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Jazz en La Cumbre: la conciencia de las notas

Una nueva entrega de Crónicas en penumbra sobre el evento que se realizó en la localidad serrana. 

20 de junio de 2016 a las 02:12 p. m.
Jazz en La Cumbre: la conciencia de las notas

Hay algo como de melancolía, de una tierra perdida o de un sueño lejano, que se cuela en la penúltima conciencia de las notas, sobre todo cuando respiran lentas, como atrapando con pasión de vivir la fugacidad del instante que les ha sido concedidas.

Hay algo en los músicos de jazz que los envuelve, que los deja a solas con sus dedos, mientras se expande la pequeña tensión del aire que generan.

El sábado, a la hora en que Higuaín anotaba el segundo gol, el trío Merlo-Elía-Merlo (Hernán Merlo, contrabajo; Eduardo Elía, piano, y Fermín Merlo, batería) abría la segunda noche del Festival de Jazz de la Cumbre. Los códigos de exponer el género en el escenario tenían sentido porque tenían sustancia.

La figura casi patriarcal de Hernán, tan sobrio como el contrabajo, sopesaba las notas; mientras, Eduardo –cordobés, formado en la escuela de La Colmena–, las regaba como gotas de lluvia intensa, y Fermín –hijo de Hernán– abría y cerraba sus escobillas como abanicos, con una gestualidad muy especial de baterista vibrante.

Fue uno de los notables momentos de un festival que en su primera edición alcanzó una calidez capaz de atravesar el frío que en el mismísimo umbral del invierno espesa el ánimo en esos altos de Punilla. Las bocanadas de aire aterido tenían un swing singular frente a la sala Luis Berti y sus alrededores, donde se desplegaba el encuentro.

Plan de viernes

Todo había comenzado el viernes. La atmósfera que vendría la tendió como un mantel el joven, cordobés y prometedor Red Train Quartet (Agustín Waldheim, piano; Ismael Avecilla, saxos; Lucas Sánchez, contrabajo y bajo, y Mateo Marengo, batería).

El segundo paso llegó cargado con expectativa: el talentosos pianista santafesino Francisco Lovuolo se presentaba en un formato trío singular: junto a Sebastián López en guitarra, y Karol Bayer, en la voz. Lo que expusieron fue una conmovedora sorpresa: un pequeño universo del cancionero latinoamericano unido por el temperamento profundo de la cantante colombiana, sobre una inspirada y bella reunión de los dos instrumentos. Estaba allí ese espíritu del jazz que sale a llamar a las puertas de otras músicas para conjugar sus almas.

Llegó luego la formación madre, la clásica big band en la versión de la Córdoba Jazz Orchestra (17 músicos, 12 vientos, contrabajo, guitarra, batería, percusión y piano), dirigida por Nicolás Ocampo. Una venturosa propuesta sobre composiciones de músicos cordobeses.

El sábado tuvo también su momento de plenitud con el cantante rosarino Ignacio Villamil, alma mater del encuentro. Su voz trazó regocijadas versiones de baladas y otras canciones. Cantó acompañado por Facundo Canosa en piano, Emilio Madeo en contrabajo y Martín Fernández en batería.

La noche cerró con el Lazzarini-Mangini Quinteto. El domingo tenía otro notable programa: Cristian Andrada Quinteto, Gaby Beltramino y Mariano Loiácono Quinteto.

Mientras tanto, al final de cada jornada, la mística del jazz se instaló alrededor de media noche (no podía ser de otro modo ni en otro momento) en el bar Toby’s. La jam y su esencia improvisada, giraron en torno al notable bajista cordobés Milton Arias (en trío junto a Mateo Arengo, en batería y al sorprendente joven Juampi Sampaoli, en guitarra), y a los músicos que se sumaron.

Allí, desvelada y trasnochada, estaba despierta la última conciencia del jazz: pura música.