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Mi primera peña

02 de septiembre de 2010 a las 05:34 p. m.
Mi primera peña

Parece difícil, pero aún hay gente en Córdoba que nunca fue a una peña (no es tan raro, hay cordobeses que jamás pisaron un baile ni comieron un choripán). La celebración de los 25 años de Los Coplanacu fue, en este caso, el rito de iniciación. Los que heredamos anécdotas peñeras de la generación de nuestros padres conservamos esa idea básica de poncho (marrón)+vino (tinto)+guitarra (criolla). Pero hay mucho más.

En una mesa, una familia espera; en la barra, un grupo de amigos en plan seducción relojea chicas a los costados; en la pista, las chicas esperan con sus pañuelos listos para bailar una zamba; en el medio, una pareja (se adivina) casada hace años, dejó a los chicos y se vino a bailar una chacarera. Entre la multitud hay hombres con pulóveres jujeños, mujeres con tacos altos, chicos con el cuello de la camisa levantado, algún nerd que toma clases de folklore y quiere exponer sus destrezas.

La noche de desgrana lentamente, la idea es que la música suene hasta el final, pero nadie parece impacientarse por la demora de los grupos en subir al escenario. La ansiedad, que normalmente inquieta a la multitud en cualquier recital, acá no existe, porque la espera es un detalle menor gracias a otros estímulos. No, no la seducción histérica, que es la única prenda que todo el mundo abandona en la puerta de entrada, sino lo contrario: hay que mirarse a los ojos para bailar de a dos, charlar para ponerse de acuerdo, responder con cordialidad a chamuyos simpáticos en el camino hacia la barra. Y ahí, claro, esperan las empanadas y el vino. Y para que no digan que las peñas no se abren al mundo, también hay algún tentempié árabe, hamburguesas y, claro, ferné.