Se armó la milonga: bienvenidos a la pista
Una vez al mes, el hall del Pabellón Argentina se abre para la milonga. La invitación es para entendidos, iniciados y curiosos. Y vale la pena probar.
Sin excusas. Prohibidas las inhibiciones. Hasta los pataduras más empecinados son bienvenidos a la pista de las milongas de la UNC. Con ganas y un poco de actitud, es posible ser parte de un espectáculo que invita a zigzaguear las baldosas al son de un buen tango o, al menos, poder decir: yo lo intenté.
Giselle Parodi y José Espeche llevan la milonga en el alma. Se les adivina el gusto cuando caminan altivos, elegantes y sin embargo simpáticos. Entran sonrientes de la mano, se plantan en el medio de inmenso hall y con un par de palmas invitan a sumarse a la clase.
La primera instrucción consiste solamente en caminar el salón. Pero hay que hacerlo de una manera especial.
El objetivo es lograr un paso largo, estiraaado, con el pie derecho mientras el izquierdo se queda atrás unos segundos, perezoso, para acercarse luego, sin despegar nunca la punta del suelo. El mismo procedimiento se repite después con el izquierdo, y así sucesivamente. Parece sencillo, pero al menos para las mujeres todo eso debe ocurrir sin que se separen las rodillas, que deben permanecer femeninamente juntas.
“Caminen como si fueran Betibú”, sugiere Giselle, que tiene la gracia de una gacela. Y con ese solo consejo logra que hasta las principiantes mejoren la postura.
“Recuerden que en la milonga se acaricia el piso, se peina el piso. Se baila en sentido antihorario, en espejo, cuerpo a cuerpo con el compañero, y es una invitación a salir a disfrutar juntos de una caminata tanguera”, resume. Difícilmente alcance una clase para salir haciendo “sandwichitos” y “ochos” en la pista de baile, pero es lo que menos importa.

