Superstición cero
Black Sabbath publicó “13” con una aproximación a su formación emblemática. Y a más de 40 años de su debut, dicta cátedra en materia de heavy metal.
Demasiada presión para el grupo inglés Black Sabbath, que optó por reunir a su formación emblemática, cuya última grabación en conjunto se dio en 1979 (Never say die!), y no sólo para afrontar una gira sino para hacer un nuevo disco. Ya se sabe qué dice el lugar común en situaciones como ésta, la obra en cuestión es floja y en el tour se mechan cortes de promoción de vuelo dudoso con los clásicos que todos esperan. Pero estamos ante Black Sabbath. Y más, estamos ante un Black Sabbath con intenciones de dar un gesto renacentista ante contratiempos crueles como la dispersión neuronal del cantante Ozzy Osbourne, el cáncer galopante del guitarrista Tony Iommi y la renuncia sobre el filo del baterista Bill Ward, quien exigió que le ofrecieran un contrato digno. Pero nada detuvo al tándem de Ozzy, Iommi y del bajista Geezer Butler, que para salvar la falluteada de Ward no apeló a un contemporáneo sino a un batero de un rock alternativo yanqui que tanto le debe a Sabbath: Brad Wilk, de Rage Against The Machine. Lo cierto es que el personal entró a estudios para trabajar con el reputado Rick Rubin, mientras todo el mundo cruzaba los dedos para que saliera algo digno, y que no tuviera lugar la herejía de manchar la historia de los santos patronos del metal tenebroso. Señores, ya es hora de volver a poner el medio y el índice en sus respectivos lugares. 13, lo nuevo de Black Sabbath, dialoga cómodo con los clásicos del grupo. Es más, si alguien quiere explicarle a un neófito qué es el heavy metal, tranquilamente puede ir a uno de los temas de este tracklist. O más precisamente a Damage soul, que fundamenta con gesto académico que el metal es la amplificación enfermiza del blues con una lírica endemoniada, amenazante, diabólica. En esa composición, que llega sobre el cierre, se confirma todo lo que el disco insinúa de movida. Esto es, que la SG de Iommi sigue sonando escalofriante (si alguien necesita un manual de estilo, aquí lo tiene); que la voz de Ozzy mantiene sus potencia y aura demente; que Rubin no se ha propuesto liftings innecesarios (no ha logrado opacar la batería de Wilk, hay que decirlo); que no hay voluntad de moderar desarrollos que pueden redundar en duraciones cercanas a los ocho minutos. OK, se pueden leer títulos obvios como End of the begining o God is dead?, pero esto no significa que sus líricas respectivas sean un compendio de clisés apocalípticos. "Rebobina el futuro al pasado... Para encontrar el origen de la solución, el sistema tiene que ser reparado", se le oye a Ozzy en el primer caso, mientras que en el segundo se sube a un arpegio denso para proponer una alianza entre Dios y Satanás para que, finalmente, la luz se haga. El resto mantiene este tipo de filosofadas, que se resignifica según la armadura que contenga cada pieza. La pesadísima Loner, por caso, hace estallar en mil partes los versos "un niño enigmático, un acertijo no resuelto, un prisionero exiliado, me pregunto si será feliz cuando esté muerto...". Y la balada acústica Zeitgeist, muy brumosa y bella, procesa la voz de Ozzy para aludir a "las cadenas del miedo" que detienen todo paso adelante. Live forever, en tanto, está a años luz del sentido que le dio Noel Gallagher en el tema homónimo de Oasis: aquí, Ozzy se exalta la paradoja de anhelar la vida eterna aunque tengamos la certeza de que ésta transcurrirá en el marco de una mentira. Música dura y rigurosa, más análisis minucioso de la tensión entre el bien y el mal. Es la mejor versión de Black Sabbath tal cual la conocemos. No es pura autorreferencia pero casi: luego de Dear father, reconstrucción descarnada del padre abandónico, se oyen campanadas, lluvia y truenos. Así cierra 13, del mismo modo que abría Black Sabbath (el disco) en 1970. Es un destino circular.
13Calificación: Muy BuenoBlack SabbathUniversalPrecio sugerido:

