Nueva entrega de la columna Lado B: Obaca y la política de la imaginación
Omar Obaca es el protagonista de una campaña presidencial de ficción. Sus “spots” trascienden lo político y se convierten en un arte performático demoledor.
Quemar la Casa Rosada para cobrar un seguro de 100 mil millones de dólares y repartirlo entre todos. Ponerle fecha de vencimiento a la libreta de casamiento. Darles a los jóvenes una asignación por padre. Privatizar la radio para que se hagan mejores programas. Jugar a la quiniela automáticamente con el número de DNI. Crear un impuesto al soltero destinado a cirugías estéticas para las mujeres. Uniformar a los civiles como policías para reducir la inseguridad. Transmitir pornografía durante las madrugadas de la TV Pública. Repatriar por ley a los ídolos del fútbol. Entregarles videojuegos a los menores de edad. Barrer la corrupción suprimiendo a la clase política. Mejorar la educación creando una escala evaluativa del 9 al 10. Agrandar la Plaza de Mayo para que las protestas sean multitudinarias. Pagar la deuda externa con golosinas. Imprimir billetes de 100 pesos fraccionables en 4 de 25. Asfaltar el riachuelo. Crear playas nudistas. Regalarle San Luis a Suiza. Establecer una hora diaria de anarquía. Que el aguinaldo sea mensual.
Estas propuestas forman parte de la campaña presidencial de Omar Obaca, un candidato que sube sus spots al sitio web http://www.fwtv.tv/obaca. Hay un detalle crucial: Obaca es negro y acompaña su candidatura con la siguiente muletilla: “Hacé historia. Votá al primer presidente negro de la Argentina”.
El humor capusotteano, ácido, irresponsable, agudo y calculado es innegable, pero algo silencioso y siniestro ensombrece esta parodia política: el pacto ambiguo que dificulta separar una ficción delirante de la realidad grotesca. El Negro Obaca es un personaje creado para la web, por supuesto, pero podría existir, podría ser un invitado más dentro de ese Senado circense que es Intratables.
En cada video, Obaca expone sus ideas imperturbable y feliz. Su retórica es discretamente cínica, de una argumentación vaga y tautológica; toda propuesta se sostiene porque es en sí misma una buena propuesta. Obaca termina siendo un sofista que nos distrae con su imaginación, crea en simultáneo el problema y la solución. Sus remates son contundentes: “Votame, no seas boludo”.
Un capital para captar votos es ser negro. Obaca adopta esta propiedad como una ventaja, jamás se avergüenza de su color de piel y recurre a chistes de palabras como cuarto oscuro, blanqueo de ingresos o futuro negro. Debajo de esta cáscara lingüística no hay otra cosa, todo se reduce a inventar panaceas bajo una lógica verbal mágica, que parecería sacada de una novela de Lewis Carroll.
Nunca se hace mención del partido político, éste apenas queda sugerido en un pin animado en el margen de la pantalla que dice “p J”. Obaca también se atreve a fusionar la Bandera Argentina con la estadounidense y levantar no los dos dedos peronistas, sino tres dedos que formarían la W de winner.
No hay fisuras en el planteo estético de Obaca: el sistema semiótico de su candidatura es riguroso. Claro que el proyecto político está ausente, pero eso tampoco hace ruido; de Obaca nos basta su carisma. La imagen exótica prima sobre el plan de gobierno, como si debiésemos votar un ingenio de superficie y prescindir de un proyecto a largo plazo.
Esta campaña trasciende lo humorístico para convertirse en un arte performático demoledor. El guion combina una lectura simplista de El Príncipe, de Maquiavelo, junto a la rimbombancia del show business.
La campaña de Obaca es un despliegue ultramediático. Más que representar a la comunidad, el candidato se representa a sí mismo, se individualiza al extremo imponiendo el voto por seducción, trastocando los límites de lo público y lo privado y ubicando su capacidad de gestión en algún lugar lejano e indescifrable.