Miradas opuestas a Foo Fighters
Dos opiniones sobre el grupo liderado por el carismático Dave Grohl, que la semana pasada actuó en Argentina.
Una fórmula infaliblePor José HeinzA Dave Grohl, la cara visible de Foo Fighters, se lo señala constantemente como el gran salvador del rock, uno de los últimos bastiones de un linaje de caballeros que en lugar de espada empuñan una guitarra eléctrica. Antes que tanta solemnidad, sería más justo proclamar a Grohl como uno de los tipos más divertidos que pueden subirse hoy a un escenario y rockear sin prejuicios ni pose canchera. En eso, hay pocos que lo empardan.
Es cierto que en ocasiones su buena onda es excesiva (en sus shows no para de arengar y de elogiar a las audiencias), pero por fortuna tiene una obra por detrás que lo sustenta y lo salva de caer en la demagogia. Porque podría ser un bufón (como tantos otros que se paran atrás de un micrófono) si no fuera porque los Foo Fighters tienen canciones demoledoras de sobra, piezas pop perfectas, siempre barnizadas con bases duras, alaridos y mucha distorsión. Una fórmula infalible, así suene en un antro para 20 personas o en un estadio frente a 20 mil.
A ciertos paladares duros les da pudor confesar que una canción simple como My Hero o Big me puede llegar a mover sus fibras sensibles. Prefieren el grito, el redoblante al palo, un bajo que pegue en el pecho. Lo bueno de los Foo Fighters es que satisface a ambos bandos, porque saben que una buena canción, vestida como sea, tiene que ser solamente eso: una buena canción.Afectados por un cambio de escalaPor Germán ArrascaetaLa épica de Foo Fighters en la última fecha del Quilmes Rock vuelve inconsistente un argumento en contra de la oferta de la banda. Es que Grohl y los suyos se impusieron a todos los contratiempos generados por un cataclismo asesino. ¿Cómo contarle las costillas, entonces? En primer lugar, habría que aclarar que no se trata de vilipendiar a un buen grupo de rock como el norteamericano sino de ofrecer un punto de vista alternativo al pensamiento único en torno a la idea de que es lo mejor que puede ofrecer hoy el rock de estadios.
Grohl lo armó para curar el dolor y el desconcierto que generó el escopetazo de Cobain. Y lo pensó para la escala clubes, que en el interior de Estados Unidos se conectan con vans en las que se duerme poco e incómodo. Pero claro, su carisma y cancionero hicieron crecer a FF hasta convertirlo en “de estadio”. Y ahí está el tema, el cambio de escala obligó a un replanteo que se choca con cierto fulgor alternativo.
Durante el show actual hay muchos temas urgentes, esos que indoor podrían resolverse en tres minutos, que al aire libre y ante una multitud se sumen en zapadas interminables para que Grohl despliegue todo sus números de comedia. Y lo que en ese proceso se gana en divertimento se pierde en poder de conmoción. Además, en el afán de sentirse cercano, Grohl pega gritos que comprometen su alcance vocal para las fechas subsiguientes.

