La búsqueda de paraísos perdidos: Mingui Ingaramo presenta su nuevo disco, "El viento el tiempo"
Mingui Ingaramo presenta su nuevo disco, “El viento el tiempo”. El pianista y compositor cordobés repasa sus días de guitarrista y cuenta la intención de su arte.
¿Todos los paraísos están perdidos? Es posible que sea así, que suceda desde que todos perdimos el original, y luego los que cada uno fue perdiendo a medida que la vida atravesaba el tiempo: las maravillas en estado puro de la infancia y las que vinieron después.
Es sólo eso, esta costumbre de ser humano y de no tener otra constancia de ser que lo vivido; pues aun el presente está sin confirmar hasta que se lo mira con los ojos del después. Entonces, nos recorre la nostalgia, y un poco más: la melancolía. Tal vez es el sentimiento más visible de lo que desvela nuestra condición: el misterio, nuestro hondo misterio.
Y no tenemos a mano más remedio que contarlo, y tal vez sólo el arte puede llegar a intentar asomarse a sus imprecisos recovecos.
Piano, guitarra, piano
Había tardes en San Vicente en las que la agonía del sol llegaba con el ánimo cargado. Mingui Ingaramo se sentaba al piano fundacional de la familia, ese a cuyo alrededor su padre, Mingo, había construido la casa y sembrado la semilla de algo así como una estirpe de músicos (Juan Carlos y Mingui le darían al apellido una identidad musical de referencia cordobesa, que ahora continúan sus hijos, Juan y José).
Pero volvamos al piano, a ese encuentro quizá fugaz pero constante: era como que cada día iba a contarle en qué andaba su sensibilidad, y a renovarle la promesa de que vendría un tiempo en el que estarían finalmente juntos; a veces sucede la rara alquimia de que el primer amor es también el definitivo.
Claro que no era una promesa al piano, sino a sí mismo. Es que uno es uno y sus cosas, aquellas que lo determinan.
–Te habías convertido en todo un guitarrista con renombre a partir de tus participaciones en los grupos Encuentro y Los Músicos del Centro (reconocidos en todo el país, tocaron y grabaron con Litto Nebbia y con otros músicos de relieve). ¿Cómo fue que sucedió el pase del piano a la guitarra?–Supongo que en todas las casas donde hay un piano los gurises se acercan a tocar. Yo lo hacía, y un día mi madre (Nené) pensó que también debía ir a estudiar piano como mi hermano mayor, Juan Carlos. Después, empezó a venir a casa el gran Daniel Homer y su guitarra. Tanto me impactó lo que hacía, su música, que me puse a intentar tocar como él. Me fui criando con las dos cosas, el piano y la guitarra. Además, en mi casa ya estaba Juan Carlos con el piano; él me invitó a sumarme a los grupos que se fueron armando. Yo con la guitarra, claro.
–¿Y cómo se da el camino a la inversa?–En realidad, nunca me sentí verdaderamente guitarrista. Tenía más mano de pianista, mano grande. Me costaba mucho más sacarle un buen sonido a la guitarra, incluso físicamente. Después, a mediados de la década de 1980 pasó que era tal el virtuosismo de los guitarristas que uno escuchaba (Pat Metheny, Pat Martino; aquí, Tommy Gubitsch), que empecé a sentir que mi lugar ya no estaba ahí. Había momentos en que parecía el lejano oeste: ganaba el que sacaba la pistola más rápido; los solos tenían que ser una cosa tremenda. Mis recursos como guitarrista, entonces, comenzaron a flaquear. Me cansó el jazz rock, admiraba mucho a los que podían hacerlo, pero mi capacidad no me alcanzaba.
–Será que tenías otras capacidades.–Después me di cuenta de eso. Primero me empecé a recostar en el piano: cuando uno ama algo, eso crea la capacidad para aprenderlo. Me había pasado en la guitarra con Daniel Homer, y luego con el piano cuando tocaba con "Pelusa" Navarro. Fue una suerte haber podido compartir con tipos que son tremendos músicos, sobre todo en una ciudad como ésta.
–No sólo volviste al piano; también empezaste a asomarte a lo esencial con otra mirada.–Me identificaba más con Egberto Gismonti, con Bill Evans; escuché mucho a Tom Jobim, Joao Gilberto. Seguía escuchando a Litto Nebbia, a Spinetta, a Charly; no tanto a los nuevos del rock: es que las cosas cambiaron cuando se volvió la música que se bailaba en los boliches, cuando las FM se volvieron cajas de resonancia de las productoras. Mientras tanto, tenía siempre conmigo el tango que mi viejo me hizo escuchar (Troilo, Cobián, Cadícamo) y los grandes compositores argentinos como el Chuchi Leguizamón y Carlos Franzetti.
–¿Cómo se fue reflejando todo eso en tu música?–Mi amor por la música creció a través de todo lo que fui escuchando. Y uno, como decía Miles Davis, toca lo que es. Me conmueve más el sonido acústico. La filosofía es: lo menos es más. Se trata de habitar el silencio, de sentir con el volumen bajo, de abrirse a lo más sutil.
Música de Córdoba
–Queda claro que además fue madurando un sentido de pertenencia.–A veces me preguntan: "¿Vos hacés música de Córdoba?". Y qué otra cosa podría ser. Puede haber influencia de tanto que he escuchado, pero no puede no ser de acá si yo he vivido acá y tiene la impronta de los días. No no viví la cosa folklórica y si más lo urbano, el tango, pero está en el aire de aquí, metabolizado en uno. Yo toco lo que me sale. Y trato de conectarme con el placer, no con la mirada que juzga.
–Muchos de tus compañeros de Encuentro y de Los Músicos del Centro se fueron de Córdoba (Pelusa Navarro, César Franov, Oscar Feldman; luego Javier Girotto, Natalio Mangalavite). Seguramente vos tuviste muchas chances de hacerlo.–La historia en Córdoba y en la Argentina ha sido irse; parecía que aquí nada podía crecer. Está claro que me podía haber ido, que todos nos podíamos haber ido, pero sentí que no era ése el camino. Algunos de los que se marcharon hicieron afuera la música que podían haber hecho acá. Para ninguno fue fácil, ni para los que se fueron ni para los que nos quedamos. Hoy podemos decir que lo importante no es dónde estés, sino tu obra.
–Te ayudó a sostenerte tu estudio de grabación, Hendrix, y tu trabajo en publicidad y música incidental.–Para ser músico, en casi todos los países tenés que tener dos laburos. O das clases o salís a tocar con proyectos más comerciales. Yo lo hice un tiempo y no me gustó viajar. Todos los trabajos requieren de tu oficio y de tu talento. Ninguno es fácil. Además, nunca dejé de insistir con mi propia música.
–Como aquella promesa de volver al piano, también cumpliste la de seguir creciendo y volver a exponer tu música.–Gracias a tantos amigos que me ayudaron, que pusieron en valor lo que yo hacía. Es muy difícil ponerse en valor uno mismo, se necesita la mirada de otro. Por eso, cuando alguien te tira una onda te puede cambiar la vida.
Los días son así
“Los días eran así”. Mingui Ingaramo cita a Ivan Lins cuando mira hacia atrás y se ve avanzando hacia este momento, en el que, como artista, ha regresado a la constancia del presente.
Durante más de una década dejó de transitar por los lugares que habían cobijado su nombre: los discos y los proyectos musicales a la luz pública. Ocurrió, entre 1997, cuando se editó Luminosa, con Los Músicos del Centro, y 2010, cuando alumbró Patagonia, su primer disco solista.
Ahora, a los 57 años, renueva su aura como uno de los músicos notables que ha parido esta ciudad, con El tiempo el viento, un disco exquisito que presentará el domingo que viene en el Teatro San Martín.
Los días, éstos, son así; el desafío siempre es mirarlos en tiempo presente antes de que se vuelvan ayer. Pero, qué va, si estamos hechos de ayer.
Entre tanta música que Mingui Ingaramo ha escuchado, hay un disco que de pronto se le cruza por la evocación como algo muy especial. “Vinicius en la Fusa… lo escuchaba con tanto amor… Eso te va modelando y después, cuando crecés, reaparece de muchas maneras. Es como una imagen de paraíso perdido que uno lleva adentro y que después intenta encontrarlo, no sé si lo logra, pero lo intenta”.
–Cuando se buscan paraísos perdidos siempre acecha la melancolía…–Ahora ya no le tengo miedo a la melancolía. Uno es su mente, su cuerpo, su brazo, sus manos que tocan las notas. Y, como escuché decir a un director de orquesta, detrás de las notas habita el infinito, que es Dios o lo que sea. Y es tan inmenso, somos tan pequeños frente a eso.
El domingo 14, Mingui Ingaramo presentará su último disco, “El viento el tiempo”, editado hace pocas semanas. En el Teatro del Libertador San
Martín, a las 20.30.

