Miradas opuestas a “Caín y Abel”
Dos opiniones diferentes sobre la nueva tira, que va por la pantalla de Teleocho.
La ley primeraJuliana RodríguezEl argumento fácil, el primero, para defender a Caín y Abel podría ser: "En este desierto seco de la TV, plagado de seudorrealities y mediáticos, cualquier ficción de mediana factura es un oasis en el prime time argentino". Pero con esa idea podríamos defender cualquier culebrón sólo en virtud de su género. La nueva ficción tiene el esqueleto de las últimas producciones emitidas por Telefé: una trama con raíces en una narración clásica (como Montecristo), anclaje en la vida real (Botineras y Vidas robadas) y un par de secretos que se huelen siniestros (Resistiré). Pero también tiene carne que le da vida a esa estructura: un guión que se toma su tiempo para desarrollarse aunque el rating apremie, un buen planteo de las escenas dramáticas (aunque no vendría mal un poco de humor), y una buena factura de exteriores e interiores. Y actores, claro. Fabián Vena siempre rinde como mosquito muerto, Federico D'ellia encuentra la medida justa como ese villano de peinado de iglesia, Luis Machín que siempre parece saber exactamente lo que hace.En los protagónicos, Vanesa González no será tan carismática como otras, pero ya pasó la prueba de los personajes teen y ahora actúa y bien (cosa que no siempre logran las actrices protagónicas de otras ficciones). Y si ninguno de estos argumentos es lo suficientemente convincente, la última carta bajo la manga: Joaquín Furriel. Quizá no sea el mejor actor de la TV actual, pero si un par de siluetas son suficiente motivo para ver ShowMatch, por qué no asumir que esa cara de galán melancólico también es un oasis en el prime time de la TV que supimos conseguir. Esperemos que no sea apenas un espejismo.
Una serie para no parar de sufrirDaniel SantosAlguien tiene que parar la pelota. La ficción argentina es buena, pero parece que ya nadie se atreve a sorprender y suele caer en lugares comunes: creen que todo tiene que ser costumbrista y jetón como Son amores (y un larguísimo etcétera) o rebuscado y oscuro como Montecristo. Caín y Abel puede sufrir a ShowMatch en su mejor año, pero sufre más por propia impotencia que por ser devorado por los de afuera. La serie tiene una semana en pantalla, una gran factura técnica, algunos aciertos actorales y de guión, pero es abrumadoramente angustiante, un poco acartonada, demasiado asfixiante.Y no es Montecristo, y sufre el mal de ausencias: para competir a lo grande le hacía falta un galán hecho y derecho (Arana, Echarri), una heroína con carisma (Natalia Oreiro, Araceli González) y una historia un poco menos intensa y que requiera menos esfuerzo emocional del televidente.No es nivelar hacia abajo, ojo, sino jugar con el horario y con la gente que a esa hora necesita un poco de relax, o alternar comedia con drama, realidad con magia. A Caín y Abel le falta alternar climas diferentes para llevar y traer al espectador por todos los estados del alma. En un horario central donde ya hay una tira diaria repleta de muertes, traiciones, asesinatos o sexo (Malparida, beneficiada por el tandem con ShowMatch y que fue de menor a mayor en audiencia), a la nueva tira producida por Claudio Villarruel le faltó una idea original para despegarse del molde. Entre cierta obviedad y el tono angustiante, no queda espacio para el respiro en Caín y Abel. Siempre hay tiempo de cambiar, pero las fichas se jugaron fuerte en un principio y es difícil darlas vuelta.