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Crónicas en penumbra: Sorbos de los días queridos

Piero cantó junto a la gente una larga lista de sus canciones inolvidables.

14 de septiembre de 2015 a las 12:32 p. m.
Crónicas en penumbra: Sorbos de los días queridos
Piero repasó sus clásicos y algunos de los temas de su último disco, "Pelo".

El pasado no es una película que sólo pasa cinco segundos antes de morir; aflora todo el tiempo en los gestos, en los pensamientos y en el modo de pensar, en la mirada sobre las cosas, en la llave que abre la imprecisa puerta de las emociones.

A veces es como la lluvia, que cae sobre el ánimo con un largo turbión de canciones húmedas.

Por eso, en el recital de Piero del sábado, dieron ganas de ganas de cantar con toda la voz, como si el recital fuera de cada uno, de todos.

Cuando toda la luz se encendió al cabo de los dos bises, las sensaciones, a pesar del estiramiento que acaban vivir, vuelven a reunirse en el mismo punto como si nada.

Es que, entre las dos canciones elegidas, Para el pueblo lo que es del pueblo, y Manso y tranquilo, hay un universo tan amplio en el que parece caber, incluso, algo así como una contradicción: por un lado, la acción de la lucha popular, y por otro, tenderse a recibir la maravilla de ser vivo en el cosmos, de estar en paz con el sol.

Pero así es el universo de Piero. Alguna vez, “el Mono” Jojoy, uno de los jefes de las Farc colombianas, al final de un encuentro con el cantautor, le dijo a la prensa: “Este es el Piero que en los ’70 nos hablaba de revolución, y que ahora nos habla de ecología”. “El Tano” se le plantó al lado y le dijo que tal vez en los ’70 pudo haber tenido sentido, pero que la gente ya no quería más tiros.

Es el que se presentó en el escenario con una camisa blanca afuera del pantalón verde; zapatillas blancas, rulos, anteojos y las manos en los bolsillos. O sea: la pinta de entonces, el Piero de siempre, a los 20 o a los 70. Abre con Y mi gente, ¿dónde va?, aquella canción pregunta que lo desvelaba en el exilio; ahora dice: "¿Y mi gente, cómo está?".

Si uno lo cree, lo crea

Los dos centenares de personas que se reunieron el sábado en Studio Theater habían sacado boleto para un viaje por los estribillos agazapados en el tiempo, y las sensaciones borrosas que traían, se volvieron nítidas, a todo color.

Piero podía traerlos al presente porque sencillamente está presente en la claridad de su comunicación con la gente en la textura y el entrañable timbre de su voz. Y si está extraviado de las carteleras argentinas es porque su gran escenario es América latina.

La banda que lo acompaña en esas giras con multitudinarios conciertos, desde hace más de dos décadas está integrada por muy buenos músicos cordobeses: Enrique Cacho Aiello (dirección y guitarra), Diego Bravo (teclados), Gustavo Nazar (bajo) y Pichi Pereyra (baterista, que por una vez en esta propuesta con su propio instrumento).

Fue todo un entusiasmo especial poder verlos en acción aquí, desplegándose de un modo tan resuelto y sólido. Aiello había abierto la noche con un aplaudido puñado de canciones propias (algunas de su último disco Pelo).

“Si uno lo cree, lo crea”, le dice a la gente, y tal vez allí hay una de las pistas que lo explica a sí mismo y al mundo que ha querido y quiere pintar. Tiene en sus manos esa misteriosa llave que abre emociones populares. Su receta son casi los elementos en estado puro: acordes simples y melodías entradoras sobre las que cuelga sus crónicas, sus poemas, sus miradas que piden aire, luz, cuando se trata de la historia, de las costumbres y hasta de contar los amores frescos (un manifiesto de un modo de amar setentista).

Ha interpretado momentos muy especiales de la vida argentina, y la lista de canciones que se hacen agua en la bocas es interminable: empezando por Mi viejo. Luego: Soy pan, soy paz, soy más; Coplas de mi país, Pedro Nadie, Juan Boliche, La inundación, Dos horas de polvo, A mí me dieron el mar

Hay temas nuevos, muy saludables, que nutrirán un próximo disco que saldrá después de 15 años sin grabar.

Mientras, las canciones de siempre son tantas y tan sentidas que algunas aparecen por sorpresa para convidar sorbos de días queridos.

Entonces, dan ganas de dejar la vida quieta, de quedarse con la palabra amor aunque tenga dolor, de celebrar a los que están y los que ya no, de brindar por lo vivido y lo sentido, por las viejas luchas y por las nuevas.