Abuelita furiosa
“Más liviano que el aire” cuenta la historia de una anciana que encierra a un ladrón en su baño. Con este libro, Federico Jeanmaire ganó el último premio Clarín Alfaguara de novela.
Una atmósfera opresiva, pero también familiar. Una lengua que suena al mismo tiempo anticuada y contemporánea. Una ética que sin ser perversa desdibuja aquello que separa al bien del mal y nos entusiasma en las zonas oscuras de nuestra relación con lo otro, sobre todo cuando lo otro es un símbolo involuntario de una situación insoportable. Las sensaciones encontradas definen la lectura de Más liviano que el aire, marcan el ritmo de una canción que avanza cada vez que algo choca contra algo.La novela de Federico Jeanmaire es uno de los libros más vendidos de la Argentina en este momento: a la espectacular promoción que supuso la obtención del Premio Clarín Alfaguara se le sumó algo que les venía siendo esquivo a esos premios desde Las viudas de los jueves: un boca en boca favorable, uno de esos fenómenos que ocurren cuando un libro logra empatía con las preocupaciones más enérgicas de la sociedad y se convierte en una especie de abanderado alegórico de esa inquietud. En esta novela, una anciana de 93 años habla con Santi, un ladrón adolescente que intentó asaltara en la puerta del edificio y terminó encerrado en el baño de su víctima. Ahora ella tiene el poder, y lo usa para contar la historia de su madre y para aleccionar a Santi, para darle un castigo que ella da por hecho que el chico tiene bien merecido. La historia avanza cuando el problema de la inseguridad choca contra el cansancio y la determinación de la mujer, cuando las éticas heredadas chocan la voluntad de venganza. Pero ese sentido de la oportunidad no es el mayor mérito de la novela: Jeanmaire escribe con una clase extraña de perfeccionismo amable, una especie de obsesión cuidadosa que nunca deja de tener en cuenta la posibilidad de seducir al lector. Cuando habla por teléfono Jeanmaire también da la impresión de ser un hombre cuidadoso de sus palabras. Tiene un tono de voz demorado, como si recién se levantara de dormir y avanzara un poco a tientas entre los muebles de una casa desordenada pero conocida de memoria. –¿Es posible no identificarse con el protagonista de una novela que uno escribe? –No me pasa que me identifique con mis personajes. Lo que sí me pasa es que empiezo a ver a esa persona, la empiezo a imaginar como si en realidad existiera. Y por eso, a medida que voy escribiendo la novela, cada vez tengo menos dudas sobre qué puede decir o pensar esa persona. No es estrictamente identificación, porque creo que no tengo nada que ver con esta señora... Pero sí podría decir que me pasa con los personajes lo que no me pasa con las personas: que las puedo conocer absolutamente.–¿Cómo buscó la voz de su personaje, cómo hizo para construirla? –Cuando me planteé la edad posible de esa mujer entré a mirar. Yo en ese momento estaba viviendo en otro departamento, y mi vecina tenía 90 y pico de años y todas las mañanas hacía bicicleta fija, iba a hacer las compras... También mi madre, que tiene 78, tiene una amiga que tiene 91 y está perfecta, lúcida, camina todos los días. Y mi abuela, que murió a los 98 y estaba perfecta. Me cercioré, digamos, de que una persona de esa edad pudiera hacer lo que hace Rafaela. Sobre la construcción de la voz, insisto, cuando empezás a conocer a ese personaje empezás a ver cómo habla. Hubo un lector que un día me dijo que lo que no le había parecido bien de la novela era que Rafaela dijera la palabra "ningunear", y según él, una persona de la edad de Rafaela no usaría esa palabra. Y yo no estoy de acuerdo: si alguna palabra no forma parte de su registro habitual, pero sí le llega por la tele, por el habla de los más jóvenes, una persona de edad la va a usar, porque no hay nada que le guste más que sentirse moderno en el habla. Siempre introducen una palabra que queda fuera de su registro habitual. –¿Hay alguna anécdota de la novela que guarde alguna relación con un hecho verídico?–Hay dos cosas. Por un lado, mi madre vive en Baradero, y yo cada vez que iba a visitarla encontraba que había puesto una reja nueva, alguna otra llave. Gran parte de su preocupación de vida pasaba porque no le pasara algo. En mi pueblo, se dieron varios casos de señoras que fueron asaltadas en los patios de sus casas, por la mañana: entonces mi mamá dejó de salir a la mañana al patio. Por otro lado, también leí una noticia sobre un chico que entró a robar a una casa de La Paternal y que fue expulsado a escobazos por la señora dueña de casa, quien además lo persiguió por la calle con la escoba… esos dos hechos tienen que ver con la historia.
–¿Y la historia que cuenta Rafaela, sobre su madre y el vuelo de avión?–Eso salió de una historia que leí en diarios viejos, de una señora tucumana con 9 hijos, que para el Centenario se subió a un globo aerostático y murió en un accidente. Me sorprendí al investigar y ver que en los principios de la aviación muchos de los primeros muertos fueron mujeres: me impresionó que la mujer, a principios del siglo 20 estuviera decidida a jugarse la vida a la par del hombre. –¿Eso influyó en la elección de una protagonista mujer?–Sí. Quise trabajar en torno de todo el proceso de la mujer durante el siglo 20, que el gran siglo de la mujer en la historia. Por eso el personaje tiene 93 años, también. –¿Siempre supo el final de la novela, o se le ocurrió sobre la marcha?–No. Nunca sé el final de nada. Mucho menos de las novelas. Escribo mucho, me la paso muy bien escribiendo, y una de las cosas que hacen que me la pase muy bien es que no sé qué va a pasar tres páginas más delante de lo que escribo. En el caso de esta novela, yo tenía un final, pero a medida que fui escribiendo se me apareció otro. Y lo dejé. Porque me pareció que el momento en el que estás terminando la novela es cuando mejor conocés al personaje, y el final que quedó es un final mandado por el personaje. –El final tiene una intensidad dramática insólita. ¿Supuso alguna emoción particular, alguna clase de sensación fuera de lo común? –Todas las decisiones que uno toma en la vida, son por lo general decisiones irracionales, que no tienen que ver con un pensamiento más o menos serio. En un determinado momento te molesta algo y decidís tal cosa. Y esa cosa no siempre es lo que uno hubiera hecho si lo hubiera pensado dos veces. Pero me parece que la vida está llena de eso, incluso nos enamoramos de esa manera. Y eso es lo que sentí cuando escribí el final de la novela. Que la señora hacía eso no porque lo pensara ni lo hubiera meditado sino porque en ese momento se le ocurre hacerlo.
---Lengua popularFederico Jeanmaire no era hasta hace unos meses un "escritor popular", a pesar de sus 15 libros publicados y su premio Emecé 2008 por Vida Interior. Ver una de sus novelas en los quioscos de revistas y en las listas de best seller es una situación novedosa. –¿Cómo es su relación con la masividad? ¿Le atrae? ¿La disfruta? –Es muy raro. Yo tengo muchos libros publicados, algunos se vendieron más que otros, pero nunca fui un escritor masivo ni tuve algún exceso de lectores. En este caso sí, la novela ya vendió 10 mil ejemplares. Y lo que te pasa es extraño. Te saca de un lugar habitual, de lo cotidiano. Y te hace pensar más en los otros. Creo que un premio así, y una repercusión así te hace estar muy pendiente de esa repercusión. Creo que uno gasta demasiada energía pensando qué está pasando, si todo sale bien… Fue un tiempo que por suerte ya pasó, durante el que casi no escribí y estuve muy pendiente de los demás. Y eso en mi vida es bastante extraño.

