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Lado B: Todos los famosos van a Twitter

La muerte de celebridades y personajes de la pantalla se ha convertido, en la lógica de los medios y las redes sociales, en parte del trayecto mediático, no en su clausura.

21 de marzo de 2015 a las 12:46 p. m.
Lucas Asmar Moreno
Lado B: Todos los famosos van a Twitter
La muerte de Gerardo Sofovich fue el último deceso que levantó polémicas en los medios.

Cada día asistimos a un nuevo cortejo fúnebre de carácter mediático. Dominó de muertes que parecería afectar sólo a personajes célebres. Para esclarecer este misterio debe invertirse el punto de vista: más que un superávit mortuorio, hay un superávit de fama, propiedad exclusiva de los medios de comunicación.

A mediados del siglo 20, empezó una demanda furiosa de actores, conductores, periodistas, productores, historietistas, políticos, músicos, directores, panelistas, locutores, vedettes y una larga serie de rubros vinculados a la industria del espectáculo. Por ley biológica, esta generación inaugural está en proceso de recambio. Suponer un ensañamiento de la muerte con la farándula es una fantasía absurda; el fenómeno es meramente estadístico, la fama se convirtió en un capital accesible a medida que se reprodujeron los medios de comunicación.

Los in-memoriam en las entregas de premios se tornan graciosamente interminables. Desfilan nombres que le sacan a uno suspiros traviesos. Es un error moralista atribuirle a esta reacción amnesia emocional. Cuando recordamos a un famoso muerto hace menos de un año, certificamos que esa desaparición no nos afectó en lo más mínimo. A nadie le apena perder bienes reciclables. El histrionismo de Norma Pons o el maquiavelismo ejecutivo de Gerardo Sofovich son casilleros vacíos rápidamente ocupados.

En la lógica de la fama, la muerte se desajusta de la existencia, se cosifica. Por un lado, es cierto que el hedonismo contemporáneo articula mecanismos neuróticos para expulsar a la muerte del destino humano, pero tampoco caímos en un abismo de cinismo y depravación. El fallecimiento de un amigo o de un familiar nos afecta y trastorna, pero la empatía con un cadáver famoso es innecesaria. Lo fúnebre adquiere otro orden discursivo, uno irreal, distante y caricaturesco.

En las celebridades hay un amalgamiento entre sujeto empírico y obra. Cuando mueren Caloi, Robin Williams, Gustavo Cerati o García Márquez, esta unidad se quiebra y es difícil entender si lloramos a la obra o a la persona. Si la tristeza es por la obra, no tendría sentido porque ésta permanece como legado. Si la melancolía se activa por la persona, debemos al menos reparar que ésta fue para nosotros, los espectadores, una entelequia.

Morir ya es parte del trayecto mediático, no su clausura. La biografía de Sofovich siguió escribiéndose con un supuesto plan asesino. El suicidio de Fabián Rodríguez empezó a formar parte de una trama sórdida de estafas. Casos policiales como el de Nora Dalmasso o Alberto Nisman crean una fama post mortem. El amarillismo se ha naturalizado y el humor negro se perfecciona muerte tras muerte, alcanzando picos de originalidad y brillantez en las redes sociales.

La degeneración tuitera no revela cierta anestesia social o bancarrota del decoro. Es hipócrita pensar que se vulnera la integridad del fallecido, porque cuando el famoso muere lo único que hace es darle un giro a su guion mediático para ingresar en un sistema de luto express. La multiplicación de obituarios irónicos utilizan estas muertes para exorcizar el miedo prehistórico a la propia desaparición. Así como en los cultos mejicanos, la muerte pierde dramatismo y debilita su tabú.

Todo individuo que acceda al bien de la fama firmará un contrato social con dos cláusulas innegociables: primero, su legado artístico podrá ser arrastrado por un alud de contenidos emergentes; segundo, su muerte quedará a disposición del folklore tanático.

Ricardo Fort, al ser el ejemplo más acabado de la fama por la fama misma, se convirtió en la obra maestra de esta compulsión mórbida, alegre, inocente, cruel, risueña y colectiva.

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