Dos que pegan fuerte
“Escandalosas” junta por primera vez a Carmen Barbieri y Moria Casán en un espectáculo y la mezcla resulta un cóctel potente y efectivo.
El público de la segunda función del jueves de Escandalosas se quedó con la intriga sobre rol de Beto César en la revista. Un cartelito en la boletería informaba que "por razones de fuerza mayor" el actor no se presentaría en la sala. El aviso estaba justo arriba de otro, idéntico, pero que disculpaba la ausencia de la vedette Andrea Ghidone (que se accidentó en escena hace 10 días). Oficialmente se dijo que César se descompuso, pero el comentario general fue que todo ocurrió luego de un fuerte altercado (otro más) con Carmen Barbieri y su hijo, Federico Bal.
Lo cierto es que durante la función nadie dijo una palabra sobre el asunto y el bache por la ausencia de Beto César (que volvió dos días después) no se notó. Es que Escandalosas es una criatura nuy poderosa pero admite sólo dos cabezas y todo lo demás, que es muy variado y de muy buena factura, resulta accesorio. Luce, aporta, adorna, viste, pero si no está, a ese espacio lo ocupa otro número que sepa respetar el contrato: en Escandalosas mandan las mujeres. Mandan Carmen Barbieri y Moria Casán. O Moria y Carmen, porque la gran virtud que tiene el espectáculo es que las dos son generosas con la otra. No compiten, no se tapan. Se halagan, se ríen, se respetan, se potencian.
Otro dato para destacar es que, sin traicionarlo, Escandalosas cambió el paradigma de la revista porteña. Hija dilecta del género, Carmen armó un espectáculo con todas las luces y los códigos que tanto conoce, pero con mucho humor corrió a la mujer del mero lugar de objeto de exposición. Y con la ayuda de su amiga, pusieron allí al hombre. El monólogo de apertura de Moria sobre sexo, menopausia y andropausia despierta las risotadas de las mujeres y los que se quedan mudos en la platea, son los varones.
Vestida de generala, Carmen también se luce en su monólogo y se ríe de la cinturita de avispa que se modeló con el Photoshop en la gigantografía de la puerta ("¡Soy cabeza de compañía!", se justifica) y alude, por supuesto, a su escandalosa separación. "Ahora uso chaleco antibal", dice, fresca. Y nuevamente el público festeja su condición de mujer sin dueño.
Con las mellizas Xipolitakis como emblema, por supuesto que hay curvas, brillos, plumas y cuerpos esculturales apenas vestidos (de mujeres y de hombres) en cuidados cuadros de baile. Pero también hay stand up, acrobacias, títeres de varilla (imperdible el "orgasmo comunitario de muñecos" que hacen cuatro artistas del under porteño) y rutinas de humor en las que el público participa con entusiasmo.
A los cincuenti y los sesenti, Carmen y Moria se exigen, transpiran, bailan, cantan (con playback), disfrutan del momento y dan crédito de sus décadas de escenario en una producción generosa en vestuarios, luces y escenografías. Y le ponen la cereza al postre con un cuadro en el que se muestran como dos viejitas aplomadas y reflexivas, canosas, en batón, chal y pantuflas, recordando viejos tiempos de glorias y de escándalos, cuando se peleaban en un programa de televisión con Al Pacino (por Pachano), cuando a Moria la buscaban en Paraguay por unas joyas o Carmencita todavía no era "viuda".

