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Crónicas en penumbra: Cantora de pies desnudos

“La Bruja” Salguero desplegó su riojana manera de plantarse frente a las canciones. Ocurrió el sábado, en Cocina de Culturas.

08 de noviembre de 2015 a las 08:10 p. m.
Crónicas en penumbra: Cantora de pies desnudos
La Bruja Salguero presentó "Grito interior", su nuevo disco.

Los ojos negros de María Salguero, "la Bruja", bailan en sus cuencas, a veces revolotean buscando los contornos del pelo más negro todavía que le custodia los humores de la cara, o tratando de encontrar una mirada en la penumbra de la sala para asegurarse de que su canto llegue a destino; o lanzan chispas blancas del mismo color de la sonrisa ancha.

Otras veces miran lejos, como atraídos por un punto distante, impreciso, que no está en ningún lugar. Es posible que vengan de ver el viento que se levanta de su interior profundo y se lanza por su voz para contar asuntos poéticos entrañables.

Entonces, queda claro que “la Bruja” Salguero es una cantora que siente lo que canta, que cantar es la necesidad de sentir intenso y viceversa. Que asume su condición de intérprete tomando posesión de las canciones y convirtiendo los desvelos de sus autores en su propio mensaje.

“La Bruja” Salguero es una cantora alimentada en las maneras argentinas de La Rioja, que viene hace un buen tiempo ya concentrando atención y reconocimiento como una sensibilidad que trae un aporte nítido al escenario de nuestra música criolla.

Y es precisamente el escenario en el que su espíritu se expande. El sábado, en Cocina de Culturas pisó con los pies desnudos, y sobre esa cadencia de andar libre y armoniosa, desplegó una buena dosis de gracia provinciana para colorear una voz consistente, capaz de contener lo que dice, de susurrar y de plantarse con garra y convicción.

Vino a presentar disco nuevo, Grito interior, y lo hizo acompañada por un grupo de músicos que sonó de un modo claro, sólido y atractivo, con detalles que enriquecieron el registro sensible.

A la cabeza, Jorge Guliano, en primera guitarra (que tocara con Mercedes Sosa, entre tantos otros) y Lucas Homer, en bajo (de la estirpe cordobesa de los Homer: hijo de Lalo, sobrino de Daniel y hermano de Ob, y con amplio recorrido propio). Luego, los más jóvenes Julieta Lizzolo, en piano, Facundo Rosas, en segunda guitarra y Ariel Sánchez, en batería. También participaría en algunos temas Pachi Herrera con su charango.

La danza descalza entre las sombras asoma con la plasticidad única para cada ocasión, y "el Negro" Valdivia y su compañera Jimena se lanzan a celebrar con pañuelos La mama naturaleza, del "eterno Jacinto Piedra", como dice la Bruja.

Todas las canciones, en vivo como en el disco, presentaron la inspiración renovada de los arreglos de Popi Spatocco. Quedan subrayados algunos momentos sutiles de excepción, como la solitaria reunión de la guitarra de Giuliano y la voz de Salguero en Mi pueblo azul (Ramón Navarro), o el diálogo entre piano y bajo para sostener la melodía de Tarumba (Teresa Parodi).

La Bruja descuelga motivos del norte como si hubieran estado tendidos en el patio de su casa, pero si se demora en La Rioja, es inevitable que aparezca el rastro de los mismísimos embrujos del carnaval, una forma de harina, agua y albahaca que pone a su tierra en contacto con el cosmos especial de la provincianía. “Será que en ellas se mezclan/ las alegrías con el dolor”, escribió Peteco Carabajal, santiagueño que busca respuestas en No sé qué tiene la chaya, y que la cantora vuelve dudas en afirmaciones cuando canta.

Ha tocado la caja, repiqueteado con el bombo atado a su cintura, ha dicho con firmeza versos de honduras humanas, y hasta ha sonreído, cuando de pronto deja una imagen detenida: se sienta e invoca el amor criollo que sólo una vieja zamba puede cantar. Entonces, La atardecida se vuelve un sentimiento que florece en su voz y en la luz oscura de sus ojos.