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Miradas opuestas a "¿Quién quiere casarse con mi hijo?"

Dos opiniones sobre el nuevo programa que conduce Catherine Fulop.

12 de agosto de 2012 a las 12:06 a. m.
Miradas opuestas a "¿Quién quiere casarse con mi hijo?"
En '¿Quién quiere casarse con mi hijo?', Catherine Fulop busca la novia ideal para el hijo perfecto.

En contra: Instrucciones para dar el NoPor Cristina Aizpeolea

No basta con la simpatía y la complicidad de Catherine Fulop. No alcanza su buena onda y su eterna alegría venezolana para hacer digerible el nuevo programa casamentero de la pantalla argentina.

Si algo interesante tienen los realities que inundan la pantalla (con temáticas que van desde la fama fácil hasta a la cárcel) es que invitan al espectador a imaginarse en situaciones imposibles, a espiar en las vidas ajenas, a palpitar en los nervios de los otros. Pero en el caso de Quién quiere casarse con mi hijo, cualquier ejercicio resulta frustrante, porque ni siquiera desde el absurdo es capaz de entretener este concurso que busca la novia ideal para el hijo perfecto.

El problema no es la mirada siempre sesgada de la suegra, figura central en esta trama. Ni siquiera el concepto de esta feria de vanidades, que desde una mirada de género resultaría inaceptable. Lo insalvable está en el tono de caricatura que le imprimen todos los participantes porque, de ser impostado resulta una estafa. Y de ser cierto, enoja.

"Soy Patricio, tengo 31 años, tengo dos trabajos. De día soy diseñador grafico, por las noches soy striper", se presenta el candidato, pelo largo, adolescente eterno. A su lado, la madre complementa: "Cuando él me contó que iba a ser striper lo hizo con mucho cuidado, porque sabia que yo no compartía esa idea. Si bien nosotros andamos en pelotas (sic) por casa, no me pareció..."

Aunque se han esmerado en un casting variopinto, así desafinan todas las duplas que buscan novia para el "bebé". También está Nacho, un rocker de 25 años al que le dicen Cobra, y su madre María Teresa, una rubia que llora a cámara cuando su hijo canta y toca la guitarra...

Está claro que los realities son un juego. Pero la primera regla es entretener. Y la segunda, convencer. O al menos conmover. Pero aquí nadie leyó las instrucciones.

A favor: Un producto efectivoPor Daniel Santos

Lo que pasa con los realities, desde que nacieron y en todos los formatos conocidos, es que creerles como si ofrecieran una porción de la vida real –como venden– es una ingenuidad. Versiones sobre cuánto digitado, cuánto ficcionado, cuánto incentivado hay en cada producto hay miles, ninguna confirmación fehaciente.

¿Quién quiere casarse con mi hijo? entra en la misma lógica zoológica, y hay que plantarse en ese lado para poder disfrutarlo. El programa está armado, muy bien, es prolijo, para mostrar pocas causas y muchas consecuencias. Buena parte de los televidentes reaccionan a esos impulsos dando, por ejemplo, una altísima cifra de rating. Por momentos se parece a una especie de sitcom, con la diferencia de que sus participantes más que casarse y encontrar su alma gemela parecen buscar la fama que les sirve en bandeja la pantalla chica.

Allá van los candidatos a la boda y al arroz; por ahí las futuras suegras, con sus perfiles muy definidos (como de un culebrón hecho y derecho, ya que nadie en el mundo real es tan así), y todo con súper edición. Catherine Fulop está allí, casi parte de un decorado, a lo mejor a propósito luce distante.

Es posible, sin dudas, disfrutar de lo que se ve. Es mucho más difícil creerlo, punto clave para pararse a mirar y discutir. Hoy, eso pasa hasta en los informativos, en las ficciones, en los programas juveniles y en los deportivos, así que ponerse juiciosos por ese lado sería exagerado. Con todos esos peros, el resultado es igual muy entretenido. Habrá que ver si la propuesta sigue seduciendo a los televidentes con el correr de las semanas o se agotará en esa carcaza claramente artificial.

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