Cuentitos de navidad III
Historia real de un encuentro navideño y al mismo tiempo un poco salteño.
[sala de embarque]
A esta historia me la contaron Ludmila y Nicolás. El 23 de diciembre de 1994 Nicolás tomó un colectivo a Salta. Llevaba una mochila mínima, con las pocas cosas necesarias para pasar la semana de las fiestas con su familia. Pensaba volver el 2 de enero y retomar su trabajo en la librería de saldos, y después de una semana ponerse a estudiar para terminar de rendir las materias del primer año de Letras. El colectivo se rompió entre Catamarca y Tucumán, quedó estacionado al costado de la ruta y los pasajeros comenzaron a preocuparse. Él viajaba al lado de una chica que le había gustado desde un primer momento, pero con quien no había conversado en absoluto. La situación le dio el pie para empezar a hablar, pero sólo dijo oraciones estándar para esas ocasiones, como "qué macana" o "espero que lo arreglen porque si no vamos a brindar con tierra". La chica pensaba en otra cosa, o no le daba mayor relevancia al discurso torpe de Nicolás, miraba por la ventanilla con cara de impaciencia. Nicolás se dio cuenta de que estaba amaneciendo y de que los colores del cielo le daban un marco especial a la cara de su compañera de asiento. Con el entusiasmo de los que recién comienzan a estudiar Letras, tomó una libreta e intentó escribir un poema, pero inmediatamente se arrepintió, sacó de la mochila una cámara de fotos y le pidió permiso a la chica para retratarla así, con un cuarto de sol de fondo y una combinación maravillosa de colores. La chica era apenas rubia, con la cara ligeramente invadida por algunas pecas, tenía los ojos azules y una especie de gorra granate que ayudaba a destacar el tono rojizo de su piel. A los ojos de Nicolás, se trataba de una especie de ángel o figura celestial, un evento de lo más extraordinario que había terminado de una manera súbita y placentera con el fastidio que le había generado en primera instancia la idea de volver a la casa de sus padres y celebrar las fiestas con familiares qué aún no entendían los motivos por los que una persona psíquicamente estable podría elegir como carrera universitaria la licenciatura en letras modernas. La chica dudó en aceptar, pero al ver el espectáculo de colores del amanecer entendió que Nicolás tal vez quisiera retratar una belleza que la excedía, que no tenía exclusivamente que ver con ella. Esa idea la dejó más tranquila y posó para la cámara, miró hacia el lente y después hacia el frente. Nicolás la retrató desde varios ángulos y le dijo que una vez reveladas, le enviaría las fotos a su casa en Salta o en Córdoba, donde ella viviera. La chica le dijo que se llamaba Ludmila y que estudiaba medicina en Córdoba. Que alquilaba un departamento en el barrio de los estudiantes. Que podían tomarse una cerveza un día de estos, y ver las fotos. Nicolás sintió los nervios de sus especulaciones: ¿qué quería decir aquello? ¿debía invitarla a salir ya mismo? ¿debía apresurarse a dejar en claro que le gustaba? No dijo nada más, o lo que dijo no fue importante. El colectivo reanudó su marcha y Ludmila se durmió unas horas antes de llegar a Salta. Se despidieron con un beso en la mejilla, y una vez en el taxi, Nicolás se dio cuenta de que jamás le pidió número de teléfono ni dirección, que sabía lo de Nueva Córdoba, pero no la calle, ni el número, ni el piso. Se imaginó recorriendo edificio por edificio ese barrio inmenso, y llegó a la casa de sus padres con una expresión de pánico. ¿Por qué no le había preguntado nada? Nicolás celebró con sus padres y sus tíos y sus primos,. Y después de las 12 salió con sus amigos, con sus ex compañeros del secundario. Fueron a bailar a un lugar repleto de gente, cerca del aeropuerto. Obviamente, buscó a Ludmila en cada cabellera más o menos clara, en cada detalle rojo. No acompañó mucho el descontrol etílico de sus amigos, y se las arregló para explicar que el gesto de desesperación y desconsuelo que invadía su rostro era fruto del cansancio, del viaje, de la emoción. Cerca de las seis de la mañana, ya de regreso a su casa, volvió a ser testigo de un amanecer, esta vez desde la ventanilla del auto de uno de sus amigos. Un accidente en la ruta 51 los obligó a reducir la velocidad, primero, y a detener el auto, después. Había gente caminando al costado, grupos de personas que volvían abatidas, o que aún bebían mientras miraban pasar a los autos. Nicolás se concentró en el amanecer, ligeramente embobado, y se sorprendió al reconocer un paisaje similar al de las fotos que había tomado en el colectivo. El mismo cuarto de sol, los mismos colores, y, de repente, también, la misma chica. Ludmila lo miraba desde el costado de la ruta con una expresión de sorpresa y alegría, y parecía un ángel, un evento de lo más extraordinario. [vuelos de hoy]
1. Miles de gracias a Nico y Ludmila, quienes me enviaron por email el relato de cómo se conocieron. Una historia hermosa, que tiene como consecuencia actual la existencia de Adrián, 10 años, español pero hincha de Talleres. Los tres viven en Madrid, y cuando leyeron al invitación de Aeropuerto no dudaron en cooperar.Si tenés una anécdota más o menos navideña, ¡enviamela! mi mail es [email protected].
2. Poema navideño de Juan Terranova.
4. Los libros más vendidos de la década en el hemisferio que tiene dinero.
5. Como dice, Mara, no dejen de ver esto. (soy fan de Transmedia).
6. El País eligió los libros del año. Se pueden ver acá.
7. Esta semana los dibujos que ilustran Aeropuerto son de Consuelo Chasseing. Muchas gracias a ella, muchas muchas. Y muchas gracias a la gente que me está enviando sus imágenes. Las usaré en orden de llegada, semana por semana.
8. Puse rejas y alarmas después del robo, y anoche pude volver a dormir. Soñé que no me habían robado la computadora y que todo lo que yo había escrito seguía ahí, como si nada, como si no fuera maravilloso que las cosas estén donde tienen que estar. Insisto, si alguien se entera de una banghó plateada, monitor de 15 pulgadas, por favor avísenme. Quiero recuperar eso, quiero comprarla de nuevo si es necesario. Gracias.

