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A 100 años del nacimiento de “El Cuchi” Leguizamón

Hace un siglo nacía Gustavo Leguizamón, uno de los máximos creadores argentinos, que le dio un nuevo horizonte al folklore.

29 de septiembre de 2017 a las 03:00 p. m.
A 100 años del nacimiento de “El Cuchi” Leguizamón

Tarde adentro en los caminos, es ese que sigue silbando. Hace un puñado de septiembres, como en los finales de sus maravillosas zambas, la muerte se volvió baguala y le cantó su estribillo: el lamento y la esperanza a veces pueden ser la misma cosa.

Pero hace muchos más septiembres, tantos como 100, nacía en Salta Gustavo “Cuchi” Leguizamón. Es decir, comenzaba a trazar su paso el hombre que alcanzaría la dimensión de uno de los grandes hacedores de la cultura argentina, en cuanto a nuestra identidad artística y la necesidad de elevarla y proyectarla, como corresponde a los pueblos todavía frescos.

Creció en una familia donde había nombres entreverados con lo profundo de la historia salteña, como que el rastro por línea materna llega hasta el virrey de Toledo y Pimentel, el fundador de Salta. Le dijeron “Cuchi” desde el día en que su padre, o su madre, en una conversación de asuntos cotidianos, lo pusieron como ejemplo de un pequeño chancho flaco.

Su destino era la música, qué duda podía caber si a los dos años tocaba la flauta, luego el bombo, la guitarra y finalmente el piano. Su padre quiso mandarlo a estudiar a Europa, pero porfiador bravo, intentó otros rumbos.

Y entonces fue abogado, fiscal de Estado, legislador provincial y profesor de historia y literatura. Su tarea docente dejó toda una una huella: el día de su entierro, muchos de los que fueron a despedirlo habían sido sus alumnos.

Hay una frase con la que dejó plasmado su desencuentro con la abogacía: "Estoy harto de vivir en la discordia humana". Aunque quizá nada explique su sentimiento que su Chacarera del expediente: "Amalaya la justicia/ viditai los abogados/ cuando la ley nace sorda/ no la compone ni el diablo".

Es que prefería cruzarse con alguien del pueblo que pasara silbando alguna melodía suya.

El corazón artista, profundamente sensible del Cuchi, se oxigenaría con su mente abierta, con la sed de sus oídos atentos a la música clásica, al jazz, al minimalismo del francés Erik Satie. Pero sobre todo a las notas de su tierra, de su gente.

Es que capaz de resumir en una expresión de alta calidad todo lo que generaciones de salteños, de los argentinos de la provincianía profunda, habían ido amasando a fuerza de talento, pasión e instinto.

“Cuchi” Leguizamón, con piano en mano, tomó la zamba, la llenó de la arena y de los vientos que bajan bagualenado de la Puna, y con las noticias de la música del mundo, abrió un río caudaloso. “Toda gran zamba encierra una baguala dormida: la baguala es un centro musical geopolítico de mi obra”, decía.

Y no anduvo sólo soñando melodías sobre armonías que enriquecieron de tal modo la música folklórica que la situó frente a otras dimensiones compositivas, sino que en su río navegaron algunos de nuestros poetas más fértiles: Jaime Dávalos (Zamba de los mineros), Miguel Ángel Pérez (Si llega a ser tucumana), Armando Tejada Gómez (Zamba del laurel, Elogio del viento), Rolando Chivo Valladares (Bajo del sauce solo), Antonio Nella Castro (Bajo el azote del sol) y, sobre todo, su amigo y compañero en la inspiración y en la vida, Manuel J. Castilla.

Con "el Barba" se conocieron con la juventud fresca en los sentidos e imaginaron algunas de las estrellas más luminosas del cancionero argentino: La pomeña, La arenosa, Balderrama, Zamba del silbador, Maturana, Zamba de Lozano, Argamonte… El mismo Cuchi escribió versos entrañables como los de la Zamba del carnaval y Me voy quedando ("La lanza de mi silbido").

Murió en Salta, el 27 de setiembre de 2000, dos días antes de cumplir 83 años. Siempre vivió allí, era su lugar de estar y de crear, y no haber anclado en Buenos Aires tal vez le costó un poco de reconocimiento. Tenía más de 70 años cuando se fue por primera vez de gira a Europa.

Salvo un disco producido por otro gran músico y pianista como Manolo Juárez, no quedaron casi registros suyos, aunque varios músicos le dedicaron obras enteras (Liliana Herrero y Juan Falú, Quique Sinesi, Lorena Astudillo...). Y fue la artífice de la gran reunión de Patricio Giménez y “Chacho” Echenique en el Dúo Salteño, que tanto apuntaló su obra.

Hay distintas maneras de luchar por dar a luz un pueblo. El Cuchi Leguizamón blandió la espada de la creación. Tomó el barro original de nuestra incipiente identidad y lo moldeó con las teclas de sus manos hasta alumbrar pájaros de música y echarlos a volar como las palomas de harina de Juan Panadero.

Su vida, su arte, fueron una constancia de lucha por sus convicciones éticas y estéticas. Mientras tanto, sus creaciones están definitivamente en los labios del aire argentina.

“El Cuchi” Leguizamón es el que sigue silbando entre nosotros.