Primavera Sound: Paisajes sonoros
El Primavera Sound ofreció en su edición número 13 su mejor cualidad, un horizonte de propuestas musicales para todos los gustos, con shows de Nick Cave, My Bloody Valentine y Hot Chip, entre otros.
Imágenes que atesorar: Damon Albarn de Blur arrojado sobre la multitud como si los \'90 estuvieran de regreso, un ballet de minimal-tecno desembarcado de otro planeta por gracia y obra de The Knife, Ida No de Glass Candy aullando de manera desgarradora y sexy como una diva italo-disco, Nick Cave vociferando y escupiendo y sacudiéndose espasmódicamente ante una audiencia extasiada y enloquecida: lleva tiempo procesar todo lo que se desencadena en un Primavera Sound, el megaevento barcelonés de rock/pop y derivados situado entre los más importantes del mundo en su rubro y que a lo largo de la semana pasada celebró su edición número 13.
Con sus escenarios usuales ligeramente cambiados de lugar (el espacio ahora era más llano, sin tantas subidas y bajadas) y una añadida vuelta al mundo de parque de diversiones que sella el carácter de "festival", el PS vale lo suyo a pesar de sus incomodidades multitudinarias, que a hora pico hacen a uno sentirse un extra de The Walking Dead o parte de la migración espontánea de un pequeño país. Entre la posibilidad de calcular el itinerario de manera obsesiva y el dejarse llevar por impulsos curiosos, el PS ofrecía como siempre su diversidad musical de géneros, artistas consagrados y ascendentes y curiosidades varias (entre ellas Solange, la hermana de Beyonce, o el director de cine Jim Jarmusch, que tocó junto a su socio musical Jozef Von Wissem).
Si uno asimila ciertos métodos (no pararse nunca detrás de alguien que lleva los sombreros cowboys de paja que regala Smint: no verás nada), el PS puede servir de una inmejorable guía de paseo por el panorama del rock actual y de toda su historia: allí estaban talentos ascendentes como el melenudo Kurt Vile (si no fuera por sus exquisitos dotes folk, podría pasar tranquilamente por uno de los Hanson), Christopher Owens y su barroquismo melancólico, James Blake que apasiona y aburre en dosis iguales y el sorprendente y carismático Mac de Marco, que ofreció uno de los shows del evento, entre bromas con cigarrillos, hinchada propia y pogos demenciales.
Pero también había nostalgia y reencuentros con íconos de la cultura pop alternativa: con Breeders, por ejemplo, que dio un recital bello e impecable, con los eléctricos y electrizados Jesus and Mary Chain o con Dead Can Dance y su misticismo intimidante.
Y con My Bloody Valentine, que cerró el sábado poco después del arrollador y diabólico concierto de Nick Cave y sus Bad Seeds y poco antes de Hot Chip (que tocaban a las ¡3.50! de la madrugada). Kevin Shields y los suyos despelucaron a los presentes con una pared de guitarras atronadoras (salidas a su vez de una muralla de amplificadores) concentradas en repasar más Loveless que el nuevo Mbv. Su show no fue enciclopédico: suenan más vigentes que nunca.
De repente, detrás de un alambrado, pueden verse la luna llena, las rocas, el mar. Y la asociación: el PS demuestra con su nutrida grilla que hoy el pop es, a su modo, una suerte de paisaje eterno.

