Vivir al límite
“Ovejas feroces”, de la alemana Katja Lange-Müller, pone en escena a una pareja sumida en un amor tóxico.
El despecho de una mujer por no verse ni siquiera mencionada en el diario íntimo de un viejo amante es el disparador de la historia en Ovejas feroces, la última novela de la premiada escritora alemana Katja Lange-Müller. La relación entre Soja y Harry, durante las vísperas de la reunificación de las dos Alemania en 1989, marca el comienzo de una realidad que, a los intereses del relato, no se quedará en la evidente intención simbólica de "encuentro entre dos mundos" (Soja es ciudadana de la Berlín Oriental y Harry, de la Occidental) con la cual bastaría para entretener al lector de la mano de una prosa ágil y seductora. Esta novela es más que eso. Mucho más que eso. No sólo entretiene (mucho), también se anima a traspasar esa frontera que distingue a los buenos libros de los muy buenos, y a éstos de las obras de arte. Y lo consigue.Sobriamente traducido, el relato apela a la estrategia de narrar en una segunda persona casi imperturbable (excepción dada por el ya mencionado diario, que se presenta intercalado en toda la obra) la vida de dos seres humanos que viven al límite. Y si al principio puede parecer una táctica demasiado monótona para sostenerse sin aburrir, rápidamente se diluye entre la magnitud y la sorpresa constante de los acontecimientos.Soja ayuda a Harry, un ex convicto adicto a las drogas, a rehabilitarse integrándolo a un grupo heterogéneo de personas que deberán velar, a cambio de una remuneración asumida por el Estado, para que el drogadicto cumpla una serie de pasos que lo lleven a superar su problema. Soja ama a Harry, pero Harry, claro, torturado por la abstinencia y la tentación de reincidir, transcurre sus días en una permanente lucha contra oscuros demonios –que son dos: la misma droga, y algo que la narradora hábilmente anticipa aquí y allá con el apelativo de "noticia bomba"– que hacen estériles el cariño y la entrega de Soja porque la adicción y la enfermedad los vuelven imposibles de corresponder. "Luego llegó el día en que otra vez cambiaron muchas cosas, pero ninguna mejoró, aunque tampoco fue como mi fantasía histérica lo había pintado (...)", dice Soja casi al final de la historia, como un paradigma de su frustración y continuo desconsuelo.Lange-Müller revela en Ovejas feroces un pasado doloroso sin caer en el sentimentalismo, y lo logra, entre sus principales méritos, acudiendo con admirable equilibrio a misterios paulatinamente develados, al ocultamiento de datos y al recurso de la anticipación. Aplauso.

