras, el baile del caño, la explotación de niños, enanos, discapacitados, y recientemente la exclusión del Oso Arturo en su versión hardrock.
Sin embargo, eso que los portales webs titulan “cruce picante”, permanece con obligatoriedad. Son enfrentamientos verbales siniestros, descalificaciones, polarizaciones y declaraciones de guerra. La sola idea de que coparticipen Barbie Vélez y Fede Bal, aún sin tenerlos juntos en el estudio, es de una densidad insoportable.
Lo más curioso es que esta esquizofrenia no se evidencia sólo en el participante, jurado y conductor: también atraviesa al mismo televidente, que reconoce estar ante una porquería pero no puede dejar de mirarla, víctima de un conjuro inexplicable. Queda instalado en el inconsciente colectivo que ShowMatch es tóxico, pero su rating lo perpetúa año tras año.
Quizás porque la violencia en todos sus estratos sea imposible de extirpar, quizás porque ese “chau, chau, chau, chaúuu” marque el fin de un ritual que debe reanudarse lo antes posible.
Algo así como un mal necesario.