Lollapalooza Argentina, día 2: El cierre del festival en crónica, fotos y videos
Mientras el cierre del Lollapalooza Argentina esperaba por Soundgarden y Red Hot Chili Peppers, por sus diferentes escenarios desfilaban otros fundamentales. Johnny Marr y Pixies entre ellos.
El Lollapalooza es un festival que no te da respiro. Si aún no te repusiste del cansancio y de los flashes generados en el primer día por los shows despampanantes de Nine Inch Nails y The Arcade Fire, el evento no te espera y ya cerca de la hora del almuerzo del día subsiguiente te propone cosas interesantes. En esta oferta colosal, realizada en el hipódromo de San Isidro, Buenos Aires, no hay lugar para los débiles.
Y por más que el programa de ayer haya sido interpretado como de "ataque noventoso" por la presencia estelar al cierre de Soundgarden y Red Hot Chili Peppers, lo cierto es que contó con otros matices en la previa, aunque es justo aclarar que la gran convocatoria la generaron estos nombres propios de un fulgurante ayer nomás.
De movida, a las dos de la tarde, el primer mimo estuvo a cargo de Savages, un jovencito cuarteto femenino y londinense que bucea en cierta tradición afterpunk. Su cantante Jehnny Beth tiene un registro similar a Siouxsie y un sorprendente parecido con Lucila Escalante, de Un Día Perfecto Para el Pez Banana, en clave "sugerente diva intocable".
Como sea, su formación fue a los bifes y sacudió con piezas que más que canciones, son regodeos en líneas de bajos económicas y en espasmos de una guitarra que, como el martes con Portugal The Man, tardó en sonar. Como nota destacada, las Savages dejaron un tema sobre "el placer": She will.
Inmediatamente, y para abonar una idea de diversidad, empezó a sonar en escenario contiguo el italiano Jovanotti, previa involuntaria del esperado show de Johnny Marr, el ex guitarrista de The Smiths que apareció a las señaladas 15.45.
De algún modo, la presencia de Marr cerró una serie de visitas relacionada con una era dorada de Manchester; a saber: la del fotógrafo Kevin Cummins (testigo perfecto, entre otras cosas, del big bang del grupo que tenía a Morrissey como estampita) y la de los desangelados New Order en la noche de apertura (previo agasajo en la embajada británica).
Marr se paseó con autoridad por uno de los escenarios principales, repasando el repertorio de su solista The messenger y entregado clásicos inoxidables de su grupo insignia, que todo parece indicar jamás se reunirá, aun cuando Morrissey tuvo tiernas palabras para este artista en su autobiografía. Y aun cuando el mismo Johnny dedicó Big smouth strikes again "a los amigos de antes y a los amigos de ahora". Hablando de dedicatorias, un asumido fan del Manchester City como Marr dedicó Generate! Generate! al Kun Agüero, su máximo héroe en este lío.
También hubo lugar para otros clásicos emocionantes como Stop me if you think you\'ve heard this one before, How son is now? y There is a light that never goes out. Marr no sólo construyó su leyenda de imprescindible de enciclopedia por The Smiths, así que se permitió tocar una pieza de su proyecto Electronic, de escaso impacto en Argentina. Sólo queda decir que, a diferencia de Morrissey, Johnny no dejó ningún concepto relacionado a Malvinas.
El zigzagueo continuó con Ellie Goulding y dejó surfeando el atardecer a los neoyorquinos Vampire Weekend, divertidos en su exotismo, aunque más potables como número para escenario de boca no tan ancha como el que les tocó. Revisaron los tres hermosos discos que editaron a la fecha y se dieron el gusto de tocar ese medio tiempo entrañable titulado Hannah Hunt casi el final. El plus de los vampiros, no se toman demasiado en serio como "grupo que hay que ver antes de morir" y hacen prevalecer su despreocupado desparpajo.
Menos empatía buscaron los legendarios Pixies, que en su segunda presentación en el país se mostraron con su formación remachada en un puesto clave: ante la salida de la original Kim Deal y de su primer reemplazo, buscaron a la argentina Paz Lenchantín, ya curtida en paradas bravas acompañando a A Perfect Circle y Zwan. Paz se mostró sobria, sin ansias de protagonismo y metiendo los coros justos e imprescindibles en Wave of mutilation, Monkeys goes to heaven y Caribou, mientras que sus compañeros le evitaron el compromiso de cantar el himno Gigantic, tema popularizado en la voz de Deal y que refiere a un pene de proporciones inabarcables. Hubiera sido vergonzoso, claro está.
El grupo de Frank Black no mezquinó el resto de los clásicos, privilegiando incluso aquellos que tienen bizarreadas en español como Isla de encanta y Vamos (con solo de plug del guitarrista Joey Santiago, recurso éste que ya había instituido Lee Ranaldo de Sonic Youth). Y casi a tono con el hecho de no decir nada durante todo el show (cuando se apunta nada es nada, ¿OK?), los Pixies contradijeron el manual de y fueron del ruido a la parsimonia. Empezaron con Bone machine y terminaron con un Where is my mind? con sustento acústico.
[video:https://www.youtube.com/watch?v=f9cOGtLAj04]
Soundgarden comenzó su set a 500 metros pocos minutos más tarde, por lo que la patria alternativa y curiosos ocasionales tuvieron que apurar el paso. También deberían haberse puesto algodón en los oídos. Es que el cantante Chris Cornell y los suyos no tuvieron contemplaciones en materia de volumen y salieron a matar con aquellos temas que siempre escuchamos pero que jamás apreciamos en vivo, por eso de que el grupo de Seattle, allá (no tan) lejos y hace tiempo, quemó las naves muy rápido. Pese a que siempre cargaron con el estigma "grunge", Soundgarden podía calificarse tranquilamente como una banda de heavy metal o de rock pesado, si se quiere. Por eso de que asimiló como ninguna la gravidez de Black Sabbath.
[video:https://www.youtube.com/watch?v=aqanPr80Enw]
A show visto, cabe reforzar ese punto de vista: Soundgarden es metal aunque sin tanto espíritu performático, ya que Cornell, de voz potente y demasiado enfocada, también toca guitarras melódicamente fundamentales y no puede desplazarse por la escena como un entretenedor. Eso no iría con el espíritu de esta formación, por otra parte. Sin embargo, el vocalista puso brazos en crucifixión a la hora de Jesus Christ pose. Más concierto que espectáculo, la oferta de Soundgarden también nos colocó frente al Tony Iommi de la Generación X: el barbado Kim Thayil, quien con su SG blanca terminó todo con el riff monolítico de Rusty cage. Heavy metal, en serio.
El cierre entregó a una de esas bandas que despiertan aquí pasión incondicional, cualquiera sea el momento artístico que transite: Red Hot Chili Peppers. Los californianos fueron los responsables de que Lollapalooza Argentina culminara como una empresa auspiciosa, al garantizar una convocatoria de fuerte impacto estadístico.
[video:https://www.youtube.com/watch?v=Jbxw5MPH0jw]
Y su show resultó funcional a la circunstancia de tener a una multitud entregada y predispuesta a flashear con esos clásicos funkeros como Can\'t stop y Give it away, que fue tema de clausura. ¿Los detalles del show? La voz de Anthony Kiedis fue ganando cuerpo con el correr del tiempo, el bajista Flea y el baterista Chad Smith actualizaron con frescura su condición de base imprescindible en cualquier escuela de rock y el guitarrista Josh Klinghoffer brilló en algunas jams y reprodujo con respeto el omnipresente espíritu del ya lejano renunciante John Frusciante.
¿Tan omnipresente? Y sí, si en las fotos de los Peppers proyectadas a lo largo de todo el festival salía John y no Josh. El karma de reemplazar a un gigante. Se fue la primera del Lollapalooza Argentina. Habrá una segunda, seguramente.

