Sin vergüenza: la Peatonal como camino hacia el presente
En la columna de opinión "Sin vergüenza", la sensación de caminar las calles del pasado.
Una calle puede enseñar tanto o más que un libro. Creo que lo dijo Macedonio, pero no estoy seguro. Si no fue él no importa, suscribo a quien sea. En mi caso esa calle ni siquiera es una calle: es una peatonal, se llama 25 de Mayo, y me pasé un cuarto de siglo durmiendo a 20 metros por encima de ella.
No hace mucho caminaba con mis hijas por el Centro y me puse a pensar cómo veía yo la ciudad a la edad de ellas. El ejercicio de evocación me puso a rebotar entre los canteros y se me vinieron al humo algunas vidrieras que retrocedían en el tiempo y se iluminaban con los flashes de la memoria: otra vez leía marquesinas olvidadas y los escaparates calientes ya perdidos.
El primer trabajo que tuve fue en la peatonal. Me encargaba de vender pollitos bebés para un mago callejero. Cuando el tipo me veía, me dejaba a cargo de una caja llena de bichitos que piaban. Después dio de baja nuestro “contrato verbal” pero no me indemnizó ni con un solo pollito.
Hay personas a las que la relación con el pasado les sirve de trampolín hacia los divanes psiquiátricos o hacia los juzgados donde se pueden divorciar escandalosamente. Tal vez sea mi caso, aunque mi vínculo con la peatonal se remonta a la niñez, cuando comenzó la obra en construcción de ese monstruo. Y no tiene sabor a resentimiento.
Tengo una foto en la que salgo parado al borde del precipicio que fue ese esfuerzo de ingeniería. En la postal salgo abatido por la humillación: la razón puede ser un jardinerito de color amarillo chillón que visto, o un corte de pelo estilo taza que me queda horrible. Mi madre acostumbraba cortarnos el pelo en esa época a mi hermano y a mí, absolutamente convencida de que esos flequillos mohicanos nos quedaba bien. Las fotos de la infancia con mi hermano parecen un casting de dobles de riesgo de Carlitos Balá.
Gente de otro mundo
La primera vez que conocí a un famoso fue en el Cine Mayo, que estaba donde ahora hay un banco con nombre italiano. Era el estreno de Expedición Atlantis, un docudrama sobre las peripecias de un grupo de argentinos que decide cruzar el Atlántico en una balsa, para probar que unos indios habían visitado América miles de años antes que Colón con su truco de huevos sobre la mesa.
El eslogan de la peli: “Que el hombre sepa que el hombre puede”. Para el estreno vino a promocionarla uno de sus protagonistas. Lástima que en esa época no estaban de moda las selfies.
En el Cine Mayo también trabajé atendiendo el kiosco de golosinas de un señor de bigotes que me dejaba asaltarle la bandeja de chocolates bajo la modalidad “después-paga-tu-viejo”.
Click a click, la polaroid de mi memoria va escupiendo imágenes de hitos, como el hotel Crillón, lugar reservado sólo para los famosos. Haciendo juego con su glamour estaba también el bar Hamilton. Visto ahora y en perspectiva, fue uno de los primeros after office que tuvimos en la Docta. Yo lo veía como un espacio íntimo, de categoría, el destino elegido por los ejecutivos que se destetaban unos minutos de los bancos y las empresas y hacían un tentempié a media mañana chupándose un whisky o un champán.
Me moría de ganas por entrar a Hamilton, sobre todo porque una tía despechada solía decir que era el lugar elegido por su marido para ir de trampa con la secretaria:
–Ahí van todos de trampa, incluido el boludo de tu tío.
Foto a foto
Yigantis quedaba frente a mi casa. Fue una heladería de la época de Soppelsa y Alpina, pero les sacaba varios cuerpos a esas firmas con la capacidad inexplicable para cambiar de rubro apenas empezaba a hacer frío: hasta marzo vendían cremas frías, pero no bien arrancaba el mes de abril, los empleados se sacaban los delantales, guardaban los potes y sobre el mostrador aparecían bufandas, gorros de lana y guantes. Fue la primera heladería Transformer de la ciudad.
En materia gastronómica, el suceso fue el desembarco en la 9 de Julio al primer gigante capitalista: el local de comida rápida American Food. ¿Cómo no quedar embobado al ver las hamburguesas que rodaban desde Estados Unidos hasta la peatonal para que entendiéramos el concepto de comida chatarra?
A la edad de mis hijas, creo, se fijan algunas sensaciones más que recuerdos, pero el entorno está ahí, es el decorado de la obra de vida que protagonizamos. Seguimos avanzando y me viene a la cabeza la terrible carga sexual que tenía para mí la vidriera de Novedades Belmon, algo así como el primer sexshop de Córdoba. Atendido por dos señores gordos, fue el único comercio en ¿mi provincia? ¿el Guinness? que mantuvo su vidriera minimalista e inmutable por más de 10 años: todo ese tiempo hubo exhibidas ahí dos cajas de películas porno con rubias californianas de pelo batido, subidas a sendas motos y mirando a través de una tonelada de tierra a los que pasábamos por la calle. Dos cajas muertas conviviendo con juguetes sexuales poco ergonómicos, atestiguando el crecimiento de una ciudad que ya se anunciaba pujante.
Pesada herencia
Dije al comienzo que suscribía la cita inicial porque la peatonal fue para mí, de alguna manera, una escuela informal de escritura, la chance de aprender a jugar el juego de completar huecos. Yo ya quería ser medio artista desde chico y ese era el lugar en el que más tiempo invertía en contemplaciones, cosa que mi vieja –mucho más reduccionista– había bautizado como tiempo al pedo (ella quería que yo fuera médico o abogado, de ahí creo que viene la resistencia).
La peatonal de Córdoba, con tantas otras pinceladas y personajes, es el lugar al que siempre regreso con la imaginación o con una caminata distraída, porque sé que ahí están esperándome, como en el final de Titanic, un montón de fantasmas dispuestos a contarme historias, a dialogar con lo que creo que soy.
A veces creo que le debo a la calle 25 de Mayo la única cosa que disfruto hacer: apiñar palabras. Así como no hay marquesina que resista el progreso, no hay nadie limpio de ayeres. Veo a mis hijas e intento adivinar lo que van sorbiendo del mundo que las rodea. La relación con el pasado y los recuerdos siempre es fuerte. Creo que hay que honrar ese vínculo: en definitiva es el pasado el que nos deja vivir el presente.

