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Punto de vista: Moria y el vodevil kafkiano

La mezcla de lucidez y rock & roll en la vida de Moria Casán durante los últimos días deberían ubicarla al lado de leyendas como Mick Jagger.

27 de diciembre de 2015 a las 01:20 p. m.
Punto de vista: Moria y el vodevil kafkiano
Moria Casán ya está de regreso en el país, tras varios días detenida en Paraguay.

Drogadicta. Adjetivo estigmatizante, innecesario. Aquí yace la victoria de la justicia paraguaya, o su condena ejemplar, o su compensación mediática, o su negligencia. A esta altura, nadie discierne cuál es la causa y cuál la consecuencia.

Por el momento, Moria Casán no es culpable de nada, ni de robarse una joya ni de traficar cocaína. Sí permanecerá envuelta por años en una claustrofobia judicial, dilapidando cientos de dólares, rodeada de personajes ambiguos, desde el joyero Armando Benítez hasta la jueza Dina Marchuk.

La verdad será siempre inaccesible y sólo podremos especular sobre este vodevil kafkiano tomando a Moria como el epicentro de un terremoto espectacular. Moria nos entrega sentidos adorables y confusos, como espejos enfrentados. Porque pretender robarse una joya es descabellado y presentarse ante la justicia con 1.6 gramos de cocaína, de una torpeza inadmisible. Hasta aquí, el guion es absurdo.

Cuando se publica la pericia psiquiátrica del Dr. Cuéllar Hoppe, la situación se tiñe de atrocidad. Ahora Moria aspira cocaína desde los 20 años, fuma cannabis desde los 30 y cada tanto se pega un viajecito con éxtasis. Para equilibrar esta montaña rusa, toma clonazepam y zolpidem en dosis curiosamente homeopáticas.

Una rockstar

Si con 69 años Moria conserva semejante lucidez y vitalidad llevando encima tanto rock & roll, debería entrar en el podio de las grandes leyendas como Mick Jagger.

Pero hay otro detalle: el examen de orín que le hicieron en el penitencial dio negativo. Resta esperar el examen de sangre y ADN capilar. En caso de que también den negativos, estaríamos ante una performance maestra, la vida hecha teatro de la crueldad.

La poética de Moria no es algo para tomarse a la ligera; incorpora el show de su fama para una sublimación metafísica. En ella no hay diva, mujer, madre, abuela o transgresora separadas; cada faceta se funde en un único artefacto mediático. Sin contradicción.

En MeMoria, autobiografía publicada en el 2012, comenta que en el ambiente “la cocaína funcionaba como interruptor (...) Era de la buena, y si no estaba eso ni la botella de whisky, no arrancaba nadie”. Y confiesa fumar marihuana, algo que, dejemos por favor el recato de lado, varios probaron y seguirán probando hasta yacer bajo tierra. Exceptuando el cannabis, Moria jura no consumir otra droga, y con su sarcasmo habitual, remata: “Nunca fui una adicta. Mi droga soy yo misma”.

Claro que no hay autobiografía ingenua y los relatos se construyen para dejar un legado oportuno. Igual, concedamos el beneficio de la duda.

Seres queridos

Cuando se revela que Moria es cocainómana, indirectamente se esparce una bola de smog que chupa a sus seres queridos: Sofía Gala, por quien Moria luchó para alejarla de una adicción declarada. También se enturbia a su nieta Helenita, estímulo noble que incitó a la diva para que comparezca ante la justicia con tal de llevarla a Disney.

He allí la supremacía del sadismo, porque aunque Moria posea control de sí misma, testimoniar el dolor de sus allegados será siempre incómodo, como esas represalias de la mafia, que en lugar de dañar a la víctima prefieren dañar lo que ésta considere preciado.

Rodrigo Cañete en su blog hizo un análisis fallido del caso, sentenciando el modelo de producción cultural porque “mantener ese nivel de exposición pública requiere medicación o, mejor dicho, drogadicción”. Cañete considera que Moria, al no preguntarse los “para qué” de las cosas, es inmadura.

Esta ecuación, sin embargo, puede resolverse de manera sencilla: no importa qué consume Moria. Tampoco qué estrategia pergeñaron sus abogados ante la justicia. Basta contemplar su altivez ante las adversidades para detectar que hay allí algo superior a una mediática. Basta observar la humildad con la que se dirigió a la jueza para descubrir que hay allí una inteligencia pragmática y demoledora.

La única prisión de Moria es la representación que decide hacer de sí misma, habilidad para fagocitar el vértigo del espectáculo y transformarlo en energía. Moria es inmoral en un sentido radical porque su ego jamás la inmoviliza. Volvamos a la autobiografía: “Qué loca estoy si creo que me necesitan. Mi pensamiento recurrente es: ¿me recordarán con alegría?”.

No sólo te recordaremos con alegría, Moria, te recordaremos como la mujer que descifró el enigma de la sociedad del espectáculo.

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