Una mirada crítica sobre los famosos y su temor a envejecer
El temor a envejecer, propio de nuestra época, es la amenaza más temida por actores, modelos y mediáticos. Incluso, más que la muerte.
La muerte genera un miedo insignificante comparado con el miedo a la vejez. Basta analizar la anatomía delirante de los famosos para detectar la negación absoluta de la ancianidad.
Gerontofobia que no es exclusividad mediática: está socialmente consensuada, sólo que los cuerpos de la farándula arrojan luz sobre el fenómeno, quizás porque tienen el suficiente poder adquisitivo para entrar al quirófano las veces que quieran.
Ricardo Fort fue un pionero al combinar ciencia médica con banalidad estética. Tanto su columna vertebral como su rodilla estaban hechas de titanio, mientras que sus músculos eran cubiertas gomosas para el armazón. Ricardo Fort fue un cyborg, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y ficticia. Cuerpo enfermo que hacía de la morfina su combustible, pero que también mantenía una apariencia glamorosa, anabolizada, de pelo cristalizado y piel tirante sin colgajos. Un ser putrefacto, sí, pero apto para las cámaras. El ideal del cyborg fue llevado hasta sus últimas consecuencias, entregando la vida por una juventud estática.
La manía por el resplandor visual no incumbe la mortalidad: la ecuación juventud-vejez suprime el binomio vida-muerte. Los casos del doctor Lotocki son didácticos: el paciente agoniza pero insiste en su regeneración, como si morir fuese anecdótico, un contratiempo tedioso, el obstáculo de la vanidad.
Ningún reclamo moralista. La muerte siempre fue una experiencia imposible que afecta al otro. La decrepitud, en cambio, no. El deterioro es palpable, concreto, único, cruel: gordura, arrugas, calvicie, encorvamiento, flacidez.
El rechazo al envejecimiento no es novedad en la historia humana, pero hoy llega a su auge gracias al panóptico tecnológico, suerte de policía en High Definition que no sólo señala aspectos desagradables de nuestro físico, también documenta las virtudes del pasado, creando alertas constantes por la apariencia presente. Este documento gráfico deja vulnerables a quienes hacen de su imagen una materia prima: actores, conductores, modelos o mediáticos en general.
La irritación de Mirtha Legrand por el modo en el que la iluminan se justifica: ninguna otra figura como ella acumula tanto registro. Su lozanía no es un recuerdo, es una montaña de latas apiladas en los depósitos de un canal, o en videos de YouTube, o en películas remasterizadas, o en remakes que activan la comparación.
Sostener una imagen inmaculada es una empresa miserable. Las celebridades internacionales suelen resguardarse de los mortales en mansiones para convertirse en misántropos protectores de su decadencia. Cada letargo es una preparación quirúrgica para resurgir en entregas de premios o avants. Entonces la prensa se regodea con los antes y después: Nicole Kidman, Renée Zellweger, John Travolta, Melanie Griffith o Mike Rourke se transformaron en abominaciones de colágeno y bótox.
Nadie, menos un famoso, tiene derecho a envejecer. Y sin embargo la vejez no se invisibiliza: cambia de apariencia. Un rostro curtido adquiere la forma de un rostro plastificado. Ahora la ancianidad se detecta por el nivel de alteración fisonómica, manipulación genética o simple camuflaje. Cirugías estéticas para los adinerados, pero también compulsión de tatuajes y piercings, estampas y encastres sin degradación rápida. Otro tipo de prótesis que le abrirá camino al cyborg.
El anciano ya no es un recipiente de sabiduría; no es útil si los cambios tecnológicos sobrepasan la acumulación de experiencia. El terror a envejecer oculta el terror a no ser un miembro activo de la sociedad, a quedar relegado del mercado sexual y de cualquier tipo de interés.
El viejo es algo encallado y lento, el tabú perfecto para una sociedad hiperveloz. Tabú que se aplaca con más filtros de Instragram y menos expectativa de vida.

